LAS RUTINAS

Lo único que yo quería era leer tranquilamente. De verdad eso era lo único que quería pero desde que llegué a la universidad y leí que la biblioteca iba a estar cerrada por remodelación sentí que ese día iba a ser no únicamente una revelación para mi destino, también se convertiría en uno de los mejores días de mi vida.

Así que cuando supe que la biblioteca iba a estar cerrada fui al café que suelo frecuentar únicamente los fines de semana. Rosi se sorprendió al verme, dijo algo así como que qué milagro que viene entre semana y yo sólo sonreí porque siempre me ha parecido la mesera más deseada del mundo. Noté que mis impulsos sexuales iban a estallar y me concentré en la música de fondo que sonaba: una terrible Julieta Venegas en concierto.

Me senté en el lugar de siempre y pedí lo de siempre. Siempre… siempre.

Mi vida está llena de rutinas y hasta ese día pensaba que eso me mantenía vivo. Mi ex esposa odiaba mis rutinas y por eso fue que decidió pedirme el divorcio e irse con un futbolista de mediana calidad a quien incluso le es difícil meter el balón en un arcoíris. Con él, ella rompía nuestra rutina de vida y yo no supe nada sino hasta aquella noche que me pidió tranquilamente que me sentara y me dijo sin tanto adorno que quería divorciarse. Y ni el divorcio fracturó mi rutina.

Así que puede pensarse que mi vida estaba llena de clichés y no me avergüenza aceptarlo. Era el clásico profesor de literatura que convivía muy poco con sus colegas porque le parecían seres pretenciosos sumergidos en el ego de sus orgasmos mentales. Por eso es que entre clases me iba la biblioteca a leer y de vez en cuando a platicar con Mariela, la bibliotecaria de cabello corto que sonreía todo el tiempo. Uno puede quejarse de mi rutina pero la sonrisa de Mariela no genera ni siquiera odio. Es siempre la misma.

También era el clásico profesor de literatura que siempre fumaba diciéndose constantemente que podía dejar a un lado el vicio. También bebía compulsivamente y daba clases con la marisma etílica rebasándome la existencia. Y aun así, nunca perdí la decencia, nunca quise convertirme en escritor… Ese círculo de escritores siempre me pareció desafortunado, previsible, perturbador y pavoroso. Siempre preferí leer ¿te he dicho que soy un cliché andante? No, no voy a citar a Borges porque es indecente citarlo.

Así que abrí el libro y Rosi acercó mi café a la mesa. Había muy poca gente en el café y me dije que no había sido mala idea ir ese día de la semana a leer. Incluso pensé en hacerlo cada semana para crear una nueva rutina pero sucedió… sucedió y hasta ahorita pensar en eso no ha dejado de crearme malestar, enojo, odio… ¡odio! Esa es la palabra.

Un hombre a unos cuantos metros de distancia, sentado, leyendo algo en su celular, tosió sin taparse la boca. ¡Quién puede ser tan indecente como para ir a un café a donde van muchas personas cuando se está enfermo! ¿Ahora me entiendes?

Entonces mi ansiedad comenzó a ser mella en mí. Decidí no hacerle caso y volví a mi lectura y unas cuatro líneas después volvió a toser y tuvo el descaro de jalar la mucosidad de su nariz para, seguramente, pasarla por su garganta. Y seguía sonando Julieta Venegas, ¿puedes creerlo?

Volví a regresar a la lectura y unas cuantas líneas después volvió a toser y se limpió la nariz con la manga de su camisa. Sentí mi ansiedad desbordarme e inmediatamente coloqué la mirada en los glúteos de Rosi y entonces nuevamente sentí mi excitación… Y nuevamente el hombre tosió e incluso escuché, ¡no me vas a creer!, que un rastro de baba cayó en su taza vacía de café. Respiré y cerré los ojos y quise contar hasta diez pero llegué al cinco y el hombre volvió a toser y me fue inevitable. Sonaba Julieta Venegas. Y caminé hacia él, tomé el tenedor que estaba en su mesa y se lo enterré en la cabeza no sé cuántas veces. ¡Le dije que no quería escucharlo toser! Y el hombre mientras pudo defenderse no pudo decir palabra alguna porque le ganaba la tos y yo seguí enterrándole el tenedor infinidad de veces. ¡Por qué las personas son tan indecentes y creen que estando enfermos pueden ir a toser a lugares públicos! Y entonces cerré los ojos y dejé caer el tenedor que creo que tenía restos de cerebro o de cráneo y Rosi gritaba y algunos comensales me agarraron y me dijeron que era un asesino, que no me iba a escapar, que la policía estaba cerca y seguía sonando Julieta Venegas. Cerré los ojos y al abrirlos ya estaba yo aquí donde me ves, lejos, muy lejos de la gente que tose, lejos de mis colegas profesores, lejos de mi ex esposa, lejos de la literatura, lejos de Rosi, ¡Dios! ¡Lejos de Julieta Venegas!… ¿no crees que esto es vida? ¿no te ha pasado algo similar? ¿nunca quisiste hacer algo parecido?

 

 

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