LOS GUIONES (I)

Le habían negado el aumento de sueldo. Su jefe, Jesús Saldivar, le decía una vez más que no, que no era posible, que ya se dejara de cosas y que si quería un mejor sueldo que buscara por otro lado, que si se sentía tan capaz que saliera a la calle y viera la muy abundante oferta laboral… Le dijo que regresara a su escritorio, que se dejara de mamadas y que si quería tomarse el día de mañana libre podía hacerlo pero sólo por esa ocasión, para que viera que era una excelente persona.

Regresó al escritorio, se puso los audífonos y siguió escuchando el disco de “éxitos de Pantera” que le había dado el valor para pedir el aumento de sueldo… una vez más. Pinche Jesús ojete, pensaba. Recordaba los cinco años haciendo lo mismo, los cinco años reescribiendo artículos sin sentido, cinco años recibiendo de los periodistas y de algunos columnistas las tonterías que no leía absolutamente nadie. El trabajo que tenían que hacer cuatro lo hacía él solo desde hace unos años. Le molestaban sobre todo los periodistas de la sección de cultura y los intentos de escritor que entregaban muy a destiempo y con tremendas faltas de ortografía. Trabajo del orto, puta madre y nuevamente por su cabeza pasaban las escenas de lo que implicaría buscar trabajo en otro lugar, de lo que implicaría renunciar, de lo que implicaría decirle a Victoria que no tenía empleo y entonces tendrían que pararse los preparativos de la boda, tendría él que dejar de pagar el departamento más alejado del universo y por ende contraer una deuda de lo más alejada posible de cualquier paga. Tendría también que esconderse de los maricones hermanos de Victoria que siempre le andaban jodiendo la esperanza amenazándole con eso de que “si te pasas con mi hermana, te la partimos así”. Tendría que soportar las lágrimas de la suegra obsesiva y la cara llena de hoyuelos de su suegro. Pinche vida, pensaba, pinche vida.

Mientras seguía escuchando a Pantera recordaba aquella oferta de trabajo que desechó hace bastantes ayeres y que probablemente eso le hubiera salvado cualquier pena de vida. Era el último semestre de la carrera y se fue a festejar con unos amigos a un burdel. Ahí conoció a Samantha y está de más decir que se llevaron demasiado bien desde aquella primera noche. Tan bien se llevaron que, durante un tiempo, cuando terminaban de fulminarse en el sexo en el motel más alejado del universo, él le leía sus cuentos, le leía sus intentos de escritor y ella siempre, al final de cada cuento, decía que tenía talento suficiente no para ser escritor “de esos que escriben libros sangrones” sino escritor de pornografía. Durante un mes lo erótico de sus cuentos se convirtió en escenas dignas hardcoreras para ser filmadas e incluso pasó de escribir de quince páginas a sólo tres con los elementos suficientes para generar un buen video pornográfico. Algunas historias las actuaron y eso avivó la llama de la pasión burdeliana o bordeliana. Ella no estaba enamorada de él pero le encantaba la imaginación que desbordaba y él no estaba enamorado de ella pero cada noche deseaba una circunstancia diferente, una época diferente para poder, sí, casarse con ella.

En una ocasión, Samantha le presentó a un tal Rudolph quien trabajaba para una empresa pornográfica norteamericana y que era “amiguísimo” de Samantha. Era algo así como el embajador, el busca talentos para la pornoempresa gringa y después de algunas cervezas, él le dio sus cuentos, los que tanto habían gustado a Samantha, y Rudolph sólo decía yeah, wow, amazing, fucking brave, you asshole, damn!, oh right, what the…  Rudolph se sintió más emocionado. Hizo una única llamada y al terminar la canción le pidió su número telefónico a él y le dijo que esperara la llamada.

Durante ese tiempo, por razones del destino y por desesperación fue cuando él comenzó a buscar trabajo porque su padre dejó de becarlo y hablando de becas, también lo habían rechazado de las convocatorias para escritores jóvenes que prometían demasiado y que generaban nada.  Fue en ese entonces cuando encontró trabajo en el periódico, lo contrataron, corrieron a tres del mismo departamento, conoció a Victoria quien fungía como periodista de deportes, y así,  un día, ella lo invitó al peor partido de la historia del futbol nacional, conoció a los peores jugadores de la historia del futbol nacional, convivió en una fiesta que hizo el peor defensa de la historia del futbol nacional en su casa con algunas estrellas de televisión y por supuesto, futbolistas. Esa noche, con bastantes tragos encima, Victoria le dijo que le gustaba y que quería algo serio, que quería dejar de buscar, que ella podía tener a quien quisiera pero que deseaba tenerlo a él.

Claro está que él se ilusionó, se entusiasmó y decidió olvidar totalmente su pasado porno estelar, decidió no visitar más a Samantha y hasta comenzó hacer diplomados en corrección de estilo y periodismo durante ese año. Entonces una noche recibió la llamada de Rudolph, Hello, man, what´s up! y él como que no sabiendo ni quién era y después se le conectaron las neuronas y la calentura y hey, Rudolph, you… y Rudolph explicándole todo lo que tuvo que hacer para que el director general revisara los cuentitos eróticos. My god, dijo Rudolph, he wants all your fucking work, bro, but you have to sign some papers y él pensando en la eterna condena de los derechos de autor. Cuando llegó a pensar en la palabra “autor” pensó en Victoria, en lo bien que la pasaba con ella, pensó que su relación iba como viento en popa, que jamás se había sentido tan agradecido con la vida y le dijo a Rudolph que no, que ya no estaba interesado en que sus cuentos se hicieran guiones pornográficos, le habló de la moral, le habló de la dignidad, hasta sacó algunos términos periodísticos sácale punta… le dijo que en esos momentos él no podía ser partícipe de la enajenación social y Rudolph medio entendió el español y después le dijo algo así como nevermind, I don´t care, be happy, see you. Obviamente que a Rudolph y a la empresa les valió un carajo la posición de él y grabaron los porno cuentos. Después el tiempo le sería a él ruinoso. Con Victoria, al tercer año de noviazgo comenzó a existir la urgencia del matrimonio y tras los embates familiares y el “ya, cabrón, ya estás grande” del papá, el año pasado le dio el anillo en el aeropuerto a tres horas de que Victoria abordara sola el avión que la llevaría al mundial de futbol. Fue una pedida de matrimonio express. No faltaron los idiotas sin qué hacer que grabaron la pedida de matrimonio en su celular y no faltó el que le gritó que qué paquetote de vieja se llevaba y otro le contestaba ¡paquete comas! y el anterior le contestaba ¡ésta!

Como si su jefe lo supiera, por aquí escuchó que él se iba a matrimoniar, le redujo algunos bonos, como el de puntualidad y el de asistencia, lo atiborró de trabajo y le quitó los vales de despensa. Entonces fue donde comenzó a pedir un aumento de sueldo y Jesús le decía cosas como las anteriormente leídas o la clásica “deja que tu vieja te mantenga, mira que está re bien posicionada en deportes y ya los de la tele nos la quieren bajar”.

Se pensó, mientras escuchaba a Pantera y veía nada en su monitor, en un mundo alterno. Escribiendo cuentos o guiones pornográficos, saliendo con pornstars, ganando en dólares y entonces sonó su teléfono y reconoció el número. Era Samantha y le preguntaba si podían verse, que quería hablar con él de negocios. Y él así como que qué negocios y ella así como que qué mal educado ni siquiera un te extraño y él así de tienes razón y nos vemos en el café donde te ponías a escribir tus pornoburradas. A él le dio risa el término porque no pudo parar de imaginar la relación alburera del término y se sintió maravillado.

Fue a la oficina de Jesús y sabe qué, pinche mono, ahí te ves y Jesús mentándole la madre y él pensando en los negocios que se le avecinan. Se sintió el Harvey Specter del pornoguión. Se sintió, sin doble sentido, sumamente excitado.

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