LOS GUIONES (IV)

Al llegar a su casa Victoria le dio una bofetada escandalosa. De esas como de telenovela. ¡Pendejo! le dijo dándole otra cachetada sin compasión alguna. ¡Qué pedo contigo, tarado! me tienes a la deriva, sin saber nada de ti. No respondes mis mensajes, ni mis llamadas, nada. ¿Dónde estuviste? ¿Qué hiciste? y él sólo sentía el ardor en las mejillas y un coraje interno que colapsaba todo. Y sin embargo vio sus ojos llorosos y desesperados, vio cómo se agarraba el cabello con desesperación rogándole una explicación y le pareció más delgada que de costumbre. Siempre le pareció demasiado bonita pero esa desesperación la hacía ver demasiado sexy. Le asestó otra cachetada e inmediatamente sintió una intensa erección que provenía de los golpes y del olor de Victoria, ese olor como a seda y a jabón poco perfumado. Abrió la puerta de su casa con desesperación y dentro la arrojó al sillón y comenzaron a besarse, a desnudarse y a hartarse de tantos líquidos corporales posibles. Nunca en toda la relación habían experimentado esa intensidad sexual y ahí estaban ellos arrojándose groserías y golpes hasta que él sintió la imposibilidad de contenerse y gritó ¡putísima madre! y ella lo apretaba con las uñas hasta sangrarlo.

No dijeron nada, absolutamente nada, no era necesario decir nada porque todo lo realmente importante, lo que realmente tenía importancia en este mundo era eyacularse como aquella noche. El sexo escondido y reprimido había sacudido el orden espiritual de esos dos cuerpos físicos que se perderían en algún momento en la nada pero que ya habían experimentado el todo. Victoria seguía oliendo a seda y jadeaba cada vez más despacio porque todo volvía a la normalidad, a la mortalidad. Mañana me explicas con calma todo lo que hiciste y Victoria tomó su ropa y subió las escaleras dejando rastros de su esencia de mujer adulta e insoportablemente hermosa. Vio el asenso cansado de ese cuerpo que se le tornaba delicioso y pensó que no era buena idea usarla para la escritura de los guiones pero que no tenía de otra y aspiró hasta saciarse de aquél olor que abandonaba la sala y que se iba a depositar en su cama. No vivían juntos pero le gustaba cuando Victoria inesperadamente aparecía como aquella noche y se quedaba a dormir con él. Estaba hastiado de la relación pero esa noche algo recuperó y fue el gusto tan salvaje que tenía por Victoria.

Esperó media hora y buscó en la bolsa gigantesca de ella la laptop que siempre cargaba. Puso la contraseña y comenzó a enviarse las fotos y aquellos documentos que Victoria guardaba quién sabe por qué de sus “amigos” faranduleros y de sus deportistas añorados. Se enteró incluso de que el delantero del club local le había mandado a ella una foto desnudo invitándola a probar su “delantera” y recordó que Victoria le dijo alguna vez que a ese futbolista también le gustaba que le metieran gol. Pocas imágenes valían la pena pero eran suficientes para hacer el guión, la filmación, el chantaje y llenarse los bolsillos con algo más cercano a la literatura. También se envió fotos de ciertos intelectuales que llegaba a ver en el periódico y urgían la revisión y publicación de sus columnas.

Le tomó una hora y cerró la computadora. Subió las escaleras y se recostó al lado de Victoria a la que apenas se le escuchaba la respiración. Le acarició los glúteos y se sintió culpable por todo lo que le estaba haciendo. La iba a engañar e incluso se iba a separar de ella pero en ese momento de la noche la amó con cierta tristeza. Victoria era lo más cercano a una vida normal acompañada con una mujer de lujo pero no, uno tiende siempre a hacer de su vida una mierda para arrepentirse después con las memorias que nunca mueren.

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