LOS GUIONES (VII Y FIN DE LA PRIMERA PARTE)

Escribió el primer guión que conformaría el primer capítulo de una serie porno titulada “famosos indiscretos”. El título era pésimo pero para la gente que le encanta el chisme farandulero y literario venía a bien. Lo escribió en unas cuantas horas e incluso añadió encuadres, música de fondo y hasta el color de las letras de los créditos. Se sentía por fin dueño de un pequeño mundo en el que él y sólo él podía tener acceso. Su mente le arrojaba palabras e imágenes en una velocidad inimaginable y él sólo plasmaba todo aquello que su mente le dictaba. El primer guión fue sobre Rito Omar, el del ganador del premio del Fondo de las Letras. Rito fue su primera víctima tras la historia que Victoria le había contado. Imaginó absolutamente todo, desde el ofrecimiento al director técnico, el tema de la hermana y la ficción del acto sexual (que pudo o no haber ocurrido, incluida la patada en los huevos).

Hizo el guión con sendos guiños, el técnico Téllez, la hermana apellidada Omar y hasta incorporó una escena en la que la madre de Rito le pidió al técnico que antes de tirarse a la hermana, pasara por ella y que si le gustaba, podía hacer con su cuerpo todo aquello que añoraba con su hija. El guión estaba escrito para que ese primer capítulo durara una hora.

Al día siguiente le entregó el guión a Samantha y ella lo leyó unas cinco veces y en todas se descargó de risa y también le excitaban las imágenes que él proponía. Se vieron en la tarde con Rudolph y éste, en un español bastante mal hablado, al principio dijo que duraba mucho pero se entusiasmó con la cantidad de escenas eróticas y hardcoreras que se encimaban una tras otra. Era hora de hacer el casting y así fue. El desplegado salió en una página de internet de esas que ofrecen trabajos mediocres y se les pidió, claro está, mayoría de edad, un currículum más o menos plausible y, sí, con grandes anhelos de superación. También se anexó la línea “actores para películas de adultos” y la pseudo empresa se llamaba ” HotteXXX”

Para la sorpresa de los tres, muchas solicitudes llegaron, más de las que se imaginaban y decidieron guardar toda esa información para darles oportunidad a todos. Cuando llegaron al casting, Samantha se encargó de hacerles la entrevista y encontró a licenciados que no encontraban trabajo alguno, encontró a pasantes que preferían tener múltiples relaciones sexuales que ser explotados por un jefe que les pagaba nada. Encontró adultos que los despidieron de sus empleos años antes de poderse jubilar. Encontró médicos que trabajaban en consultorios de farmacia. Le sorprendió demasiado encontrar únicamente a gente con títulos o carreras profesionales. Ningún oficio. Sólo aquellos exiliados de las universidades con esperanzas depositadas en empleos “bien” pero que resultaron ser empleos de mierda con sueldos de mierda. ¿Te importa lo que digan de ti después de verte desnudo? No, mientras me paguen esos treinta mil pesos. ¿Te importa que te puedan correr de tu casa? Cuando me vea mi mamá con auto nuevo, va hacer como que no ve la cosa. ¿Te importa lo que diga la iglesia de ti? Desde hace años no voy pero ni a una boda. ¿Te importa tu dignidad? Prefiero “perderla” cogiendo. ¿Te importa lo que digan tus hijos? Se les va a iluminar el rostro cuando vean que en vez de empeñar cosas, les pueda comprar un play station nuevecito sin ninguna preocupación. ¿Te importa lo que diga tu ex marido? Es mejor, así verá hasta donde puedo llegar con otros. ¿Aceptarías orgías? Claro. ¿Aceptarías hacerlo con hombres y mujeres sin discriminación alguna? Puedo explorar. ¿Aceptarías usar juguetes? Siempre y cuando no me irriten. ¿Aguantarás más de veinte minutos? ¿Te alcanzará con esa medida? ¿Sentirás vergüenza? ¿Necesitarás un psicólogo?

De las trescientas solicitudes, doscientos setenta aceptaron ser parte de aquella serie novedosa. Los otros treinta no pudieron continuar el proceso debido a problemas religiosos, problemas de disfunción eréctil, por problemas cardiacos y otro por un herpes que contrajo en la adolescencia.

El primer rodaje pudo grabarse en menos de una semana. El equipo de producción y actores se llevaron sumamente bien. Se les trató como verdaderas estrellas de hollywood y la convivencia fue sumamente positiva. Festejaron el final de rodaje en un restaurante marcado por lujos y la gente no paraba de observar la exuberante felicidad. Por primera vez en su vida, él había sido partícipe de una creación absoluta, llena de catarsis y de sacudidas. Al final de la cena, Samantha le dio un cheque por setenta mil pesos, los cuales cubrían cuatro guiones. Setenta mil pesos por sólo escribir un guión. La pornoescritura se alzaba como un salvavidas portentoso. Él naufragaba y el salvavidas caliente lo hacía rescatar sus sueños, por lo menos los materiales. Recordó los quince mil pesos que daban en el Fondo para las letras y también la publicación del libro premiado. No, esto era mucho mejor, escribir pornografía le ganaba a la literatura. Le ganaba a la carrera de chicle de comunicación. Setenta mil pesos por escribir cuatro guiones y apoyar a la producción. Y Samantha le dijo que si todo mejoraba, iba a recibir no únicamente más dinero, también viajarían, harían castings en el extranjero, se tomarían vacaciones, entrevistarían a actores y actrices porno consagrados.

Mientras Victoria podía viajar para cubrir las olimpiadas, los mundiales o los partidos de futbol locales, él viajaría para encontrarse con las grandes ligas de la pornografía. Así como Victoria entrevistaba a futbolistas más guapos que buenos deportistas, él se codearía con las fuentes de deseo secreto de millones de hombres y mujeres. Y lo mejor de todo es que sus guiones representarían a alguien conocido, los haría caer, los haría fracasar y los vería revolcarse en el cúmulo de la vergüenza.

Vergüenza, él ya no tenía vergüenza, la tuvo cuando trabajaba en el periódico, cuando su jefe le gritaba y él agradecía el mal trato, cuando pidió el aumento y él aguantó las burlas , cuando no accedió ni a dos mil pesos más que lo ayudarían por lo menos con el transporte mensual.

Setenta mil pesos por escribir, sin recibir gritos, sin recibir malos tratos, ni siquiera le corregían las frases porque ¿quién rayos sería un corrector de estilo en un guión pornográfico en el que la mayoría de las líneas se acumulan en imágenes eróticas? Samantha le dio un beso en la boca y le dijo que ojalá él estuviera soltero porque quería disfrutar de su cuerpo. Pensó en Victoria pero también recordó que antes había pensado y había afirmado que no tenía vergüenza. Quería perder esa sensación porque lo regresaba al estado añejo de servidumbre laboral. Abrazó a Samantha y le lamió la oreja izquierda. Ya no me importa, le dijo, la vergüenza me hace débil y la culpa me aniquila. Ya no quiero ambas, quiero todo lo que desees en este momento. Y se despidieron de todos y se metieron al auto de ella y se dirigieron al gimnasio y ahí, entre pesas, entre caminadoras, entre ligas y aparatos para pierna se pulverizaron ambos entre magnesia, proteínas y sudores de su extinción próxima.

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