LOS JARDINES AGOTADOS (1 DE 2)

I

Aquella mañana había despertado por una migraña insoportable. Nunca,  jamás en toda su vida había sentido un dolor tan incontrolable como ese. La tarde anterior había sentido ciertos espasmos en la cabeza pero no les dio demasiada importancia. Habló con su pareja por teléfono, cenó la mitad de un sandwich que había reservado y a media noche cerró los ojos sintiendo esos espasmos un poco más dolorosos. Despertó a las cuatro de la mañana, la vista se le nubló y aquellos jirones cerebrales se convirtieron en calambres cada vez más sostenidos. Encendió la luz y todo el cuerpo comenzó a dolerle. No había sido buena idea pero qué iba a saber una persona que nunca en su vida había tenido una migraña.

A las seis de la mañana resolvió no ir a trabajar y a medida que pensaba más, los sonidos  alejados y otros cercanos se iban tornando un tanto más violentos hasta que sintió unas ganas irrefrenables de llorar. Lo único que pudo hacer fue llamarle a Flavia para decirle que no podía con el dolor, que intentaría dormir y que en la tarde se volvía a comunicar con ella. También se comunicó a su trabajo y le dijeron que la falta le iba a costar un día de sueldo.

II

Despertó nervioso y con pavor. Creyó haber dormido lo suficiente como para haber tenido esos sueños extraños que parecían totalmente reales. Soñó con paseos en jardines enormes que jamás había visto. Soñó con trenes. Soñó que le asestaban un golpe en la cabeza con una piedra. ¿Qué había sido todo eso? Y sin embargo, el dolor ya no estaba, se había ido y decidió salir del departamento, visitar a Flavia en la escuela en vez de llamarle por el celular, quizá comer algo en el camino.

Se dio un baño con agua fría y prefirió no tomar ni comer nada hasta verse con Flavia. Caminó hacia la estación del metro y no dejó de pensar en aquellas imágenes que se sucedieron en su sueño o en sus sueños. Nada de eso tenía sentido y pensó en si su trabajo le había dejado alguna imagen en el inconsciente para soñar con jardines. En su trabajo a lo único que se dedicaba era a limpiar las estaciones de metro que le asignaban. Nada de entramados intelectuales ni ejercicios de licenciatura. Él era un adulto con un oficio legado por su padre. La mayor parte de sus días la pasaba en el subterráneo, sin luz solar y con toda la contaminación posible. Pensó en esos recorridos en los jardines largos y aquél golpe en la cabeza. ¿Por qué había soñado todo eso, él, que no había visto gran cosa del mundo y que, en realidad, lo único maravilloso que tenía del mundo era Flavia? Ella tenía relación con la literatura y muchas veces le insistía leer con amplias recomendaciones literarias. Quizá algún comentario de ella, algún párrafo de alguna novela que ella comentó se le había quedado en el inconsciente. Eso no sirve para nada, prefiero leer cosas de verdad y se le veía a él siempre leyendo el periódico, principalmente las secciones de nota roja, deportes y avisos clasificados.

III

A Flavia la conocí afuera de la estación. Ella fumaba y lloraba. Me acerqué a ella y le pregunté si le incomodaba acompañarla con un cigarrillo. Rió llorando. La tristeza y la alegría se habían depositado en una mueca de incontinencia. A Flavia la conocí afuera de la estación. Ella fumaba y lloraba. Le habían dicho que era estéril y su matrimonio estaba condenado al fracaso.

IV

Tomó el metro y como era su costumbre, cerró los ojos sintiendo el movimiento, repasando el nombre de las estaciones hasta su destino. Salió del vagón y vio que el reloj de la estación marcaba las seis cuarenta y cinco de la tarde. Faltaban quince minutos para que Flavia despidiera a sus alumnos de la secundaria vespertina. Él podría llegar a la escuela en cinco minutos cuando mucho. Se acercó a uno de los pocos puestos de libros económicos que se distribuyen y venden en el metro. Decidió echar una mirada, le vinieron deseos de comprarle uno a Flavia porque, en los tres años que llevaban juntos, jamás le había regalado un libro.

  • ¿Busca algún título en especial?
  • No, mira… la verdad no sé mucho de esto, ¿sabes?. Mi mujer, digo, mi pareja… a ella le gustan mucho estas cosas. Es maestra y ha leído demasiadas cosas. No sé qué título podría gustarle.
  • ¿Le gustan las novelas?
  • Creo que sí…
  • ¿Recuerda a algún autor que le haya mencionado en alguna plática?
  • Hay un tal Matías pero realmente no sé si sea Matías. Pero sí, lee muchas novelas.
  • Tome éste.

El vendedor le dio un libro escrito por un tal Marcelo Mariatiga. El título, Ahogar las aves, le parecía desastroso. La imagen de ahogar un ave se le hacía terrible y sintió una punzada extraña. Abrió el libro y lo primero que observó fue la imagen del autor y un breve resumen de su vida. Había vivido en el siglo XIX y apenas se estaban rescatando sus obras. Sobre su lugar de nacimiento no se sabe mucho. Uruguay, Argentina, Chile, Guatemala, Honduras eran los supuestos territorios de origen de Mariatiga. Murió a los veintisiete años. La imagen dibujada daba ternura. La supuesta mirada del autor denotaba una ternura pocas veces vista en las personas. ¿Cómo una persona que se supone que mira de esa forma tiene la capacidad de escribir algo con un título tan terrible? Pagó el libro y salió de la estación.

Encontró a Flavia en la esquina donde suele tomar el transporte. Le gritó y ella, al verlo, se sintió extraña.

  • ¿Qué haces aquí?
  • Quería venir por ti.
  • Pero ¿no estás mal?
  • Fue un dolor de cabeza pasajero, creo. Vamos a comer.
  • Pero ¿de verdad estás bien?
  • Sí, sí, no hay problema, vayamos allá con Manolo por un plato de pollo y papas. Mira, te compré esto.
  • ¿Mariatiga? ¿Por qué?
  • ¿Lo habías leído antes?
  • Es tremendo… es un autor que duele demasiado.
  • ¿Entonces está bien habértelo comprado?
  • ¿Dónde lo conseguiste?
  • Ahí en la estación.
  • Qué raro, a Mariatiga se le consigue muy poco.
  • Me dijeron que estaban rescatando sus escritos.
  • Sí pero… Sólo conozco Diarios Colección de estíos. De este no sabía nada.
  • ¿Entonces está bien?
  • Sí, Rojo, está perfecto.

V

Ya en el departamento, Flavia y él fumaban. Mientras él veía el futbol en el televisor, ella hojeaba el libro de Mariatiga. Es una belleza, decía ella sorprendida. Y él dictaba instrucciones de juego a los jugadores que nunca le escucharían. Son torpes como lagartijas en época de frío, decía él con la preocupación retumbándole en el corazón porque en ese partido se definía el quedarse en primera división o descender a segunda.

Flavia le preguntó una vez más sobre la plática que habían sostenido en el café de Manolo. Habían platicado sobre los sueños de él. ¿Podría ser posible? Entonces ella le volvió a preguntar y él le dijo que sí, que así habían sido sus sueños pero que ya no quería darles más importancia. Flavia fue a su librero y tomó una antología bastante vieja, heredada por su madre que se había suicidado tirándose al río con los zapatos llenos de piedras. Mi madre, la que me parió y la que me abandonó porque se le murió el padre. Abrió la antología y buscó a Mariatiga. Ahí estaba un cuento que pertenecía a la Colección de estíos. El cuento se titulaba “Los jardines agotados” y recordó inmediatamente el final de aquél texto. Al protagonista se le mataba con una piedra, con un golpe en la cabezaSintió escalofrío. Y leyó nuevamente la última página del cuento:

“Recogió la suma de sus fuerzas y fue así que al verlo andando en la supuesta probidad de la noche, tomó la piedra de su dignidad y le azotó el filo de la misma en la cabeza. Ríos de sangre en aquél jardín al que le llamaban La Pureza. Y Juno vio que las estrellas brillaban hasta que detuvieron su baile, su luz y hacía frío y la oscuridad se le derramaba”.

Flavia lo vio a él sufriendo porque el equipo de futbol de sus amores estaba ya descendido a segunda división. A Flavia le temblaba el universo por debajo y por encima.

  • Te llamabas Juno.
  • ¿Qué?
  • Te llamabas Juno y te mataron con una piedra, te dieron un golpe en la cabeza en el siglo XIX.

VI

Me llamaba Juno y me mataron con una piedra, me dieron un golpe en la cabeza en el siglo XIX.

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