LOS JARDINES AGOTADOS (2 DE 2)

VII

Está de más decir que también iba a morir por aquél fuerte golpe en la cabeza que no ha dejado de resonarle desde el siglo XIX. Está de más decir que él había aparecido en este mundo, en aquella época y que tenía poco tiempo su espíritu habitando este mundo. Él iba a morir como cualquier otro pero el destino era el mismo: siempre con un golpe en la cabeza.

VIII

Leyó rememorando en cada palabra sus sueños. Las sombras que habían aparecido en el juego onírico ahora parecían tener rostro y voz. Marcelo Mariatiga había hecho eterno el acto de su muerte pero ¿era en realidad su muerte? A medida que leía, algo dentro de él le iba avivando ciertos dolores y miedos que él antes no tenía y los espasmos en la cabeza comenzaban a punzarle. Cerró el libro y vio la mirada desafortunada de Flavia. “Un golpe en la cabeza”- repetía ella mientras revolvía el café frío con la cuchara.

IX

Se fue del departamento de Flavia a las once de la noche con el libro bajo el brazo. Flavia, por miedo, le había insistido que se quedara pero él prefirió irse a su pequeña casa y gastar lo irrelevante de la coincidencia mirando al techo y, probablemente, fumando un cigarro a pesar del dolor de cabeza.

Entró a la estación de metro y vio que el reloj se había quedado detenido en la hora en la que él había llegado por la tarde.  Los relojes en países pobres también se cansan y mueren detenidos dejando estelas de luz de un pasado que nada tiene de importante. Pensó que sería buena idea que, donde el reloj se detuviera, también el movimiento de quienes pertenecen al radio de ese instrumento del tiempo quedaran estáticos. Al fondo se escuchaba una melodía añeja, las guitarras y las voces armonizaban el vacío de las estaciones en esa hora que no era la hora. Sólo voces y guitarras y pensó en esa música de mediados de siglo.

El metro arribó y en el vagón sólo un ciego, un oficinista y una mujer que cargaba un estuche, probablemente con un instrumento musical, permanecían sentados añorando alejarse para siempre de las rutinas obligadas para vivir la inmediatez y la nada.

Al cerrarse las puertas recordó la fecha en la que Mariatiga, supuestamente, había escrito el cuento. ¿Habrá sido esa la fecha de mi muerte, la muerte de mi vida anterior? ¿Cuántas vidas habré tenido antes? Me llamaba Juno y me habían matado con un golpe en la cabeza.

Entró el metro al túnel y en su movimiento, los pasajeros suspiraban, se acomodaban la ropa o se veían (a excepción del ciego) entre ellos. Él reparó en la mirada que le regalaba la mujer con el estuche que probablemente contenía un instrumento musical. Le pareció que tenía cincuenta años y ocurrió, como suele pasarle cuando le regalan una mirada, la excitación inevitable. Tenía el cabello negro, lacio, de tez morena y observó que los senos abultados estaban escondidos por un suéter de cuello de tortuga. Sintió el olor de aquél cuerpo que, a escasos metros, le seducía, según la mirada. El oficinista no dejaba de verla pero se sentía triste porque, a pesar del acomodo de corbata y de una ligera tos, no podía llamarle la atención a esos ojos que veían otra mirada.

Él ya no cerró los ojos como era costumbre sino que se dedicó, de vez en cuando, en buscar y descubrir aquella mirada de aquella mujer que lo observaba también jugando, como si deseara con todas sus fuerzas una casualidad que les diera a ambos una ligera esperanza en medio de esa rutina consagrada en una ciudad que parecía estar en constante obra negra. Pasaron las estaciones y ella, una antes de él, se incorporó y se colocó en la puerta viendo las luciérnagas artificiales que alumbraban el camino del metro. Después, la luz. El metro se detuvo y se abrieron las puertas y ella salió dejando aquél aroma reclamando ahora esa casualidad añorada que nunca se consagró porque en una ciudad pobre suelen sucederse voluntades pobres. El destino participaba calculador pero no hacía más. Nunca supo su nombre y probablemente el saberlo le hubiera cambiado el destino de morir por un golpe en la cabeza.

X

Salió de la estación y, como cada día, fumó un cigarro sentado en las escaleras. Ahí vio aquél recuerdo de Flavia y sus lágrimas. Después recordó aquellos encuentros que eran una supuesta casualidad cuando en realidad él siempre la esperaba afuera mintiendo sobre su hora de salida laboral. Un día se le ocurrió a él invitarle un café. Un día la invitó a comer. Un día ambos descargaban en su desnudez, la rutina y la desesperación, la frustración y la imposibilidad de una vida mejor. Mientras los orgasmos ocurrían, la ciudad guardaba los últimos ruidos de las rutinas desveladas. Ambos sabían que algún día querrían olvidarse del otro para depositarse en otros cuerpos, en otra monotonía.

XI

Pero no estaba Flavia ahí y abrió el libro y ahí estaba el cuento contándole lo que había sido una vida anterior. Encendió otro cigarro aun cuando el otro no lo había terminado y hojeó el texto en aquellas frases que le habían provocado esos espasmos. A Juno lo habían matado porque, según Mariatiga, era un hombre que había hecho una gran fortuna siendo un ser verdaderamente miserable. Había violado a Martha, la hija de un gentilhombre que era gran amigo de un rey (Mariatiga no dice de dónde es el rey). Debido al embarazo y a la poca credibilidad que le daba el gentilhombre a su hija a la que no dejaba de injuriarle, el padre y el rey los casaron obligadamente. Juno se convirtió en un gran mentiroso y solía cobrar favores a gente pobre con la promesa de hacerles llegar las peticiones al rey. Jamás hizo el esfuerzo por hacer llegar la voz del pueblo a quien reinaba ese territorio que Mariatiga le llamaba Divisiones. Con el paso del tiempo se hizo de bastantes enemigos, pero nunca uno como el verdadero pretendiente de Martha, el tesorero Marcos Bosch.

Cuando Juno solía arreglar por las tardes sus “negocios” que en realidad eran visitas a lugares de apuestas y de bebida, Martha enviaba a su sirvienta para decirle a Marcos que era el momento de encontrarse en la casa de él. Martha salía de su hogar con la complicidad de la sirvienta quien, si recibía al marido antes de la llegada de ella, le diría que fue a visitar a su padre. Martha y Marcos se escondían, escondían la pasión y el amor cuando siempre pensaron que no era necesario y una tarde, con la frustración de no consagrar el amor como el señor y el rey aprobaban, Marcos le dijo a uno de sus ayudantes que siguiera a Juno, que lo matara, que lo desapareciera y que a cambio, Marcos se encargaría no únicamente de brindarle un hogar digno al ayudante sino también se encargaría de la educación de sus hijos.

Pasaron sólo dos días para que el crimen sucediera. El ayudante lo siguió desde el lugar de apuestas hasta el jardín obligado a cruzar para llegar a su hogar. La borrachera le impedía a Juno estar alerta y cantaba y silbaba una melodía triste. Los grillos hacían también su melodía y de un momento a otro sintió no el golpe sino el hervor de la sangre en el rostro y el frío en la cabeza. Después sólo las estrellas. El cuento termina con el cuerpo de Juno en una fosa común siendo orinado por los pobres que fueron engañados. Martha y Marcos no se casaron pero su amor ya no estaba de ninguna manera manejado por secretos.

Todas esas imágenes habíanse dispuesto en los sueños de él y pensó en el castigo de Dios o en el karma. Pero también pensó que ya había pagado el daño que había provocado y que por lo tanto, no era posible que algo así ocurriera en esta vida, en este momento.

XII

Sintió el hervor de la sangre en el rostro y el frío en la cabeza. Alcanzó a escuchar “la puta Flavia es mía, siempre será mía, hijo de puta” y alcanzó a ver el rostro de aquel hombre que era el ex marido de ella. Lo vio en algunas ocasiones afuera del departamento de ella. Lo vio también en algunas ocasiones afuera de la escuela donde ella trabajaba. Después de dos años había dejado de aparecer pero siempre sintió que iba a volver a aparecer porque Flavia le dijo que tenía tendencias obsesivo compulsivas, que era violento, que siempre quería ganar. “La puta Flavia es mía, siempre será mía, hijo de puta, destructor de hogares” y él alzó el brazo queriendo detener otro golpe. Escuchó que algunas personas gritaban y el ex marido de Flavia corrió perdiéndose en el jardín que estaba frente a la estación del metro. A su lado, la piedra filosa escurría el espesor de la sangre.

Cerró los ojos y volvió a abrirlos y sintió el frío que le comenzaba a quemar el cuerpo. Un hombre se acercó a él y éste vió que cargaba con un gafete en el que se leía “Marcelo M”. Marcelo M. le dijo que resistiera y él se sintió suspendido en el dolor que el destino y las casualidades le habían consagrado desde una noche anterior. Se habían fracturado las rutinas en su vida y pensó en Flavia, pensó tanto en Flavia que quiso llorar pero la muerte le prohibió arrojar una última lágrima. A lo lejos decían “está por morir, carajo, está por morir” y quedaron las luces de las estrellas detenidas como las luces del reloj que marcaba la hora en la que para él era inevitable evitar lo que hace un siglo alguien había escrito.Y casualmente, en esa estación, el reloj avanzó un segundo y la vida se seguía continuando.

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