EL OTRO SALVAJE

Llegó a la gasolinera pensando en el último billete que tenía en la cartera. Le parecía una trastada el hecho de tener un automóvil, el hecho de ponerle gasolina para asistir a una cita de trabajo. Él, el desempleado, hasta para pedir trabajo tenía que invertir el poco dinero que le quedaba. Adelante de él, un automóvil del año no se movía de la estación. La carga seguía, seguramente el conductor había pedido que le llenaran el tanque. La trabajadora le checaba las llantas y así transcurrieron diez minutos.

Al onceavo minuto pudo distinguir que dentro del automóvil estaba su anterior jefe y sintió una punzada en el corazón. “Grandísimo hijo de puta”, pensó.

Recordó aquel último día cuando llegó a la supuesta empresa. Una casa de dos pisos acondicionada para servir como empresa de turismo. ¡Una maldita casa! Ni siquiera un complejo de oficinas, no, una maldita casa. Recordó la rutina de siempre, el tocar el timbre, el esperar a que Vanessa se dignara a abrirle, el pasar el pequeño patio, saludar con desgano y sentarse enfrente de una de las veinte computadoras. Para eso había estudiado una carrera, para trabajar en una casa y no en un complejo de oficinas. Esa casa lo debilitaba, el medio laboral y el sueño familiar se mezclaban y generaban un monstruo confuso. Las casas deben servir para abrigar familias, no para convertirlas en empresas de turismo. Afuera, mientras los chicos salían a sus colegios, mientras los viejos regaban sus jardines, mientras algunos sacaban sus perros, la casa en la que él estaba, se trabajaba. Ni zona mercantil, ni una plaza, nada, una empresa en medio de un ambiente familiar.

Vanessa, como todos los días, le echó aquella mirada de desprecio, aquella mirada de “te estamos dando la oportunidad y tienes que besarnos el trasero” y él, al escuchar el sonido de encendido de la computadora pensaba en aquellos años de estudio valiendo absolutamente nada. Pensaba en que había frustrado su futuro. Él y sólo él se había encargado de ponerse el pie. ¡Quién puede ser tan pendejo como para pasar sobre el fuego sabiendo que se puede quemar! Él y sólo él. Mientras sus compañeros de la universidad paseaban por todo el mundo, trabajaban en hoteles, trabajaban para el gobierno como guías de turismo, él, el promedio más alto de la universidad, trabajaba en un simulacro de empresa ganando apenas para transportarse. ¡Trabajaba para transportarse! ¿No era eso una tontería? Trabajaba para llegar al trabajo, para llegar a casa y para hacer un par de comidas fuera de casa, en una fonda económica.

Odiaba llevar comida al trabajo. Detestaba el uso de topers, detestaba el hecho de cargar también con un plato y cubiertos. Detestaba el sonido del horno de microondas y sacar su comida siendo vista y deseada por los otros trabajadores que hacían fila para calentar sus alimentos. Detestaba a Vanessa, detestaba a su jefe, Jaime. Detestaba al contador que le daba un cheque cada quince días con una cantidad risible de dinero. Detestaba trabajar pero tenía que hacerlo. Eso o aguantar a su novia, aguantar las humillaciones verbales, aguantar a su cuñada que por teléfono insistía en la separación porque él era un bueno para nada. Pero ¿esto había soñado, esto había esperado, esta era la respuesta después de haberle invertido años a su educación?

Recordó que Vanessa le dijo que fuera con él “un momentito” y fue con ella a la oficina de Jaime. Le dijeron cosas como “la verdad, siempre te estás quejando”, “eres muy rejego”, “trabajas muy bien pero tienes una actitud que hasta me dan ganas de golpearte”, “nunca saludas”, “Vanessa está hasta la madre de que todas sus ordenes se las cuestiones”, “estoy seguro de que no vas a lograr nada”, “aquí está tu cheque con sólo una quincena, firma aquí y recoge tus cosas, tienes prohibido usar la computadora”, “no te doy carta de recomendación porque seguramente vas a querer corregírmela y me voy a encabronar”.

Salió de la casa o del simulacro empresarial con su mochila y sus topers semitibios. Cobró el cheque y ese día se metió a una sala de cine solo. Su novia le marcó y él le dijo que estaba en junta, que luego le hablaba. Se masturbó en el cine unas tres veces. Desde pequeño le sucedía que cada vez que se enojaba le llegaban ganas incontenibles de masturbarse. Imaginó a Vanessa pidiéndole disculpas mientras Jaime, amarrado a una silla, los observaba obligatoriamente entregándose a los deseos compulsivos de él. Imaginó a la chica que le vendió el boleto del cine entregándose a sus deseos efusivos. Imaginó una pelea con Jaime donde obviamente éste terminara muerto. Imaginó explotando la casa.

Vio su reloj y habían pasado cinco minutos más y el auto seguía en la misma posición. Bajó de su automóvil y fue al encuentro con Jaime. ¿Puedes mover tu chingadera ya, cabrón?, Ah pero si eres tú ¡pues te esperas cabrón, Tengo quince minutos parado esperando a que te muevas porque tengo cosas que hacer, Pues ahora menos me muevo.

Fue entonces que abrió la puerta y comenzó a golpearlo. Mientras Jaime intentaba quitarse el cinturón de seguridad, él lo golpeaba sin percatarse de que estaba Vanessa dentro del auto, como copiloto, gritando por ayuda y diciendo que era un hijo de puta.

Cállate, puta de mierda, le decía sintiendo sangre en sus puños. Cállate, puta de mierda, que tú tampoco te me vas viva. Jaime pudo quitarse el cinturón de seguridad y él pudo sacarlo del auto, lo arrastró hasta la llanta trasera izquierda y le dio una patada rompiéndole la nariz y tirándole los dientes frontales. Me cae que ahora sí no te vas a mover, hijo de puta. Vanessa salió del automóvil pidiendo ayuda y los otros automovilistas y los trabajadores de la gasolinera comenzaron a grabar con sus teléfonos el espectáculo que se posaba en sus ojos. Vanessa fue a su encuentro pero él le dio un cabezazo tirándola. La arrastró junto al cuerpo de Jaime y después fue al dispensador de gas, tiró de la manguera y obligó a una trabajadora a poner la clave y el monto de su último billete, el cual, puesta la fórmula en la máquina, le dio con mucho agradecimiento. Ella obedeció y él comenzó a bañar de gasolina a Jaime y a Vanessa que permanecían recargados en la llanta, en el semidesmayo como su semi empresa.

Ahora sí, par de pendejos. Se quitó la camisa y sacó de su pantalón su cajetilla de cerillos. La encendió y la echó hacia los cuerpos tendidos. ¡Te dije que te movieras, pendejo! gritaba. ¡Aquí está tu cheque de por vida!, ¡Aquí está tu saludo, puta de mierda! Y vio cómo los cuerpos se restregaban por el suelo diciendo cosas incomprensibles. La gente alrededor seguía mirando hasta que a la misma trabajadora que se le pidió activar el dispensador se le ocurrió usar la manguera de agua y pedirle a uno de sus compañeros que corriera por el extintor.

Él comenzó a reír, soltó una carcajada que incluso en las grabaciones de los celulares se escucha distorsionada. Después echó a correr, como una especie de bestia, perdiéndose en la avenida entre automóviles detenidos y payasos haciendo funciones en las esquinas. Se perdió en la lejanía mientras los cuerpos se retorcían entre agua y agente extintor. Los rostros tenían los labios pegados.

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