LAS FORMAS

Vivíamos tan cerca que era un error no alcanzarnos. Desde pequeños habíamos estado juntos esperando el momento para tomarnos la mano de manera diferente. Esas veces en las que íbamos en el auto de mi padre hacia la escuela y nos quedábamos en silencio. Esas veces en las que íbamos en el auto de mi padre hacia nuestros hogares y nos preguntábamos cualquier tontería y nos regalábamos dulces. Después tú cruzabas a la casa de tus padres y hacías esas muecas que me hacían sonreír. Te pensaba mientras mi mamá silbaba alguna canción y mi padre hacia la siesta. Después de la tarea hacía cualquier dibujo y cruzaba a tu casa para regalarte el papel coloreado y devolverme a mi hogar. Así tantos años, Lucinda, así tantos años.

Ya de adolescentes recuerdo tus visitas frecuentes. Mi mamá sonreía cada vez que te veía llegar a la casa y nos preparaba cualquier cosa mientras nos acostábamos en el sillón a ver cualquier cosa en la televisión. Tus padres se divorciaban y tú pasabas casi todo el tiempo posible con nosotros. Y cuando se ausentaban mis viejos nos alcanzábamos con las manos y repasábamos nuestros cuerpos con la boca. A veces apresurábamos todo, a veces lo ralentizábamos hasta fundirnos sin desasosiego.

Cuando íbamos en la preparatoria fue que sucedió la persecución. Caminábamos por la avenida central y me hiciste apresurar el paso hasta correr… Nos detuvimos en la parada del autobús y pregunté qué era lo que te sucedía. Lucinda, pusiste tu rostro en mi pecho y me dijiste que te estaban persiguiendo unas formas convocadas una noche anterior de pesadilla. Te dije que eso era una tontería pero dijiste que no, que las formas habían aparecido en este plano de la realidad, en esta dimensión y que no sabías cómo detenerlas.

Te dejé en tu casa y le conté a tu madre lo que había sucedido. Ella me prometió llevarte al médico porque, según ella, el divorcio te había afectado demasiado y hasta ese momento estaba saliendo a relucir el dolor que te habían provocado.

Al otro día caminamos hacia la escuela y tú volteabas casi siempre… Me dijiste que era mejor volver a casa, que las formas nuevamente estaban cerca de nosotros y que si no volvíamos algo malo iba a sucedernos. Al vernos, tu madre me dijo que te disculpara, que yo no tenía por qué perder las horas del colegio y que estaba apenada pero fue entonces que detrás del auto de un vecino alcancé a ver una forma que de un instante a otro se revolvió con la sombra del árbol. Fui al auto y no vi nada pero sentí que algo me observaba, sentí, incluso, que algo estaba a punto de tocarme.

Regresé al colegio y platiqué con el profesor Basualto. Me dijo, desde su punto de vista, que todo podía ser probable pero que esas manifestaciones raras veces son capaces de cruzar planos pero que, de ser así, debíamos visitar a un hipnotista porque sólo él es capaz de detenerlo todo. Me dio un número, concerté una cita y en casa les pedí a mis padres la cantidad justa para pagarle al hipnotista.

Recuerdo que te hice la propuesta después de haberte comentado sobre la forma que había visto esconderse entre el auto y el árbol. Me dijiste que estaba bien, que al otro día en la mañana iríamos a solucionar el conflicto. Te veías triste, demacrada, como si en ese par de días hubieras envejecido unos veinte años. Y aun así, sonreías sabiendo que sólo eso te quedaba.

Esa noche, una noche sin viento,  el árbol que está enfrente de mi ventana comenzó a golpearla más de lo acostumbrado, a veces se escuchaba el quebrar de las ramas, a veces algunas ramas rayaban el vidrio y empecé a sentir un temblor en la cama. Entonces fue cuando me vi desde el techo, yo flotaba pero mi cuerpo dormía y era observado por las formas. Las formas, de pie, observaban mi cuerpo y yo a ellas las observaba. El temblor de la cama se convirtió en el temblor de mi cuerpo y fue entonces que mis ojos se abrieron y pude verme flotando y fue en ese momento que caí encima de mi cuerpo y al “despertar” comencé a tener problemas para respirar. Las formas no estaban… o probablemente sí pero estaban en su plano. No volví a dormir sino hasta verte, Lucinda.

Llegué a tu casa temprano, fingiendo que íbamos a la escuela y saliste con otros años encima, envejecida. Tu mamá te veía normal pero yo sabía que habías envejecido y sin embargo ella me dijo que me veía mal, que me veía más grande. No le di importancia y caminamos hacia el lugar donde el hipnotista hacía su trabajo. Fue entonces, Lucinda, que vimos las formas… comenzaron a abrazarnos de las piernas para impedir nuestro caminar y nosotros nos alcanzábamos con las manos hasta que, de un momento a otro, dejaste de agarrarme y te soltaste cayendo al piso, azotando tu cabeza en el asfalto. Entonces, aun cuando te veía cerca, estabas más lejos de mí. Las formas me impedían regresar a ti y vi la sangre y tus ojos desorbitados y fue entonces que comenzaron a desaparecer y yo comencé a sentir cierta energía encima de mí y en unos pocos minutos ya no había absolutamente nada, ni tu cuerpo envejecido… Habías desaparecido y yo ya tenía veinte años más encima desde esa última vez que nos vimos, que nos soltamos desapareciendo. Las formas te habían llevado y yo no te había alcanzado.

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