ADIÓS, VÍCTOR, ADIÓS

(Cuento de mi autoría publicado en el libro: “Antología de Narrativa Posmoderna”, Comp. Pool Dunkelblau, “Adiós, Víctor, Adiós” de José Rolando Ochoa Cáceres, Tiempo-que-resta-ediciones, Noviembre 2018, Puebla, México)

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Le habían dicho que estaba por morir. Después de casi cinco años sufriendo diabetes, el doctor, tras el último chequeo, le informó que ahora sí sus días estaban contados y que ya no había más que hacer.

Víctor salió ese día en silla de ruedas y con el ánimo destrozado. Hace cinco años, cuando le dieron la noticia, poco le importaba morir pero hizo todo lo posible para tener sus papeles en regla, entregó la documentación necesaria en la universidad para ver a quién de sus familiares se le iba a depositar el seguro, fue con el notario para verificar todo aquello relacionado a la herencia y finalmente compró el pequeño terreno en el que se le iba a enterrar. Aquella ocasión le dijeron que no iba a pasar de seis meses y casi cinco años después le decían que ahora sí le quedaba poco y que no había nada por hacer.

Saliendo del hospital le dijo a su esposa que había ya que comprar de una buena vez el féretro, él quería escogerlo a su gusto y quería pagarlo como buen casi muerto. Su esposa se indignó y le preguntó que en dónde lo colocaría y Víctor dijo que lo iba a poner en la sala mientras moría.

Lo compraron de color café, barnizado, de medio tamaño y de madera extranjera. Al pagarlo, el agente de ventas de féretros preguntó que en dónde se encontraba el muerto y Víctor dijo que lo estaba viendo y el agente de ventas lo vio como un mal chiste y volvió a preguntar hasta que Víctor se hartó y le dijo que lo llevara a su casa, que ahí iba a estar el muerto en unos pocos días.

Salieron de la tienda de féretros y después de quince minutos llegaron a la casa y después de mover los sillones de la sala y la televisión, se colocó el féretro en el centro y esa noche Víctor durmió tranquilamente.

Durante esa semana, tras saber la noticia, sus hijos y los nietos visitaron al futuro muerto a la casa y los niños se divirtieron con el féretro. Lo ocuparon como mesa de juego, a veces unos se metían ahí cuando jugaban a las escondidas, una de las hijas puso a secar ahí la camiseta que el bebé había vomitado y el hijo mayor aprovechó para tomarse fotos y subirlas a su red social. Se les insistía que respetaran el futuro hogar del abuelo o del papá Víctor y los niños y algunos de sus hijos hicieron caso omiso durante toda esa semana.

En la segunda semana Víctor sintió que cada vez estaba más próximo a morir y visitaba constantemente su féretro preguntándose cuánto tiempo iría a durar su cuerpo ahí. Rezaba constantemente y pedía que el desenlace no fuera doloroso. Pocas visitas recibió esa semana y comenzó a sentir cierto vigor. De repente prefirió hacer a un lado la silla de ruedas y comenzó a caminar con pasos suaves que después fueron sintiéndose más fortalecidos.

En la tercera semana salió a caminar y leyó La muerte de Ivan Illich de Tolstoi. A partir de la cuarta semana su rendimiento físico mejoró considerablemente, usaba las pequeñas pesas olvidabas por su sobrino mayor, comía mucho mejor y de vez en cuando repasaba con ánimo apetitoso sus tres revistas playboy que tenía escondidas en lo que el llamaba “El cajón de los calcetines sin par”.

Sus hijos y sobrinos lo veían con asombro y su esposa destacaba con sus hermanas la fortaleza que Víctor mostraba cada día y decía frases como “ama la vida” o “es un ejemplo de fortaleza”.

Víctor pasó ese año olvidándose más de su muerte y el féretro y éste durante todo ese año tuvo diferentes funciones. Ahí colocaban la ropa húmeda, las ollas que estorbaban las colocaron adentro, al hijo mayor se le ocurrió colocarle la bandera del equipo local de futbol, también sirvió de escondite del dinero que recibía la esposa mensualmente de la venta de cosméticos que prefería no contar y también se convirtió en el lugar favorito para dormir del gato llamado Manu. La mejor época del féretro fue cuando en época navideña lo adornaron con lucecitas chinas y sonaba Jingle Bells. El yerno de Víctor escondió ahí el regalo que le iba a dar a su esposa y el arbolito navideño complementaba esa escena de esperanza y de felicidad.

Víctor no tomó en todo ese año medicamento alguno y se dio cuenta que la vida le había regalado más tiempo. Todos hablaban de él e incluso lo invitaron a un programa radiofónico en el que contó su historia. Un cineasta lo abordó y le dijo que iba a filmar un cortometraje sobre su vida.

Al año y medio de haber recibido la noticia, Víctor murió repentinamente. Lo encontraron en el baño tirado boca abajo y con la playboy favorita en la página veinticinco.

Una vez encontrado su cuerpo, la esposa y conforme fueron llegando sus hijos y sus nietos, desmantelaron todo aquello que ocupaba el féretro. El gato Manu se puso histérico y no se olvidó de rasguñar a los niños. Las ollas las colocaron en el lugar de antes, la bandera de futbol la pusieron en la cajuela del auto, algunos juguetes que se creían perdidos regresaron a manos de los niños y también se puso en otro lugar el dinero que ahí se guardaba.

Durante la velación recordaron el vigor de Víctor, la televisora local cubrió dicho evento y en los periódicos se escribía sobre la importancia de mantener un buen ánimo durante la adversidad. La familia contaba la vida de Víctor y sobretodo recordaron la fortaleza que obtuvo al ver todos los días el féretro en el que su cuerpo descansaba.

Lo enterraron sin ningún problema y uno de los niños preguntaba si le iban a comprar una “camita” igual a Manu.

Al llegar a la casa, la familia vio aquella sala vacía y en el suelo la figura del féretro que apenas alcanzaba el polvo. Hicieron una pequeña cena y en el canal de noticias, el periodista decía que el cortometraje se iba a estrenar en treinta días en una página de internet.

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