RITA

Decía ella que todas sus vidas habían comenzado en el mar. Decía Rita, mientras veía hacia la calle desde la ventana, que en el mar siempre habitan sus regresos, sus breves descansos hasta después de otra vida. Rita entregaba todo a otros naufragios, por eso que mi caso no fue nada distinto.

La conocí una tarde de lluvia. Ella tocaba la guitarra y cantaba en el café al que yo solía acudir. Esa era su primera presentación ahí y los únicos aplausos que recibió fueron los míos y los de una pareja poco interesada en lo que acontecía enfrente de mí. Afuera llovía y no quise abrir el libro.

No la escuché del todo, solo podía verla y ella a veces sonreía con la tristeza de sus ojos y los hombros ligeros y disimulados. Repetía su nombre cada vez que terminaba una canción.

Al terminar su presentación la vi guardar su guitarra en el estuche, la vi guardar los cables que se conectaban a su amplificador, la vi guardar su micrófono  y un libro usado con partituras.

Me acerqué porque me era inevitable contenerme. Recuerdo llamarle por su nombre y ella sólo sonrío diciéndome que no aceptaba quejas si la presentación había sido terrible.

Se sentó conmigo y revisó el libro que llevaba. Platicamos brevemente hasta que dejó de llover. Me pidió mi celular y grabó su número telefónico en él. Después salió con sus cosas dejándome su nombre y el principio de sucesos que he querido dejar de cuestionar.

II

Aquella noche, al regresar a mi hogar, tuve la sensación de que alguien me perseguía. Mientras caminaba, volteaba tantas veces posibles. En la ventana de un automóvil vi mi reflejo disperso, ligeramente difuminado pero el rostro que me veía no era el mío. Avancé un poco más rápido, llegué a mi departamento deseando verme en mi espejo. Nada sucedió, mi rostro era el mismo de siempre y pensé que probablemente me estaba excediendo demasiado con el café. Aquella noche dormí tranquilo, probablemente mucho mejor de lo que he dormido en mi vida y al despertar no únicamente sentí una pesadez extraña en el pecho, también el espejo estaba partido a la mitad.

Le llamé por teléfono un par de veces más y acordamos vernos en un bar. Llegué media hora antes y vi en la pantalla que la selección nacional de futbol perdía por goleada. Nada nuevo hasta que entró Rita y el bar enmudeció por unos cuantos segundos. Llevaba el cabello suelto y mostraba, como la primera vez, los hombros tibios y morenos. Nos saludamos sin mucha efusividad y pedimos un par de cervezas. Ella supo que era un desertor de la carrera y yo supe que ella cantaba en distintos bares de la ciudad sin buscar nada más que vivir al día a día. Decía ella que el mundo estaba ya bastante hecho mierda como para revolcarse más y que prefería lo mínimo y que también prefería vivir en el mar.

Esa noche tomamos cada quien unas siete cervezas y fuimos caminando hasta el departamento que me rentaban mis padres creyendo que seguía estudiando.  Serví en un par de vasos el poco ron barato que me quedaba y ella me platicó sobre su último noviazgo. Marcelo, decía ella, se había aventado del piso ocho de un edificio de diez porque no deseaba pensarla más. Su cabeza se estrelló en el suelo muriendo instantáneamente. Se le encontró con los ojos abiertos. A Marcelo lo había amado como a nadie. Lo conoció en la preparatoria y se hicieron pareja en pocos días. Sin embargo, decía ella, cambió mucho. Desde que comenzó aquél romance, Marcelo se alejó del deporte, se alejó de sus amigos y estuvo a punto de perder la preparatoria y también a su familia. Le decía que tenía recurrentes pesadillas y dolores de estómago intensos. Le hicieron estudios y no encontraron enfermedad alguna. Marcelo le contaba que en todas sus pesadillas aparecía ella quitándole la vida y cuando se separaron, le mandaba mensajes a su teléfono o a su correo electrónico diciéndole que era una bruja, que le había fastidiado la vida. Marcelo se quitó la vida porque la existencia de Rita lo condenaba al horror.

Nos quedamos dormidos en el sillón con las luces prendidas. Podía sentir, en mi mano derecha, su seno izquierdo y su corazón pausado. Sus latidos eran fuertes y lentos y su exhalación duraba demasiado. Aquella noche sentí que algo estaba abandonándome y en algunos momentos tuve problemas para respirar. Soñé con Marcelo o con lo que imaginé que era Marcelo. Lo vi caer y vi su cabeza estrellarse en el suelo. Vi sus ojos deshacerse de desolación. Desperté con agitación y vi que Rita dormía con los ojos abiertos.

III

Comenzaron a ser recurrentes las pesadillas. Eran aun más pesadas cuando Rita no dormía conmigo. En ocasiones la vi flotando en mi departamento como una sombra difusa y calmada. Llegué a escucharla repitiendo mi nombre. En algunos momentos escuchaba la voz de Rita que me decía que era mejor desprenderse de la vida. Una noche soñé que ocurría un tsunami y que ella me apretaba la mano insistiéndome que me quedara para ver aquella ola que se hacía cada vez más inmensa. Yo deseaba irme, deseaba hacerla a un lado y correr pero ella me sostenía cada vez más fuerte sin permitirme voltear. Después la ola caía y veía el terror que desprendía. Rita me decía que esperara, que algún día desapareceríamos sin dejar rastro, ni nuestros nombres.

IV

Una vez, mientras veíamos el mar, Rita me contó que en otra vida  fue perseguida y sumamente torturada. Decía que era la mejor de otras vidas que recordaba. Aquella tarde me contó que durante una tortura la maldijeron por no confesar una verdad que ella no recordaba. Le dijeron que toda persona que se acercara a ella iba a tener una muerte poco común y que ella iba a sufrir constantemente hasta mencionar aquello que nunca podría recordar. Su sufrimiento se iba a alargar hasta el recuerdo de esa verdad que todas sus vidas ha olvidado.

Me contó que en otra vida viajaba como prostituta en un barco. Que no recordaba que época pero que era una prostituta con la que se practicaban multitud de juegos sexuales y que participaba en constantes orgías. Dijo que aquél barco terminó inundándose pero que recuerda el olor a opio y a carne humana calcinada.

Le pregunté sobre su familia y me dijo que sus padres eran buenas personas. Que algún día los conoceré. Que tienen un perro casi gigante que babea todos los muebles. Antes de irnos vimos que el mar se retiró más de lo normal. Los turistas no dejaron de grabar aquél fenómeno y ella me tomó de la mano y me dijo que no me fuera, que me quedara con ella, que viera que también el mar es proclive a desaparecer.

V

Asistí a casi todas sus presentaciones mientras estuvo por acá. Solíamos ir caminando hacia los bares donde la invitaban. Yo cargaba su amplificador y ella iba siempre con su guitarra en la espalda. Sonreía las más de las veces que caminábamos hacia sus presentaciones. Siempre tenía la mirada entristecida pero había algo en ella más allá de todo desánimo. Rita siempre, todos los días, se dejaba caer en el abismo de todo despertar e intentaba recordar esa verdad que la sumergió a una repetición de nacimientos sin motivo alguno. Se sabía condenada. Se sabía ella un mal augurio.

Sin embargo comencé a ver que cojeaba cada día más y tropezaba constantemente. Decía que eso representaba una señal indecible y que tenía que ocultármela porque no quería que la dejara.

Una noche cantó cerca de hora y media y si bien nadie le hacía caso a mi alrededor ocurría algo que jamás había vivido. Mientras cantaba recordé aquellas otras vidas que tuve. Como si existiera encantamiento alguno, pude ver aquello que había vivido y que jamás había imaginado. Rita cantaba y yo andaba siglos atrás caminando y sufriendo tuberculosis. También me vi en navíos donde el sonido de madera era estrepitoso. También me vi en el mar arrojado en la nada y dispuesto a respirar agua para sufrir lo menos. Lo último que recuerdo fue haber rezado un padre nuestro de memoria mientras el agua sonaba y los ojos estaban por explotarme y Rita cantaba.

VI

Las visiones disminuyeron pero las pesadillas se intensificaron tanto que incluso estuve un par de semanas en pleno reposo sin querer salir por los miedos que se me habían incrustado. Los vasos se me caían al suelo, solía chocar con los muebles e incluso llegué a caerme en múltiples ocasiones. En ese par de semanas sólo recibí llamadas telefónicas de Rita. Inventé una varicela que me imposibilitaba verla. Estuve creando ciertos engaños porque entendí que Rita no era de este mundo y estaba agotando mi alma.

VII

Hacía lo posible por mantenerme despierto y cuando me era casi imposible sostenerme, me recostaba boca abajo queriendo no ver el alrededor que se depositaba en mí. Las sombras se reproducían y se alargaban hacia mi cuerpo que temblaba. Todo en mí vibraba y Rita aparecía flotando o a veces sentía que el colchón de la cama cedía por un peso desconocido que bien yo sabía que era ella pidiéndome que no le mintiera, que la dejara verme, que la dejara estar conmigo. También soñé a Marcelo viéndolo caer del octavo piso. Hubo días en los que sentí que Rita acariciaba mi cabello y yo deseaba que amaneciera pronto o deseaba no volver a abrir nunca más los ojos.

VIII

 Bajé diez kilos en esas dos semanas y era más frecuente el hecho de que las cosas se me fueran de las manos y se despedazaran en el suelo. El espejo tenía mas grietas y las moscas se paseaban cerca de mí o solían colocarse en mi rostro. En una ocasión escuché la voz de Rita diciéndome que era hora de terminar con todo, que le hiciera caso, que sólo así podía todo terminarse. Me dijo que saltara, me pidió que buscara un edificio lo suficientemente alto. Aquella vez salí del departamento y llegué al suyo desesperado. Me abrió la puerta y vi sus ojeras y también noté que había bajado demasiado de peso y que apenas podía sostenerse de pie. Me disculpé por haberle mentido y ella me decía que todo tenía que acabar pronto, que ya estaba comenzando a pasar lo mismo que con Marcelo. Me dijo que tenía planes de salir del país la próxima semana, que no quería saber nada de mí, que me quería con vida, que no quería saberme muerto.

Esa noche me quedé con ella sosteniéndola en mis brazos que no reflejaban ningún músculo. Rita me dijo que quería regresar al mar, que quería olvidarse en el mar de ardora.

Después el silencio y en la madrugada, un zumbido de moscas y una verdad que le hizo nuevamente nacer en una distancia de tiempo que jamás alcanzaré. A Rita se le acumulaban las moscas en su boca seca.

 

 

 

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