El abandono de Alondra

Estuve totalmente enamorado de Alondra aunque ella nunca lo supo. Las razones son más que claras, soy demasiado cobarde como para acercarme y decirle a alguien que me gusta, como para pedirle el número telefónico o esas cosas que suelen hacer las personas con demasiado autoestima. No, yo siempre he sido cobarde.

Supe que se llamaba Alondra porque ese nombre estaba inscrito en su diminuto gafete. Solía ir al mismo café que yo y supuse que era azafata por el uniforme. Aunque no sé, nunca supe porque siempre he sido demasiado cobarde como para preguntar hasta esas cosas.

Llegué a ese café ni siquiera por casualidad, fue un arrebato de hambre tras salir del trabajo. Pedí ese primer día una milanesa con papas y un refresco de cola y, absorto, viendo la transmisión del futbol, percibí un aroma que ni siquiera tiene relación alguna con un perfume. El aroma era totalmente corporal. Frente a mí, Alondra cruzaba las piernas y mantenía la mirada clavada en un libro. Durante estos años, frente de mí, los ojos de Alondra se colocaron en setenta y dos libros exactamente. Leía de todo, desde novelitas hasta recetarios y libros de autoestima. Cinco de ellos tenían que ver con el zen y unos diez fueron totalmente de poesía. Lo sé porque anoté todos los títulos en mi agenda y en casa, al buscarlos por internet, me daba una idea de las lecturas de Alondra.

Era sumamente blanca, pálida, con ese aspecto mortuorio que transparenta las venas del rostro pero sonreía con los ojos, y los labios, aun sin pintar, asombraban por lo rosáceos que eran. Medía cinco centímetros menos que yo y su voz era un tanto rasposa. Sólo en cinco ocasiones la vi con atuendos diferentes, dos con vestido por ser, supongo yo, treinta y uno de diciembre, tres con pantalón de mezclilla y blusa de tirantes y una con ropa deportiva, los demás días era el atuendo, según lo que deduzco, de una azafata aunque creo que no lo era porque hubo semanas enteras que nos vimos todos los días y dudo que las trabajadoras de aerolíneas tengan tantos días de descanso o tantos días en sólo un territorio.

Me enamoré de su aroma y del cruzar de sus piernas y también imaginé el olor de sus labios, de su saliva. Nunca le pregunté a las meseras algún aspecto sobre Alondra. Me daba pavor que fueran a decirle algo y, debido a mi timidez, me daba miedo que dejara de asistir a las tardes de aquella apreciación bella de la distancia. Aun sin hablar con ella, sin conocerla, no podía perderla, no quería perderla.

Todos los días despertaba pensando si la vería, si sería el día en que el destino haría una jugarreta de esas que se ven en las películas o se leen en los libros y de repente nuestras manos pudieran rozarse, nuestras miradas se dijeran algunos murmullos y alejáramos el silencio y nos diríamos que todo tenía sentido. Siempre pensaba así pero la verdad es que sé perfectamente que nadie parecida a Alondra me regalaría por lo menos un segundo de su mirada. Me imaginaba que nos diríamos algo pero la verdad es que el que quería decir algo era yo pero Dios o las estrellas me heredaron una timidez lacerante, un miedo al fracaso perenne del que siento que ya estoy acostumbrado. En algunas ocasiones cruzábamos la mirada pero siento que su mirada sobre mí contenía un enojo incontrolable mientras que la mía le entregaba una posibilidad de fracturar el silencio y decirnos algo, de volverme existente.

Puedo pensar que Alondra me servía de pretexto para continuar despertando. Y podía pasar las horas del trabajo en piloto automático pero cada que llegaba al café y la veía sentada o la veía llegar aceleraba todo mi ritmo y me devolvía la vida.

Un día, antes de sentarme, fui rápidamente a lavarme las manos y ahí estaba ella, viéndose al espejo, haciéndose una coleta. Al verme lo único que hice fue sonreír y ella siguió su camino, evitándome. Fue ahí que se me comenzaron a dormir las manos al principio y luego los brazos todos los días. Era extraño despertar pensando en Alondra e inmediatamente sentir puntitos veloces en mis manos y en mis brazos. Lo curioso es que sólo me sucedía pensando en ella y en el café, cuando la veía, a veces se me dormían y otras veces podía estar con toda la naturalidad del mundo.

Acudí al doctor y me dijo que probablemente tenía que ver con el estrés y con la hipertensión pero yo sabía que todo tenía que ver con Alondra.

Fui muy torpe al darme cuenta que Alondra escribía. En una ocasión, viendo el resumen del futbol, volví  la mirada y la vi a ella escribiendo en una libreta que tenía el mismo color de mi agenda. La contemplé cerca de media hora hasta que alzó la vista y puso sus ojos en mí, enardecidos, llenos de algo que nunca pude describir. En esa ocasión se me durmieron también las piernas y pude irme a mi hogar una hora después de que Alondra había partido.

La soñé muchas veces, la soñé bañándose, veía cómo el agua caía sobre su cuerpo blanco, la espuma que se regocijaba en su piel y yo la observaba sintiendo también el olor de su aroma. La soñé también durmiendo en mis brazos. La soñé también llevándome de su mano hacia el mar. La soñé también besándome. Pero fue en aquél sueño, cuando nos abandonamos en nuestros cuerpos, que desperté con todo el cuerpo entumecido y me fue casi imposible poder respirar hasta que logré calmarme mentalmente y los puntitos fueron disminuyendo y el oxígeno entró a mi cuerpo con mejor fluidez.

El último día que la vi fue totalmente diferente. Desperté con una pesadez terrible que me imposibilitó por completo el ir a trabajar. En mi mente, Alondra aparecía y yo preferí quedarme en cama para en la tarde ir al café y verla. No comí nada para fingir que había ido a trabajar y que tenía hambre como todos los días y después de vestirme con el uniforme de la empresa fui al café sintiéndome cada vez más pesado.

En la televisión repetían el partido de futbol y Alondra escribía desaforadamente. Pude ver sus ojos risueños, sus labios rosáceos haciendo gestos de humor, de complicidad, de desaliento. Y sin embargo comencé a sentir la pesadez incontenible y se me comenzó a nublar la vista. Lo último que pude ver fue que me sonreía y que me entregaba el suspiro que yo deseaba. Después escuché que cerraba la libreta y fue ahí donde todo se nubló y sentí mi cuerpo flotar y todo ha sido oscuridad desde ese día.

Sigo esperando que abra la libreta, que le entre luz a la página inconclusa y que me permita volver a verla desde aquí, desde donde ha olvidado poner punto final.

 

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