EL GNOMO

Se le veía andando con su metro cincuenta de estatura y su barba de vikingo. Llevaba los libros de siempre debajo del brazo derecho y fumaba aproximadamente cada quince minutos. Le decían el gnomo y éste pequeño ser se jactaba de ser el intelectual del momento. Rondaba por bares bebiendo mezcal y cerveza discutiendo los grandes temas del momento. Abarcaban su saber la literatura y la historia. La política le entusiasmaba demasiado y también las luchas sociales, las ideologías de género y temas raciales.

Así que el gnomo, después de haber obtenido múltiples becas, de haber viajado y hecho estadías fuera del país, se dedicaba casi al cien por ciento de su día a día a dar clases únicamente en posgrado porque los de licenciatura le parecían no únicamente desesperantes, también grotescos y sumamente torpes. A veces daba uno que otro taller de escritura donde nadie le parecía lo suficientemente bueno para escribir y así, envalentonaba su saber… la gente le pagaba para recibir críticas ofensivas, la gente pagaba para que el gnomo les arrebatara, les robara, el deseo de seguir escribiendo.

Al gnomo no le gustaban los puestos administrativos por lo que iba de universidad en universidad derramando su opulencia intelectual y su minúscula ignorancia. Era un ser de clase media anhelando siempre pertenecer a la clase alta pero la desgracia de clase no se puede quitar de un tajo y los complejos hicieron mella en él. No sólo era diminuto físicamente, pensaba que siendo intelectual sería inalcanzable, altivo, pero siempre era uno más del montón. Tenía un par de libros publicados que nadie tuvo el interés de leer,  contaba con un espacio en un periódico para criticar a todo aquél que se salía de su inteligencia. Era un pequeño crítico literario con ínfulas de superación intelectual… sus frases eran eyaculaciones secas.

Pero algo debía de fallarle al gnomo y eran, como a muchos, las mujeres, principalmente las más altas que él y de cuerpos voluptuosos. Tenia el gnomo una fijación con las mujeres que pisaban los cuarenta años y por aquellas que no iban más allá de los cincuenta y cinco y así, en el posgrado, las conocía de variados acentos y piernas que le parecían escaleras anhelantes. Eyaculaba frases el pequeño falo gnómico para parecer sorprendente pero, precoz e inconstante, a nadie impresionaba.

El triste gnomo tuvo varios sueños y sin embargo, el que más recuerda, es aquél que tuvo con la señora Raquel, la señora rubia de unos cincuenta que tomaba el seminario de sociología y literatura. El gnomo soñó que caminaba sobre las piernas de la seductora Raquel y casi, llegando al pubis, caía dolorosamente. Cuando despertó lo primero que pensó fue en Prometeo y tiró unas cuántas lágrimas al observar su soledad gravosa y altanera.

Por obvias razones, aun cuando el solemne gnomo daba cátedra perfecta sobre las repercusiones de las guerrillas latinoamericanas en la literatura, Raquel no se sentía de ninguna manera atraída, al contrario, pensaba cada que podía en Oscar, el brasileño que conoció hace poco y que está dispuesto a devolverle la creencia en el matrimonio y en el amor desbocado.

Cuando terminó el curso, los alumnos y el gnomo decidieron ir a tomar un par de cervezas para brindar por la culminación, para algunos, de un posgrado significativo; y para otros, la culminación de un seminario pavorosamente aburrido.

Abandonaron la plática sobre literatura y sociología y abordaron los temas políticos del momento para terminar discutiendo sobre la música folclórica y la importancia de los bailes regionales.

A la hora y media, varios se despidieron y Raquel estaba por irse cuando el gnomo, ya bien bebido, le dijo que la acompañaba a su auto y aprovechaba el momento para fumar un cigarro.

Caminaron un poco distanciados y sin embargo, el gnomo sentía que estaba cerca de consagrar su deseo.

Así que antes de que Raquel subiera a su camioneta, el gnomo, con el cigarro en la mano izquierda, la invitó a salir al otro día a un restaurante de la tan inverosímil cocina de autor y, sin apartarle la vista de los senos, le dijo que le tenía no únicamente un aprecio significativo sino que, palabras más, palabras menos, le gustaba demasiado.

Raquel se sintió no únicamente incómoda, le jaló la barba con la mano derecha, le dio una cachetada con la mano izquierda y le dijo que al día siguiente iba a acudir a rectoría para denunciarlo por acoso. Raquel arrancó la camioneta y se perdió rápidamente en la avenida principal.

El gnomo, herido y con la sensación de terror, regresó al bar pero prefirió hacer una parada en el baño, así que comenzó a subir las escaleras pensando en el rostro enfurecido de Raquel y en sus senos en movimiento durante el jalón de barba y la cachetada y, sin advertirlo resbaló debido a un residuo de cerveza que estaba en el escalón y la caída fue eminente y también trágica.

Todo el saber acumulado, las becas obtenidas, los libros, las grandes críticas, los sueños robados de escritores decepcionados y los títulos apremiantes quedaron derramados en el suelo de manera espesa y bicolor. Eran el negro y el rojo que escurrían en un rostro que no sonreía y que miraba hacia ningún lado. Olía a orines, a levadura, a sangre y también a nada. En el pantalón podía notarse una mancha seca. Probablemente eyaculó con la cachetada que le propinó Raquel aunque parece ser, según los peritos, el gnomo se anduvo masturbando poco antes, quizá, mientras debatían sobre política y temas de género.

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