LAS GRACIAS

Llegó justo a las cinco como Julián le había dicho. Tocó tres veces la puerta hasta que Marbella, la mamá de Julián, abrió con cierta prisa. No hubiera sido nada relevante de no haber sido porque Marbella tenía la bata de baño y el cabello húmedo. No hubiera sido nada relevante de no haber sido por aquél olor tibio, aquél olor debatiéndose entre el jabón y la eternidad del deseo desafiándole la tranquilidad a Ernesto que había llegado a las cinco como Julián le había dicho.

Le dio un beso en la mejilla como solía saludarlo desde que él era pequeño, desde aquellos ayeres en los que jugaba con Julián imaginándose siendo súper héroes o los grandes delanteros de un mundial futuro. Pero aquél beso fue distinto porque desprendía todo aquello que a él lo sacudía. Aquél beso fue distinto porque sabía que por primera vez en su vida estaba realmente cerca de aliviar aquél deseo que lo tenía atormentado desde hace un par de años cuando una noche soñó a Marbella totalmente desnuda y no pudo contener la humedad insospechada hasta el despertar.

Entró al departamento excitado y escuchó vagamente que Marbella le decía que Julián estaba por llegar, que había ido a imprimir tarea y que tomara asiento. Le preguntó si deseaba algo de tomar y él respondió que refresco estaba bien. Ahí, sentado en la sala, la vio caminar vistiendo únicamente la bata de baño, la vio abrir el refrigerador, la vio sacar la botella de refresco y después escuchó el sonido de las burbujas de gas explotando en el interior del vaso y vio aquella espuma que alcanzaba el borde hasta casi derramarse. Marbella le entregó el vaso agachándose levemente y pudo Ernesto observar levemente la redondez morena de aquellos senos que, según él, no podían caberle en sus manos pequeñas.

Bebió rápidamente y escuchó que Marbella se disculpaba, escuchó que se iba a terminar de vestir porque tenía una junta en cuarenta minutos y que si quería prender la pantalla y ver algún canal de televisión podía hacerlo con toda confianza.

Encendió la pantalla intentando atender el programa de resumen deportivo pero no pudo evitar el pensar que a unos cuantos metros de él, Marbella se vestía. Decidió ir al baño porque creía que con sólo un poco de agua fría en el rostro se podía apagar el deseo que le quemaba por años. Pero le fue imposible. Para llegar al baño tenía forzosamente que pasar frente al cuarto de Marbella y ahí, en la puerta que lo separaba del cuerpo de ella, se detuvo conteniendo la respiración y sufriendo lo insoportable de lo incontenible.

Alcanzó a ver en la cama aquella bata que antes la vestía y también la ropa interior que estaba por cubrir los anhelos en los que él se debatía. Fue entonces cuando escuchó la puerta del baño e inmediatamente supo que Marbella no estaba en el cuarto y quiso darse la vuelta pero fue imposible porque la puerta se abrió y Marbella, totalmente desnuda, se sorprendía al verlo imposibilitado, sonrojado, temblándole el alma y convulsionando sus deseos. Ernesto vio aquél cuerpo tremendo, reposando lo tibio, sugiriendo aromas que le atiborraban el espíritu. Vio los senos impecables, y el sendero del origen. El silencio en ese momento le mostraba el cuerpo humectado e imponente que le significaba toda dilación. Aquella mujer de cuarenta años le arrebataba la inocencia y le regalaba todos los absolutos con aquél cuerpo que le era el principio de las andanzas de adulto hacia el mismo lugar, hacia Marbella, hacia ese deseo adolescente que es imposible de superar.

Alcanzó a decir perdón y se dio la vuelta rápidamente mientras Marbella se cubría con sus manos metiéndose nuevamente en el baño diciéndole que no pasaba nada, que no se preocupara.

Regresó a la sala preguntándose todo y sorbió el poco refresco que quedaba. Pasaron los minutos y escuchó la puerta del baño abriéndose y cerrándose una y otra vez, escuchó los pasos de Marbella, después los tacones de Marbella y después la escuchó aproximándose a él para decirle que podía esperar a Julián, que tenía que irse porque la junta era en pocos minutos y ambos se despidieron nerviosos, ya sin beso en la mejilla, sólo apretándose las manos.

Julián llegó a las cinco y media con la tarea de ambos en la mano y él en silencio le agradecía la tardanza, agradecía su constante impuntualidad, agradecía el dolor que se le incrustaba entre las piernas.

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