BOCANADA

No había comprado nada más que una cajetilla de cigarros. Marlboro rojos, el paquete de veinte, el paquete de siempre. Subió hasta la azotea, aún con la corbata y la vestimenta formal que le requería la oficina de recursos humanos. Era de noche y en el edificio de enfrente la luz del departamento parecía molestarle porque Pablo quería saltar desde la azotea y desvanecerse sin luces.

Lo tenía decidido desde meses atrás, cuando la vida ya le daba lo mismo, después de los rechazos de aumento, de los rechazos a posibles cambios de empleo, de los rechazos sentimentales. En realidad no parecía nada trágico pero para él, a sus treinta y cinco años, lo era por el simple hecho de que no había conseguido nada en todo ese tiempo. Ni un empleo decente, ni un salario decente, ni una relación decente, ni siquiera autoestima. Pensó en un libro que encontró en un restaurante del centro de la ciudad, uno que tenía un titulo motivador pero que decidió no comprar porque pensaba que era ridículo adquirir esos momentos de autoayuda que más bien son momentos de auto desprecio. Del departamento de enfrente salía tenue la canción “Bocanada” de Gustavo Cerati y Pablo fumaba también observando que en ese departamento una mujer abrazaba a un hombre más joven que ella. Abajo, en la calle, un gato caminaba tranquilo y Pablo después de ver al gato  volvió a subir la vista levemente para ver a la mujer que abrazaba a un hombre más joven que ella.

Observaba la hora en su teléfono celular, quería que fueran pronto las once y media y subir el pequeño muro de la azotea y saltar. ¿Por qué las once y media es buena hora para saltar? Se preguntaba mientras fumaba viendo las sombras en el departamento danzando mezcladas. Unas leves risas sonaban y se iban hacia toda la ciudad, con esa trayectoria distante.

Pensó Pablo en su jefe, en esas ganas inmediatas de querer matarlo. Pensó en esas incontables formas de matarlo. En esos miles de asesinatos que se sacudían por la sangre o por el vómito. Golpes o armas o el auto o veneno o el estrangulamiento o el secuestro y bañarlo en gasolina e incendiarlo. Pensó Pablo en su jefe, un hombre fuerte con un bigote bien arreglado. Pensó en los autos que estaciona en el trabajo. Pensó en las mujeres con las que engaña a su esposa. Pensó en esos banquetes de bienvenida y de despedida. Pensó en las incontables putadas que le daba. No sé por qué carajo sigues trabajando aquí. No sé quién carajo te contrató. ¿Te crees muy inteligente, verdad, Pablo? A este paso, si fuera por mí, ya estarías nadando bien profundo en la mierda.

Recordaba todo esto y recordaba los fracasos. Recordó que Florencia le había regalado un pase a un congreso de felicidad, con grandes ponentes que tienen en sus espaldas grandes éxitos y él prefirió esa noche ir al cine a ver una película de súper héroes y regresar al departamento a masturbarse con pornografía en internet. Recordó que se quedó dormido con la computadora prendida y cuando despertó ya se habían reproducido unos ocho episodios hard core. Todos aparecían en el historial. Entonces apagó la computadora y se metió a bañar, después revisó su celular y Florencia le reclamaba por mensajes de audio que qué le había pasado, que lo había esperado la noche anterior, que el seminario de felicidad le hubiera venido a bien.

Se detuvo a dar una bocanada más y vio que en el departamento de enfrente los cuerpos se anunciaban desnudos, que él la volteaba hacia la calle y que se le veía a ella totalmente desnuda desde esa posición. También se veía al joven sucediéndose completamente activo y después volteó hacia arriba y vio a Pablo. El chico le dijo algo a la mujer y ésta también observó a Pablo y ambos siguieron sucediéndose, en la ventana, frente a él. Pablo, con el cigarro en la boca,  se desabrochó el pantalón y comenzó a masturbarse viéndolos a ellos, apenas escuchándolos gemir y resbalar los sudores y perfumes del sexo y Bocanada de fondo. Poco fue, pocos minutos fueron cuando Pablo eyaculó sobre el muro de la azotea, escupió el cigarro de la boca y la pareja del departamento también mantenía el orgasmo. Se encendieron otras luces de otros departamentos y el gato regresaba de donde había venido. Pablo se separó un poco y vio el semen escurriendo del muro de la azotea. Apenas vio también parte del fluido en su zapato derecho. Se reacomodó el pantalón. Volvió a asomarse y la pareja ya no estaba y encendió otro cigarro y vio nuevamente su celular. Eran once treinta y cinco y pensó que hace cinco minutos tenía que saltar desde ahí para arrebatarse la vida. Entonces rió y se dijo que esos cinco minutos de masturbación le habían salvado la vida, que en vez de saltar desde ese muro había eyaculado y que ahí estaba él, un tanto cansado, liberado, con el cigarro en la boca decidido a renunciar al otro día a su empleo y después, quizá, ver a Florencia e ir a comer con ella o ir a comprar ese libro del restaurante del centro o hacerse amigo de la pareja del departamento de enfrente o también, recoger a ese gato y adoptarlo y ponerle el nombre y ya no matar a su jefe… finalmente, no era tan mala persona. Y al mismo tiempo escuchó a lo lejos el platillo de una batería que se sostenía, que vibraba, que temblaba. Una ambulancia a lo lejos. Un claxon afónico. Unos grillos espantando fantasmas.

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