LA VERDAD OFICIAL

Le juro oficial que todo es verdad.

Estaba él tranquilamente bebiendo su cerveza y viendo el partido de futbol. No. No venía con nadie. Desde que entró al lugar me dio como que mala espina pero qué puede decir uno que vive de servir tragos. Pidió un litro de cerveza oscura y una orden de papas a la francesa. Durante el primer tiempo alcancé a escuchar que mentaba la madre porque ya sabe, nuestro equipo local no más no hace un gol pero no parecía violento ni nada parecido.

Fue en el segundo tiempo cuando la cosa comenzó a ponerse grave. Se le acercaron ella y el hombre que yace ahí en el suelo, oficial. Se le acercaron con ganas de joderle la existencia. Si él no me daba buena espina no se diga de la parejita que se le acercó. Escuché que la mujer le dijo que el hombre que la acompañaba sí era un verdadero hombre y burlonamente levantó los dedos índices y le dijo algo así como que su pareja tenía un miembro más largo y grande que el de él. No se distrajo del partido pero le dio un trago larguísimo a su cerveza. El hombre se recargó en la barra y comenzó a hacer comentarios hirientes junto con su mujer, comentarios como “¿y éste era el amor de tu vida”, “ay, mi vida, pero si está más feo que mentada de madre”, “tengo unas ganas de arrebatarte la ropa como nunca nadie lo había hecho”, o, “¿de verdad éste era mi rival?”.

Él no dijo nada, absolutamente nada, pidió otro litro de cerveza y se lo serví de inmediato porque pensé que si no se lo servía de prisa podía perder el control, pero no sirvió de mucho.

Fueron cerca de quince minutos de bromas y de insultos, yo los escuché, la mujer decía que nunca llegó con él al orgasmo, que le daba vergüenza haber estado con él, que hasta un perro era un acompañante más digno y él en dos tragos bebió el otro litro de cerveza. Después juntó sus manos como si fuera a rezar algo y ahí fue que me dio miedo porque pensé que le estaba pidiendo permiso a Dios para hacer algo que, bueno, sabemos cómo terminó. El caso es que escuché mejor y no estaba rezando, estaba decidiendo a quién le iba a hacer lo que sabemos. Entonces fue cuando se acercó el que ya está ahí muerto, se acercó con su uno ochenta de estatura y le escupió el tarro que todavía tenía un residuo de cerveza. Sólo alcanzó a decir, “me cagan los putos de mierda” y fue cuando él rompió el tarro y se lo enterró en el cuello saltando porque ve que sí está alto y a la mujer la azotó de un sólo jalón en la barra cayendo al suelo inconsciente. Lo extraño del asunto es que mientras el otro intentaba respirar con el tarro de cerveza enterrado en el cuello él le decía cosas como, “no te escucho, ¿qué dices?”, “mírame como hombre, no con los ojos yendo de un lugar a otro”, “qué fea voz tienes, querido”. Después le gritó “¡no te escucho, carajo!” y fue cuando se bajó el cierre y a los dos comenzó a orinarlos.

Nadie lo detuvo, ni siquiera los de seguridad del bar pudieron hacer algo porque era como una especie de súper hombre consolidando algo así como una venganza. Después pidió otra cerveza y se la serví con mucho gusto y hasta le dije que era cortesía de la casa, pues quien sabe si allá en la cárcel vuelva a tomar otra.

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