LA BECA VERDADERA

Había ido a la entrevista laboral para saber lo de siempre, “usted es una persona con grandes talentos que nos conviene muchísimo en nuestra empresa pero siendo sinceros tres mil pesos al mes es lo único que puedo ofrecerle y, probablemente, en diez años, podamos hacer algún tipo de incremento”.

Afuera del edificio abrió su cajetilla de cigarros y al encender uno, vio hacia arriba observando el piso donde fue entrevistado pensando que ya a sus cuarenta años estaba realmente difícil seguir pidiendo empleo. Dio una bocanada y recordó que un par de días antes le había prometido a Camila, su mujer, el dejar de fumar. “Ya uno no puede ni matarse a gusto” y puteó toda su vida.

Después de haber estudiado el doctorado pensó que ya jamás iría a tener algún problema relacionado a lo laboral, a lo económico. Fue entonces cuando se casó con Camila y todo parecía ir bien hasta que se dio cuenta que ni podía ser investigador ni podía trabajar en una empresa. Se acomodó en una escuela secundaria dando clases donde en algunas ocasiones las tareas que calificaba estaban adornadas con mocos o residuos de comida. Le pagaban por hora, acudía a veinte mil juntas al mes, tenía que hacer proyectos y planeaciones diarias y cada quincena recibía no más de dos mil pesos. Camila era quien llevaba el dinero a la casa porque su suerte había sido distinta pero ya en el cuarto año de matrimonio le dijo a él que si en un año no cambiaba su situación económica entonces era irremediable la separación.

Desde que salió de la licenciatura intentó todo pero siempre tuvo puestos mediocres. Ganaba a lo mucho cuatro mil pesos al mes y fue entonces que decidió estudiar una maestría en la que concursó para la obtención de una beca. De cuatro mil pesos pasó a tener una beca de diez mil y así, una vez terminada la maestría, se siguió con el doctorado y durante ocho años vivió prácticamente viviendo del estado porque, según él, no le quedaba de otra. Después, el matrimonio con Camila, el fin del doctorado, la búsqueda de trabajo, el dar clases a pequeños que huelen a jugo rancio aunque se bañen y una vez más el desempleo y el tener el divorcio a la vuelta de la esquina.

Comenzó a caminar con estos pensamientos y en la parada abordó el autobús que lo dejaría en la puerta de su hogar en vías de destrucción. No estaba para nada lleno de usuarios y alcanzó a sentarse pero en el asiento de enfrente un joven de más o menos veinte años iba escuchando música por su celular, el problema es que no la escuchaba con audífonos sino desde la bocina del celular así que los pocos usuarios escuchaban, unos más cerca, otros más lejos, minutos de reguetón e historias de hombres demasiado viriles que tienen a su alrededor veinte mil mujeres que están a su merced encandiladas por el maltrato que reciben.

“Puta música de mierda” pensó y lamentó mucho no llevar consigo unos audífonos. En un acto de valentía le tocó el hombro al joven y le pidió de favor que le bajara el volumen o que bien usara audífonos si es que los tenía porque “yo no tengo por qué escuchar tus gustos musicales”. El joven le respondió que si no le gustaba podía bajarse y tomar otro autobús o sentarse más atrás o simplemente taparse los oídos. Lamentó mucho las respuestas y vio por la ventana que cada vez estaba más cerca de su casa.

El ritmo sucio y el discurso hediondo del género le retumbaban los oídos y así, en un acto de hartazgo, porque la valentía la había aventado por la ventana, se incorporó, se sentó al lado del joven y en menos de un segundo lo agarró del cabello tieso por el gel y le estrelló la cabeza en la ventana. Los vidrios se le incrustaron en el rostro y en el cuello al joven que le pedía que lo dejara en paz, que ya lo soltara y él forzaba la cabeza del joven hacia abajo de manera que los restos del vidrio de la ventana se le llegaron a incrustar en su totalidad. ¡Te dije, hijo de puta, que apagaras tu música de mierda!, ¡Te dije que dejaras de estarme jodiendo la existencia! Después comenzó a oler a sangre, los usuarios comenzaron a hacer guturales como si estuvieran a punto de vomitar y él observaba en ese rostro destrozado todos los rostros de quienes siempre había deseado destrozar hasta cansarse, incluyendo el de Camila, el de sus profesores que le obstaculizaron sus proyectos de investigación pero que a las chicas o a los homosexuales les daban preferencias insospechadas incluso sin ningún mérito académico, también el rostro de aquellos que le negaron un empleo, también el de sus alumnos.

El autobús se detuvo y los usuarios observaban al animal harto, áspero, carnicero, sometiendo a la presa a su gusto hasta desangrarlo. Cuando se dio cuenta, su casa aparecía ante sus ojos y Camila, quien había abordado el autobús para ir a su trabajo, observaba las manos llenas de sangre de quien antes la tocaba con dulzura, con amor, a quien ella, minutos antes, había decidido apoyarlo porque eso hacen las personas que se aman. ¡Me vale una chingada si nos divorciamos, en la cárcel me becarán de por vida! y bajó el hombre del autobús bañado en sangre observando el cielo limpio de nubes y escuchando la calma que comenzaba a acariciar desde hace más de veinte años. Por fin sintió ganas de dormir de verdad.

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