EL PUERCO DEL DELITO

Ese día tuve que tomar el transporte público porque mi compañero no pudo ir por mí, creo yo que fue por problemas con su familia pero el caso es que tuve que salir un poco más temprano de mi casa con la maleta y con un perro casi a punto de morderme la pierna izquierda.

Abordé el camión y todo parecía ir muy bien, hasta la cabina del chofer se me hizo un tanto cómica. En ella habían postales de la virgen de Guadalupe, el logotipo del club de futbol local y el poster de una chica de la televisión semidesnuda rodeada de luces de navidad. Tenía muchos años que no abordaba un transporte así y hasta se me hizo curioso el cómo tenían el ingenio para adornar un espacio tan pequeño.

El caso es que mientras observaba el movimiento que surgía a las seis de la mañana en la ciudad,  iba pensando en eso que me dijo Carlos sobre que si yo era el mamón del grupo, que me habían apodado el “intelectual” por ser el único del trabajo que cargaba con un libro y porque en el turno nocturno prefiero beber café que cerveza o whisky en lata. Hasta ahí iba todo bien pero de un momento a otro el autobús comenzó a llenarse de más y más gente y al chofer se le ocurrió la muy linda idea de ir a toda velocidad.

El chofer del autobús representando a esa especie de energúmenos que sobrellevan su vida únicamente desde la tripa y no desde la razón, apretaba el acelerador y en las vueltas me sentía en una montaña rusa pero sin ningún tubo de qué agarrarse y sin ningún cinturón de seguridad.

Una señora le gritó que no llevaba burros para andar manejando así y el chofer, en su idioma entre español y energúmeno, es decir, energumeñol, dijo algo así como “pues cómprese un coche si no le gusta”.

Siempre me disgustó la gente cobarde y a mi alrededor sólo la señora valía la pena, los demás, entre hombres, otras mujeres y adolescentes, guardaban silencio pero se aferraban a lo que podían para no salir volando. Fue ahí cuando grité que por favor avanzara un poco más despacio porque, puntualicé, tenemos deseos de llegar vivos y el chofer desde el retrovisor me vio y dijo “pues si no te gusta, cabrón, puedes bajarte e irte a la chingadita”.

Fue entonces que me harté y abrí mi maleta, estuve tanteando mi uniforme de policía y saqué mi pistola y llegado a él le dije “a ver, cabrón, te dijimos que le bajaras a tu pinche suicidio colectivo y no quisiste, ahora vas a ver quién se va a la chingadita”.

Fue así que el chofer comenzó a llorar, estuvo pidiendo perdón, que no lo lastimara, que había tenido una mala mañana y yo sólo pude ver las estampitas y a la encueratriz en tanga mostrando menos que nada. La señora me dijo que no lo hiciera, que le perdonara la vida y la verdad es que mi arma ni estaba cargada. Entonces estrellé la cabeza del chofer en el poster de la encueratriz y le dije que a la próxima tenía que ser más amable con sus clientes, que si ellos dicen que le baje es que él le tiene que bajar a la velocidad y entonces se me ocurrió ser el Robin Hood del día y agarré las monedas que tenía el chofer y les devolví el costo del pasaje muy ordenadamente y amablemente a los pasajeros que agradecían y aplaudían mis servicios.

Después llegaron las patrullas para saber qué carajos estaba pasando y cuando me reconocieron hasta hicieron bromas sobre mí. “Ay  pinche intelectual, quien te viera” o “esos pinches libritos que lees sí funcionan” o el clásico “al intelectual ya se le quitó lo puto”.

El caso es que uno de mis compañeros le sorrajó un cachetadón al chofer “para que se le quite lo pendejo” y también le dijeron algo así como “tantas vidas en sus manos y usted jugándole al rápido y furioso… ¿qué pinche necesidad de matarse rápido?”.

Claro que le dieron un bajón de huevos, le quitaron hasta su licencia y otro compañero le ponchó la llanta nada más para que sintiera el rigor de la ley. Ese día me dieron mi patrulla y hasta me dieron un bono para comprarme un par de libros. Mi mujer está orgullosa de mí y mi hijo desde ese día al verme llegar me dice que soy su héroe y me presume con sus amiguitos de la primaria.

Cambio y fuera.

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