ONANIA XXI

Conocí a Marbella como había conocido a las demás. La encontré por internet y hablamos durante un mes. En su foto de perfil sólo podía verse su rostro delgado, ligeramente pegado a los huesos, sus ojos pequeños, sus labios un tanto hinchados, su cabello lacio, morena. Primero platicábamos escribiéndonos y luego decidimos usar la cámara y el micrófono. Al principio hablábamos de cualquier cosa, de nuestras profesiones, ella era abogada y yo le platicaba de mis horas en el periódico haciendo diseños para los anuncios de las empresas que participan económicamente en él.

Después hablamos de nuestros amoríos, de los romances, de los divorcios. A ella la había dejado a su marido porque no entendía la urgencia constante de tener sexo. Por mi parte a mí me había dejado mi ex mujer debido a mi poco interés en su cuerpo pero el gran interés en actrices de televisión. Se sintió mi ex mujer burlada cuando me encontró en el baño masturbándome mientras en el teléfono observaba a una chica haciendo ejercicio… Cosas que pasan en matrimonios como el mío.

Fue desde ahí que mi vida cambió drásticamente. Fue poco a poco que comencé en ello pero me di cuenta que mucha gente tenía la misma necesidad que yo. La primera vez fue de regreso a casa. El metro estaba como siempre atascado de gente y una señora se colocó delante de mi y podía sentir sus nalgas rozándome. Comencé a excitarme y probablemente ella también porque aun cuando había espacio para moverse, decidió quedarse en esa posición conmigo. Se movía a veces de lado a lado, a veces muy poco y sé que podía sentirme.

Ahí experimenté una de las mejores eyaculaciones que había tenido. Pude sentir mi pantalón pegado al de ella y sé que ella podía sentir mi humedad. Decidí bajarme una estación después de la de ella y cuando así fue, cuando salió, pude ver que en su pantalón se reflejaba mi humedad. Se fue sin voltear a verme y yo quería verle el rostro por si alguna vez volvía a encontrarla.

Cuando llegué al departamento busqué lo que muchos ya habían encontrado. En internet descubrí a un grupo de voyeuristas y de onanistas en exceso que se citaban  en ciertos lugares con la finalidad de vivir una especie de aventura sexual sin penetración, una aventura sexual a la vista de todos pero desapercibida. Una aventura sexual en la que sólo dos o algunos más se zambullen en ciertos lugares para contemplarse, para rozarse, para escurrirse al aire libre.

Contacté a Amanda que era una chica de veintitantos años, nos vimos en el metro a las tres de la tarde. La idea era sólo citarnos, identificarnos, subirnos al vagón lleno y explorar debajo del mundo nuestros deseos incontenidos. No era guapa pero en su rostro podían leerse cantidades impensables de perversiones. Subimos al vagón y sucedió lo mismo, se colocó frente de mí, de espaldas y comenzó a moverse como jamás se me ocurrió que alguien se movería debajo del mundo, en ese submundo.  Aguanté únicamente dos estaciones y eyaculé en mi pantalón y en el suyo. Sólo duré dos estaciones y cuando ella estaba por bajar me dio la bienvenida.

Desde ahí comencé a tener más contacto con mujeres que deseaban sentirme mientras iban de regreso a casa, mientras iban a encontrarse con sus maridos o parejas o iban con amigos o con su propia familia. Estuve así año y medio hasta que encontré a Marbella

La noche que le conté mis historias onanistas ella bebía vino frente a su pantalla. De un momento a otro me preguntó si quería ver sus senos y no dudé en ningún momento. Mientras ella los movía frente a la cámara y me preguntaba si quería tenerlos en mis manos o en mi cara, yo sólo podía masturbarme.  Eyaculé en la pantalla y la limpié con algunas servilletas. Ambos reímos y me preguntó si ya estaba listo para conocerla. Le dije que sí y me pidió que nos contactáramos en una semana porque iba a estar de viaje. Me sentí esa noche el hombre más dichoso del mundo.

Ya no pensaba en mi ex mujer ni en su absurdo pretexto de dejarme. Tampoco pensaba en mi empleo, en mi maestría sin concluir, en mis padres que se avergonzaban por mi divorcio ni en mis amigos que me recordaban constantemente los pormenores de mi masturbación exacerbada. Pensaba en Marbella y en las posibilidades de ese primer encuentro, en cómo iría vestida, en cómo se colocaría, en cómo se movería. Volví a ver esa noche las fotos que me envió desde la primera vez que hablamos. Las veía y volvía a tocarme. Imaginaba su rostro cerca del mío, su aroma, su aliento, su mirada. Dormí pensándola y extrañamente me sentí amado.

Durante toda aquella semana no dejaba de pensar en ella. La pensé deseándome. La imaginé deseándome mientras bebía café en la mañana. La imaginé deseándome mientras el mar la humedecía totalmente, mientras el mar le cubría el cuerpo y la llenaba de sal.

Mientras hacía un diseño para una empresa de galletas, Marbella me escribió citándome para ese día a las 7 de la noche. Me pidió expresamente que llevara una gabardina. Salí a las cinco del trabajo y compré la gabardina con la excitación desbordándome por todos lados. Estuve en el metro desde las seis conteniéndome. Me dolía el caminar y me senté en el suelo para aligerar el dolor. Veía a la gente pasar y me preguntaba cuántos padecíamos este tipo de deseo, esta forma de inundarnos en él y de satisfacerlo. Veía los rostros aletargados y solos disponiéndose a salir al mundo con la derrota en el gesto. No era esa mi vida, mi vida era otra.

Entonces la vi. Vestía una blusa de botones que prácticamente estaban por reventar debido al tamaño de los senos. Llevaba un pantalón de mezclilla ajustado a la cadera. Todo el mundo la observaba y yo dudé en saberme merecedor de aquél cuerpo que también me deseaba. Al observarme sonrió y mientras ella esperaba el vagón, yo, sentado, la contemplaba como si fuera una diosa de aquél mundo subterráneo, como la revelación menos pura, el caos de mi vida al que estaba dispuesto a hundirme.

Llegó el metro y subimos al andén y ella sólo me dijo levemente que no me desabrochara la gabardina. Se colocó frente de mí, le vi el rostro y podía sentir también el olor de sus senos que rozaban mi pecho. Entonces sentí su mano tocándome y con la otra se agarraba del tubo para no caerse. Sentí su mano desabrochar un solo botón, la sentí desabrochándome el pantalón y  sentí su mano subiendo y bajando una y otra vez diciéndome con el rostro y con el movimiento de la cabeza que aun no, que aun no terminara, que ella iba a decidir cuándo. Yo veía gran parte de sus senos, los sentía y su mano no dejaba de apretarme, de exprimirme poco a poco. Entonces me di cuenta que su cuerpo se movía sutilmente y pude ver que detrás de ella estaba un hombre rozándose con ella y veía que lo disfrutaba demasiado. Éramos un trío en pleno movimiento, pasando de estación en estación aprovechando lo complejo de la multitud atiborrada en un pequeño espacio, un trío en el submundo. Pude verla disfrutando lo que el otro le estaba otorgando y yo sentía el aroma de sus senos y el poder de su mano. Pasamos cinco estaciones y antes de llegar a la sexta me dijo que era hora. Suspiré y la miraba cediendo al deseo del otro. Así comencé a eyacular, en mi ropa y en su mano y ella no dejaba de apretarme. Al llegar a la sexta estación y con la multitud dispuesta en la puerta, ella se dio la vuelta, le pidió permiso al otro para salir y poco a poco la vimos perderse en aquella gran masa a la que nadie pertenece. El otro y yo nos quedamos viendo y él se limitó a decirme, con una enorme sonrisa, que la había manchado toda, que no había dejado nada seco. Me sentí sumamente húmedo y algunas partes de la gabardina estaban totalmente mojadas.

Llegué al departamento sintiéndome no sólo amado, sentí que había llegado a la gran respuesta de mi existencia y tenía nombre, por más absurdo que parezca. Recibí una hora después un mensaje suyo preguntándome si me había gustado y le dije que estaba deseoso de volverlo a hacer. Me preguntó si le había molestado la presencia del otro y le dije que no, que había sido un detonante más para sentir su deseo irrefrenable y ella me dijo que había sido la mejor eyaculación en sus manos. Le pregunté que si no tenía problema con la falta de coito y me dijo que eso lo soluciona a su propia manera, a su propia imaginación, a su propio ritmo. Quedamos en volver a vernos al día siguiente.

Durante un mes nos citamos cuatro veces a la semana haciendo el mismo juego. Cada fin de semana llevaba la gabardina a la tintorería y sentía que todo se estaba disponiendo a mi favor. En una ocasión vi a mi ex pareja a tres metros de mí y vi que ella observaba lo que Marbella y yo estábamos viviendo en el vagón. Tan fue así que esa noche me mandó un mensaje y me dijo que necesitaba ir a terapia, que lo había visto todo, que aquella mujer me estaba tirando al degenere total y que si quería, ella me podía acompañar con el psicólogo. Incluso me mandó la dirección de un grupo adictos al sexo y preferí hacer caso omiso y masturbarme con un par de fotos que Marbella me había enviado en ropa interior de color blanco.

Durante el segundo mes nos vimos dos veces por semana debido a sus viajes y a los horarios nuevos que mi jefe nos impuso. Teníamos que salir hora y media más tarde porque quería revisar cada diseño que se efectuaba para cada página del periódico, incluyendo lo terrible de los anuncios.

Sin embargo por internet durante esos dos meses hablamos casi todos los días, a veces no había necesidad de masturbarnos o desnudarnos frente a la cámara, sólo platicábamos de aquellos sueños que se fueron antes de nosotros, aquellos sueños que se derritieron tras reconocer la voracidad de nuestra sexualidad, sueños que cobraban vitalidad desde la intransigencia subterránea.

Viajaba mucho y comencé a sentirme celoso. ¿Con quién iba? ¿con quién o quiénes quedaba de verse en los hoteles? ¿por qué viajaba cada vez con mayor constancia?

La primera semana del tercer mes fue todo un caos. Nos peleamos por internet e incluso dejó de contestarme mensajes y llamadas. El sábado de esa semana me dijo que teníamos que hablar y me citó en un café en una de las zonas más prestigiosas y caras de la ciudad. La esperé afuera del café porque me daba vergüenza entrar solo y cuando la vi llegar sólo apuré en abrazarle y en pedirle una y otra vez que me perdonara.  Entramos aguantando la vista de personas que pensé que jamás vivían en esta ciudad. Parecían extranjeros, se conducían con cierta grosería hacia nosotros. A Marbella los hombres no dejaban de observarla y las mujeres no dejaban de mirarle hasta la tierra de los tacones. El mesero prefería tomar la orden desde el lado de Marbella para poder mirarle un tanto los senos aunque estos apenas se anunciaran afuera de la playera de tirantes. Pedí un capuchino y ella un frappé de galleta.

Me dijo que tenía derecho a saber el por qué viajaba cada vez con mayor constancia. Me platicó que hace unos seis meses había conocido a una pareja que tenía problemas de divorcio y que la eligieron para llevar a cabo el proceso de separación. Nunca existió en realidad ningún problema con ellos pero hubo una ocasión que le resultó extraña. Cuando Marbella llegó con su cliente para hacerle firmar el acuerdo, el tipo le ofreció empleo. La invitó a participar en una película pornográfica donde ella iba a ganar cerca de diez mil dólares por treinta minutos en cámara con un amigo suyo. Marbella le dijo que sí pero que no con el amigo, sino que con ambos y por cincuenta mil dólares en veinte minutos. El tipo sólo hizo un par de llamadas y a la semana siguiente ya estaban rodando lo que sería la primera película de Marbella. Con ese dinero pudo finiquitar su casa y ponerse un par de implantes monumentales.

Cuando le enviaron el link de la película que ya se encontraba en internet, Marbella lo reenvió a su ex esposo y éste le dijo que había sido la mejor decisión de su vida el separarse de ella. A los dos días, le llamó por teléfono y le dijo que no había parado en verla frente a la cámara con dos tipos y que quería recuperar su matrimonio. Le pidió acostarse con él y con su hermano y Marbella le dijo que sí, siempre y cuando le pagara por adelantado cincuenta mil dólares. Terminó en pleito hasta que él, con lágrimas, sólo pudo decirle lo mucho que lamentaba que la separación la haya orillado a la pornografía. A la semana, Marbella estaba firmando un contrato por un año con una de las grandes compañías pornográficas del mundo y durante dos meses probó posiciones, hombres y mujeres separados y mezclados. Le grabaron tres películas de media hora y sus ingresos aumentaron. Un mes antes de conocernos, quien fuera su representante, le pidió vivir un deseo sexual anhelante, le aconsejó ponerlo en práctica y si era posible, ensayar las escenas de ese deseo.

Comenzó a escribir la historia y luego se incorporó a aquél grupo de voyeuristas y onanistas en internet. Ahí entro yo y entra toda la historia.

El saberme algo parecido a una pareja de una actriz porno me levantó demasiado el ánimo. Me imaginaba el rostro de mis amigos, de mi familia, de mi ex pareja, de mi jefe al saber que yo, un simple diseñador de anuncios de periódico tenía un romance con una de las más buscadas estrellas porno amateur. Me dijo que su nombre artístico era Johanna Camargo e inmediatamente, en mi teléfono, puse en el buscador su nombre y me aparecieron los tres videos y sus fotografías en sesión o en sus actos sexuales.

En ese momento, de su bolso, sacó un cheque por veinte mil dólares y me dijo que lo guardara bien, que era un pago ya que, según ella, me había usado para fines económicos y sexuales y que yo merecía esa cantidad de dinero por contribuir a la escritura del guión y a la próxima filmación. También me entregó un boleto de avión redondo para ir a ver la grabación e incluso, me invitó a quedarme en su casa durante cuatro días.

Estuvimos en el café un par de horas más, el mesero nos tomó un par de fotografías que les hice llegar a todos mis conocidos junto con el link de la primer película de Johanna Camargo.

Después de aquél viaje, Johanna hizo lo posible para incluirme en la nómina de los diseñadores de aquella compañía porno. Después de algunas pruebas y trámites engorrosos, ya no hago anuncios publicitarios, ahora retoco fotografías de aquellas actrices deseables por medio mundo. Mi ex mujer sigue intentando recuperar el matrimonio que decidió quebrar al verme masturbándome y ahora veo hasta donde he llegado desde ese acto, desde ese ensayo del coito.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s