KARELIA

I

Cuando la vio supo inmediatamente que jamás estaría con ella. La vio mientras él fumaba afuera de su departamento y ella cerraba la puerta del complejo habitacional tomando a su hija de la mano. Después subió las escaleras y se saludaron apenas. Ella ingresó a su departamento, al de arriba, y él arrojó la colilla de cigarro al patio metiéndose rápidamente al departamento.

No dudó en masturbarse. La imaginó sentada en sus piernas, de espaldas. Imaginó besándole el cuello mientras sus manos iban acariciando las piernas refugiadas en el pantalón de mezclilla. Después, la suerte.

En su departamento, mientras miraba el techo y fumaba nuevamente, escuchó que ella caminaba. El techo se convertía en una especie de caja de sonidos de seducción. Nunca había imaginado que todos esos pasos que escuchaba desde hace un par de meses tenían ya, en ese momento, un ápice de deseo. Se deprimió al recordar que también había escuchado otros pasos y otras voces, la de la niña y la de un señor que por ese momento tenía un rostro difuminado. Con el cigarro en los labios se dirigió al refrigerador y sacó una cerveza para celebrar, aun cuando no había nada que celebrar, que la vida le había entregado a su mirada a aquella mujer de caderas anchas y piel de leche tibia.

Bebía mientras escuchaba new age. Esa noche, después de varias cervezas y cigarros, se durmió sintiendo en su rostro el liviano camino de las lágrimas.

II

Supo que se llamaba Karelia porque su marido, desde arriba, le gritó que olvidaba las llaves. Aquella vez él salió corriendo de su departamento al escuchar aquél nombre. Salió con un cigarro entre los labios para fingir alguna casualidad. Eran las nueve de la mañana y ese día él había decidido quedarse en el departamento y no ir a la universidad.

Karelia subía las escaleras y él comenzó a escuchar los pasos prolongados por los tacones. Aquellos pasos se acercaban a él y había sólo un pensamiento: mirarla a los ojos y detenerse en ellos.

Al llegar a él la miró brevemente para saludarla y ella le sonrió mostrándole lo blando de sus labios. Ella subió y tomó las llaves y volvió a descender recomendándole que dejara de fumar, le dijo que a veces solía verlo desde su ventana fumando en la azotehuela y que no era lindo para un chico de su edad. Ella le dio la mano y le dijo que era Karelia y que si se le ofrecía algo podía acudir con ella o con su marido. Él sólo le dijo que se llamaba Julián, que muchas gracias.

III

No recuerda bien cómo sucedió pero comenzó a tener relaciones dispares con mujeres de la universidad. Solía tener esas pequeñas reuniones donde el ron barato y la mariguana consagraban comuniones poco hostiles. El sexo comenzó a ser más frecuente en su vida, también algunos juegos, también las culpas. Y sin embargo siempre terminaba viendo hacia el techo y también hacia la ventana que apenas divisaba desde su cuarto y perseguía, con sus oídos, los pequeños sonidos que producían los pies de ella. Creía escuchar la respiración de Karelia y cuando eso sucedía, se masturbaba o volvía a tener sexo con la chica que dormía con él en ese momento. Una noche creyó que le hablaba porque escuchó, entre los rumores del sueño, su nombre. Al despertar vio hacia la ventana del departamento de Karelia y descubrió una luz tenue y una ligera sombra que anduvo unos cinco pasos mostrando, lo que a él le parecieron, los senos firmes y atenuados. Después no hubo más luz y cerró los ojos. Al otro día, viendo hacia el techo, se preguntó si aquello había sido verdad y decidió pensar que no porque le era más fácil convivir con la idea de la imposibilidad de su suerte.

IV

Una noche, después de la universidad, llegó con el abatimiento de cualquier estudiante y al entrar al complejo habitacional, Karelia fumaba en una pequeña jardinerita junto a la puerta principal. Se saludaron y ella prefirió acercarse más, saludarlo de beso en la mejilla. Sintió él los labios color salmón que tanto había imaginado e incluso pudo sentir el olor tibio de su saliva; comenzó a excitarse y prefirió sentarse a su lado para fumar un cigarro. Platicaron sobre los planes de él a futuro y sobre los planes familiares de ella. Karelia trabajaba como gerente en una fábrica de alimentos enlatados y le contó los altibajos del matrimonio, lo que uno vive al tener hijos, de la vida en un pequeño departamento que sostiene una pequeña seguridad, los sueños anteriores y los que se abandonan, los que se abandonaron.

Julián la escuchaba a lo lejos ya que sólo veía aquellos labios color salmón y a veces suspiraba reteniendo el hálito de humo y de sal que salía de la boca de ella. A veces miraba hacia sus piernas, hacia sus caderas y también hacia aquellos senos que creyó ver antes refugiados en la sombra. Compartieron así tres cigarros y después ambos subieron, cada quien, a su departamento. Se masturbó aquella noche tres veces recordando aquel aliento salino y la profusión de aquellos senos que se insinuaban firmes y desesperados. Escuchaba aquellos pasos en el techo y escuchó también lo que podía ser la caída de su ropa y el advenimiento de su desnudez etérea.

V

Una noche en particular no va a olvidar nunca Julián. Él ensayaba algunos acordes en la guitarra cuando escuchó el descenso de aquellos pasos y el detenerse en la puerta de su departamento. Se dijo que no podía ser posible hasta que escuchó el timbre. Hizo la guitarra a un lado y al abrir la puerta, Karelia le preguntó si era posible estar ahí hasta que llegara su marido porque había olvidado las llaves del departamento, como solía sucederle. Se culpó llamándose perezosa porque no había juntado la llave de la puerta principal con las del departamento. Que la principal le importaba poco perderla pero que por eso las del departamento las tenía separadas, por seguridad. Julián repasó todos los escenarios posibles en un segundo. Le ofreció una cerveza y ella aceptó. Después compartieron el último cigarro que tenía Julián. Después las risas, después la despedida. Karelia escuchó los pasos de su esposo y el rechinido de la puerta de su departamento. Dijo que era ya momento de irse y que la había pasado bastante bien. Después se abrazaron y sintieron todo lo inevitable en y entre sus cuerpos. Sólo un beso claro y sereno, sólo un beso conteniendo todo el sexo. Sólo un beso que hizo que ambos se saludaran siempre con la mirada y nunca más con palabras. Con todo el deseo contenido, con la gravedad de decirse adiós y perderse. Los pasos ahora sonaban distintos, con inquietud, con imposibilidad.

VI

Después de tres años Julián hizo sus maletas y decidió no despedirse de ella y aun así nunca dejó de mirar hacia la ventana, hacia la puerta principal para ver si el destino les regalaba el verse por última vez. No ocurrió nada, llegó el taxi y después llegaron los sonidos de la terminal de autobuses. Iba a otra ciudad a probar suerte laboral y a abandonar aquellas ilusiones de estudiante incluyendo a Karelia. Se fue sin despedir porque las despedidas agravan los deseos.  Mientras iba en el autobús recordó el rostro de aquella mujer de cuarenta y cinco años. Recordó su piel de leche. Recordó las caderas y los senos abultados y circulares. Recordó los labios salmón y lo tibio de su saliva. Recordó la mirada de madurez exacerbada y el deseo entregado. Recordó el beso que les donó toda la distancia.

VII

Y afuera: la carretera, la humedad, la neblina y su rostro en el reflejo de la ventana pensando en ella, en ese momento, cuarenta y cinco años después.

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