Pasos de espuma

No dejaba de pensar en ella, en Cristina. Apenas había terminado la primaria y en secundaria, por órdenes de mi padre, me inscribieron a la escuela de música. Fue ahí donde la conocí. Ella frente al pizarrón y yo observando su cuerpo, su cuerpo y mis nuevos despertares.

No recuerdo haber tenido aquellos impulsos antes. Sólo sé que a partir de ella me condené totalmente. Surgió un deseo que nunca había experimentado y por las mañanas despertaba con la eyaculación seca, con el cansancio matutino y lo ligeramente absorto. Todo ello tenía una imagen y era Cristina frente al pizarrón.

Antes de ella me dedicaba a jugar futbol, a correr con mis amigos y deseaba, de vez en cuando, ser corredor de la fórmula uno. Veía con mi hermano las carreras de Mika Häkkinen y de Michael Schumacher, a veces las grabábamos en la casetera para discutirlas durante un par de semanas. Yo soñaba con ser corredor de fórmula uno hasta que Cristina se incorporó de la silla y ligeramente se volteó hacia el pizarrón para escribir su nombre.

Aquella vez ella vestía una blusa negra transparente. Podía verse su brasier sosteniendo lo que fingía que yo no veía. Vestía también un pantalón de mezclilla gris que acentuaba lo infinito de sus caderas y lo ancho de sus piernas. Y puso su nombre para que no lo olvidara. Lo puso con gis y de un momento a otro olvidaba toda mi niñez y mis mecanismos de juego.

Tuve una erección sórdida, pensaba en el mensaje de todos los domingos en misa y no podía detener, por ningún motivo, el deseo que se consolidaba en lo que me pareció, en ese momento, todo mi centro. Cuando comenzó a caminar y a mostrarse frente a su nombre también olvidaba el mío ¿quién era yo en ese momento observando aquél infinito incontenible?.

Una noche, viendo un concierto de U2 por la televisión, comencé a pensar en ella. La pensaba sentada y yo con la cabeza en sus piernas. En mi ilusión percibía el olor tibio y salino. Sentía el olor de sus caderas y de lo que implicaba estar cerca también de lo que yo creía era todo su centro. Pensaba que le acariciaba también las piernas y que levemente subía mi mano. Pensaba que su olor tibio me envolvía totalmente y me hacía sudar su deseo y el mío. Fue en ese momento donde después no pensé más. Donde todo se hizo blanco y padecí una ceguera momentánea mientras todo mi cuerpo eclipsaba. Mi centro eclipsaba. Noté que estaba húmedo, que había manchado mi ropa y que me era imposible levantarme. Desde ese momento no dejé de soñarla y mis despertares ya no tenían que ver con la fórmula uno. Mis despertares eran culminación y principio de mi deseo voraz de tenerla y apropiarme de su olor y de su nombre.

Pasé así cinco meses, acercándome a ella únicamente para verla firmar mi cuaderno pautado y colocar una calificación que no medía el deseo que me envolvía el tenerla cerca.

Los últimos días fueron para mí como mis despertares: la culminación de un deseo principiando otro. Cuando me calificaba ya no únicamente colocaba su firma, decía mi nombre con su voz semi grave y sonreía. Soñaba con su voz recalcando mi nombre y su aliento, como su olor, era tibio y pensaba en mi deseo que también lo sentía salino.

Terminó el semestre y después no la volví a ver. Me legó una condena de deseo que ha sido difícil de evitar. No sólo se llevó mi nombre con su voz, también mi inocencia y mi niñez que culminó con aquellos senderos de estero cuando volteó hacia el pizarrón, escribió su nombre y todo se llenó de espuma.

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