LAS VOCES ENTRE LAS NUBES

 

I

Creo que fue en el libro “La cabeza en las nubes” donde la autora dijo que había en el cielo un lugar donde sonaban todas las voces que dejamos en la tierra. Creo que fue en el libro de Susanna Tamaro porque es la primera imagen que tengo de Mariel. Mariel leía a Susanna Tamaro en el metro. íbamos en el mismo vagón, debajo de la tierra, donde es impensable un cielo. Ahí estaba ella, leyendo aquél libro y yo no le quitaba la vista de encima.

Pasó el tiempo y no la volví a ver hasta que una de mis peores experiencias de vida contrastaba con la mejor experiencia que deviene del encuentro, de la casualidad. En el bar de Joel veíamos cómo el equipo local descendía por una goliza de 4-0. Éramos la burla nacional en la jerga del balompié, se habían fallado dos penales y no conformes, el equipo contrario jugaba con diez hombres mientras el nuestro con once. Una desgracia, una pena que resumía en 90 minutos la historia de un equipo que jamás levantó una copa en primera división desde su fundación y por supuesto, ascenso. Era el equipo más mediocre de la liga pero solía mantenerse en media tabla hasta hace un par de años donde la suerte nos tocaba el hombro y después nos abandonó porque es impensable jugarle así a la suerte. Fue entonces, al final de la transmisión y con la frustración en la garganta cuando vi que afuera del bar, Mariel fumaba apoyada en la pared. Tanta ceguera me provocaba el partido que fui incapaz de advertir que ella había estado en el bar quién sabe cuánto tiempo. Fui hacia ella porque con cuarenta años encima uno pierde la pena y la vergüenza. Fui hacia ella porque en realidad el descenso del equipo local me hacía ver que alguien tenía que ser valiente aquella tarde. Fui hacia ella con unos tres litros de cerveza encima. Fui hacia ella…

  • Hace  tiempo te vi en el metro, leías un libro, algo sobre unas nubes.
  • Llevo tiempo siguiéndote y este cigarro era la última señal. Me dije que si terminaba este cigarro y tú no te acercabas iba a dejar de seguirte, de buscarte, de acercarme.

II

Uno cree en la literatura porque supone que las fracturas internas pueden resolverse entre líneas. Pero se revuelven.

III

Fuimos a su departamento aquella vez. En el camino me platicó que llevaba bastante tiempo encontrándose conmigo en el metro pero que yo no me fijé en ella hasta esa tarde en la que sintió mi mirada. Mientras yo iba al trabajo era observado por una estudiante de literatura que se llamaba Mariel y que leía a Susanna Tamaro. Mientras en mis audífonos sonaba el resumen deportivo de la semana y en mi mente repetía los incontables pendientes laborales, ella apartaba la vista del libro y se posaba en mi persona imaginando todo y nada. Me preguntó si yo creía que en el cielo existía un lugar donde se escuchaban las voces de la tierra. En realidad no entendí lo que preguntaba y me explicó que en el libro (sólo dijo eso, en el libro, por eso no sé si lo decía Susanna Tamaro) la autora hace alusión a ese sitio tan alto y tan alejado donde se escucha todo lo que se dijo y guarda lo que está por decirse.

  • ¿Qué sonido te impresionaría escuchar desde allá arriba? ¿Qué sonido crees que siga ahí? ¿Qué sonido crees que siga guardando entre las nubes la unicidad del momento?
  • Me gustaría escuchar las voces de mis padres siendo niños. Me gustaría escuchar mi primera palabra. También me gustaría escuchar el primer gol.

Aquella noche despojamos de nuestros cuerpos todo deseo y todo silencio. Sucedía nuestra respiración. Sucedió que probablemente en el cielo se guardaba esa noche.

IV

Al cerrar el libro uno calla aquellas voces que durante las páginas dijeron todo lo suficiente. Al cerrar el libro uno se queda con esas voces, quizá hasta que uno muere pero esas voces no vuelven a sonar hasta que se les recuerde, se les relea. Son voces que suenan cuando la memoria nos asalta. Son voces que se mantienen en ciertos rincones. Como en el cielo. Como en las nubes.

V

Para la suerte de Mariel, su abuelo tenía una avioneta. La primera vez no conseguimos nada porque hicimos un pésimo cálculo de dónde podía estar ese sitio en el cielo. La segunda vez pudimos tener un registro en la grabadora que llevábamos amarrada al ala izquierda de la avioneta. La grabación la pasamos a la computadora portátil de Mariel y en un programa pudimos descodificar (si esta es la palabra correcta) lo que grabamos. El sonido era inteligible porque jamás lo habíamos escuchado. Eran ruidos entremezclados. Por la velocidad de la avioneta recogimos varios. Pudimos separarlos en bloques. El primero parecía una explosión. El segundo era una especie de ruidos al que le pusimos el ruido de los dinosaurios. El tercero recogía llantos. El cuarto era parecido a un conjunto de rezos. El quinto fue el más claro: elefantes y hombres, gritos y risas. El quinto eran gritos de asombro y de dolor. Después no hubo más. Corregimos la ruta. Teníamos que desviarnos un poco para continuar con la recepción del todo. Teníamos en el cielo una línea de tiempo sonora de principio a fin, desde el todo hasta la nada, hasta hoy.

VI

Encontramos lo que queríamos. Él pudo escuchar el primer gol de la historia. Él pudo escuchar las risas de sus padres siendo niños. Su primera palabra fue incomprensible pero algo decía, quizá comida, quizá lluvia. Yo también encontré las risas de mis padres. El abuelo se emocionó al escucharlos en la computadora, el abuelo que es mi único familiar vivo. También encontré discusiones de autores, escuché la voz de Cortázar hablándole a un gato y también escuché a Kurt Cobain hablando solo. La literatura está en el cielo.

VII

Estuvimos haciendo estos viajes durante diez años hasta que la avioneta ya no dio para más. En ese lapso también enterramos al abuelo de Mariel pero ella prefirió grabarle su voz porque sabía que pronto, muy pronto, iba a ser imposible regresar a aquél lugar que se sostiene entre las nubes. Recogimos sonidos de todas las épocas pero era imposible obtener toda la historia de este planeta. Necesitábamos un mundo de equipo para hacer eso posible y al ver que nuestra tarea se había estancado decidimos guardarlo todo en una cantidad inimaginable de discos y guardarlos en la bodega de la casa del abuelo de Mariel.

  • Tenemos los secretos del mundo en la casa de mi abuelo. Tenemos la verdad y también tenemos nada.

VIII

  • ¿Por qué me seguiste tanto tiempo?
  • Al principio pensé que era cualquier cosa pero los encuentros se volvieron muy comunes. La casualidad tocaba las puertas de mi rutina. Quise ver qué hacías. Quise saber de ti sin tu consentimiento. Una noche te vi llorar en el estadio, yo también estaba ahí, observándote. Te vi llorar, te vi humano. Estabas quedándote solo en medio de un inmueble que estaba a punto de vaciarse. Eras tú observando el “hubiera” con tanto deseo. Eras tú llorando y yo sabía tu nombre. Eras todo lo que necesitaba de principio a fin, como la historia que guardamos, como la verdad que guardamos. La verdad que todos desean pero que todos temen.

IX

Toda la historia revuelta en el cielo. La literatura nos acerca a ese cielo, a ese espacio donde todo se sostiene. Los poetas siempre tienen la razón, hay que aspirar a la ascensión aunque este mundo sea tan mortal, tan perecedero.

X

Estuvimos juntos demasiados años viviendo en la casa del abuelo. Todos los días escuchamos un disco con la memoria histórica de este mundo que habitamos y aun así quedaron demasiados, demasiados discos sin escuchar. Nunca volvimos al cielo juntos. Mariel murió transcribiendo su disco preferido, el disco que contiene nuestro encuentro y  la tristeza de nuestra ciudad tras el hundimiento del equipo local. El disco que contiene la frase con la que me acerqué a ella. El disco que contiene toda esa noche, ese camino a su departamento, ese camino que se convirtió en nuestros cuerpos. Y sin embargo también dejó escrito que tras su muerte quemara todo, que la humanidad no estaba preparada para saber lo que nosotros sabíamos, que la humanidad iba a generar un tráfico intenso en el cielo con la finalidad de grabar algo, que la humanidad iba a dejar de recordar porque sabía que en el cielo se encontraba toda la memoria. Quemé todo porque ese fue el único pedazo de cielo que pudimos habitar juntos. Quemé todo sabiendo que ahí nunca estuvo su última palabra. Me despojé de la memoria del tiempo. Esa noche no sonó su voz. Esa noche le devolví al cielo toda la literatura, toda la tierra.

XI

Devuélvele al cielo todas las historias que se contaron y que están por contarse. Devuélvele al tiempo las voces que conviven entre nubes, entre vientos. Devuélvele al mundo la verdad desde el fuego y quédate con el encanto de nuestra historia, de nuestros ayeres, de aquello que nosotros jamás podremos olvidar, aquello que ni el cielo puede callar.

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