Pasa que el pasado quemaba todo lo que era mi memoria…

Pasa que el pasado quemaba todo lo que era mi memoria. Era demasiado, demasiado. Lastimaba hasta detenerme. De un momento a otro todo se volvió incierto pero las verdades eran las heridas que eran distancias, olvidos, adioses inconclusos. En momentos así uno suele aferrarse a la desdicha porque pareciera que es todo lo que queda después de que a uno le queman la vida con palabras, con actos donde nada importa.

Pasa que siempre había tenido esa ansiedad por desaparecer totalmente, de dejarme morir, de quebrarme ante las fugas que atañen a los silencios. Me volví torpe, solía golpearme las piernas con los muebles, dejé de admirar los detalles y quise vivir anestesiado. Reflexionaba de más y dormía menos. Cada vez menos. Y entonces el alcohol y el tabaco… Y entonces esas ganas imparables de estrellarme ante la nada y volver al polvo.

Pasa que le di demasiada importancia al dolor y me resultó en una serie de manías y tics incontrolables. Ahora me tiembla la mano izquierda hasta que soy consciente de que tiembla y entonces se frena. Así de simple. Caminaba largos trayectos y casi siempre volvía a casa con golpes en las piernas por caídas o con lágrimas por las recaídas que nos juega la memoria. El puto pasado al que uno le consagra ídolos mágicos que en realidad son demonios fatuos pero devoradores de nuestros movimientos, de nuestro presente inconsciente.

Pasa que uno se resquebraja tanto, se fractura voluntariamente tanto la memoria como el alma y llega un momento en el que uno deja de vivir, ahí sucede la anestesia y el pasar de los años es intrascendente. Nada sucede porque deseamos que nada suceda. Adoptamos el miedo y el miedo nos aniquila entregándonos al insomnio o a las ganas de pudrirse pronto.

Y pasa que uno no se da cuenta cuando todo se transforma. Pasa que con una mirada es suficiente. Pasa que las ganas de irse siempre se convierten en ganas de permanecer siempre. Pasa que es con una mirada, con un llorar inagotable en los brazos que soportan el pasado hiriente que uno carga. Pasa que con un beso uno se entrega a la vida. Pasa que ambos recogen los pedazos que alguien olvidó o que alguien decidió mandar a la mierda para que ambos se recompongan tornándose íntimos, infinitos.

Pasa que cuando alguien cree en ti la vida ya no es una suerte, la vida es una eternidad irrefrenable. Pasa que cuando dejamos de darle importancia a los demonios, estos se vuelven vulnerables, vacíos, listos para entregarse a la desolación, a la nada. Pasa que cuando encuentras a alguien capaz de ayudarte con la carga todo se aligera hasta que llega el momento en que ambos se permiten soltar porque son en ese momento todo aquello que realmente vale la pena.

Pasa que uno vive amando hasta tocar la eternidad y hasta reventarse en este paso en el mundo que es sólo un instante, todo un instante. Ahí sucede el cambio. Ahí el pasado cede.

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