Las otras flores

Juan Vitela no sabía exactamente cómo había sucedido pero de algo sí estaba seguro, estaba totalmente enamorado de Lucinda quien antes se llamaba Luis Peniche y que tras años de prohibición individual había decidido ir con el doctor Vitela a hacerse una vaginoplastia por inversión peneana y también para aumentarse considerablemente el busto. Después acudió con un amigo de Vitela, el doctor Gracias, para transformarse el rostro.

Al cabo de un año, Luis Peniche se había también cambiado de nombre y se convirtió en objeto de deseo de todos aquellos que la veían.

El doctor Vitela era reconocido ampliamente por especializarse en el cambio de género pero nunca le había sucedido lo que aconteció con Luis que era un enamoramiento intempestivo por lo que él llamaba “su obra de arte”.  Se sentía un doctor Frankenstein moderno, ridículamente romántico y en ese momento, mientras veía su reflejo en la pantalla apagada, la ansiedad le carcomía todo su interior al saber que Lucinda, esa noche, se estaba casando con un hombre de negocios.

Luis Peniche llegó un martes al consultorio. Llegó con todos los ademanes que Vitela conocía y tras una serie de cuestionamientos, de estudios y de pagos desaforados, programaron la operación tan pronto como Luis deseaba. Vitela le mostró los moldes, le mostró imágenes de la transformación total de su cuerpo, le mostró la reconstrucción y la nueva identidad física que se avecinaba en aquél hombre que relataba que siempre había deseado ser mujer, que relataba que de niño se ponía los tacones de su madre, que le robaba las pantaletas a su hermana mayor y que las usaba en el colegio, que de adolescente hacía incontables felaciones a sus compañeros definidos e indefinidos, que le disgustaba tener pene porque sólo le servía para orinar, que usaba corpiños pero que no dejaba de sentirse avergonzado por no tener senos, que sus padres lo corrieron de su hogar cuando lo encontraron siendo penetrado por Ricardo, que se fue a vivir con su hermana y que ella le aconsejó hacerse mujer, que se aceptara como tal, que el mundo era demasiado difícil como para vivir también engañándose a sí mismo o a sí misma, en este caso. Se hicieron todos los procedimientos y las operaciones fueron todo un éxito. Después a Luis no le gustó mucho su rostro y acudió con el amigo de Vitela y tiempo después regresó al consultorio para evaluar el progreso de todas las operaciones y fue ahí cuando Juan Vitela sintió que algo no estaba del todo bien en su interior.

Yendo hacia su casa se recriminó por tener aquellos pensamientos absurdos. Él estaba casado, tenía un hijo en camino y pertenecía a una de las grandes familias acomodadas de la ciudad. No era lo suficientemente religioso pero la moral que le incrustaron sus padres desde niño no le podía permitir actuar de la manera en que sus pensamientos dictaminaban. Era sólo deseo, se repetía constantemente, y aun con ese pensamiento no dejó de imaginar a Lucinda apoyada en la pared mientras él la penetraba golpeándole las nalgas. No dejó de imaginarla en el sexo oral, no dejó de pensar en verter sus labios en los labios que él había construido. Pensaba en cómo besaría su obra de arte y lo mejor de todo es que podía tener un placer descomunal, un orgasmo violento.

Se tranquilizó y después de unos minutos entró a su hogar y sin pedir permiso alguno tomó a su mujer de las caderas y en la cocina tuvo el arrebato sexual que había deseado con Lucinda. Después el silencio y el sentir que no había perdido su hombría. Creía, mientras tomaba un vaso de cerveza y veía a su mujer, que lo de Lucinda sólo era una trastada tras los meses en los que le era imposible tocar a su esposa por el embarazo. Nada de qué preocuparse.

Pasaron dos años sin Lucinda y Vitela ya tenía un hijo y un matrimonio similar al de todos: un matrimonio obligado a resguardar la seguridad del pequeño que deseaba conocer el mundo sin ni siquiera comprenderlo.

Fue en una noche cuando recibió una llamada y se sorprendió al escuchar la voz semi ronca que creía haber olvidado. Era ella llorando, raspando las palabras porque decía haber bebido mucho, le habló de la ruptura con Esteban, que deseaba platicar con alguien pero que no tenía a nadie. Que su hermana se había ido a Italia y que ella estaba totalmente sola, dispuesta a matarse. Sin pensarlo le tomó la dirección de su casa.  No era tan tarde, pensó Vitela, y se puso el uniforme de doctor, le dijo a su mujer que iba al hospital a atender una urgencia, le dijo que no tardaría.

Al llegar al departamento y tras tocar el timbre un par de veces, Lucinda le abrió la puerta y se echó en sus brazos y sintió aquellos senos que él había creado y que hace tiempo había deseado. Reprimió sus pensamientos porque se dijo mil y un veces en un segundo que no era ético, que eso no podía suceder. Platicaron de lo inevitable, de su relación familiar, del viaje de su hermana, de la ruptura de Esteban quien le preguntó si no le escondía algo porque un amigo suyo le había contado algo monstruoso, que Lucinda le contó que antes era Luis y Esteban la golpeó en la quijada, la ofendió hasta desgastarse y después le dio una patada en el estómago que la dejó tendida en el suelo, que sus últimas palabras fueron que si se paraba le iba a explotar los senos con los dientes y que nadie le iba a quitar las ganas de matarla. Sintió terror y en el suelo vio los pasos alejarse, sintió la condena aplastante de un pasado que ella no había escogido. Fue cuando Vitela la apoyó en su hombro y sin saber cómo comenzó a besarle la cabeza, sintió el cabello liso y también las lágrimas caídas en su brazo. Después ella volteó a verlo y comenzaron a besarse, comenzaron a desnudarse, comenzaron a atraparse. Vitela poseía aquella obra de arte que él hace tiempo había esculpido, tallado en una sala de operaciones y al penetrarla sintió la explosión que se derramaba en las piernas de ambos. Después fumaron ambos en el tapete de la sala y ella le dijo que no era lo correcto, que detestaba el engaño, que no quería fracturar a su familia, que no quería terminar con su carrera pero Vitela no la escuchaba, Vitela sólo pensaba en la obra que poseyó hasta la eyaculación irresistible y que se sentía como hace treinta años en su juventud cuando tuvo su primera relación sexual.

No hubo silencios los días posteriores. El doctor la visitaba un par de veces a la semana demostrándole la juventud viril recuperada pero Lucinda no estaba del todo de acuerdo porque no quería ser una rompe hogares, una rompe carreras, como ella decía. En una ocasión se encontraron en el centro comercial. Él iba con su familia actuando como los principios morales acordaban pero estos se desvanecieron cuando en la tienda de ropa, especialmente en la sección de ropa interior, vio a Lucinda eligiendo brasieres. Mientras su mujer elegía prendas, él veía las que elegía Lucinda imaginándosela mostrándoselas, repasándoselas en el rostro, en la boca. Lucinda lo vio y quiso saludarlo pero él con el movimiento de cabeza se lo negó pero le dio una sonrisa que lo hacía sentir ridículamente enamorado. Fue entonces cuando su pequeño comenzó a llorar y a moverse en la carriola y sintió el golpe de realidad. La realidad sin Lucinda.

Después de esa vez ocurrieron los silencios y también las negaciones. Cuando él le llamaba por teléfono ella le colgaba siempre y en las visitas nadie le abría la puerta. Comenzó a sentirse ansioso y se preguntaba si algo malo le había pasado. Preguntó con los vecinos y le dijeron que todo estaba bien, que la señora se iba muy temprano a trabajar, que la veían feliz, que incluso casi todos los días venía de la mano de un hombre que parecía estar muy enamorado de ella.

Vitela salió del edificio temblando y lanzando ofensivas. Se metió al auto y decidió esperar hasta verla. Fumó incansablemente y no contestó ni una sola llamada telefónica. En la noche, a las once, vio que Lucinda caminaba del brazo de un hombre un tanto más joven que él. Bajó sin pensarlo y comenzó a reclamarle, a injuriarla y gritó que en realidad Lucinda era hombre, que él le había cambiado el sexo y después sólo sintió un golpe en la garganta que lo dejo tirado. Después un par de patadas en las costillas, después la imposibilidad de respirar, después los gritos, después las sirenas, después el hospital.

En un lapso de un mes su vida se redujo a un derrumbamiento de sus construcciones. Su matrimonio incontenible se fracturó totalmente hasta el divorcio, del hospital lo echaron con multas, lo despojaron de su licencia como médico y de Lucinda supo poco por internet. Terminó viviendo en el departamento que le heredaron sus padres y lo único que hacía era estar postrado frente a la computadora para ver por horas pornografía, investigaba sobre Lucinda, recurría a grupos internautas de salvación espiritual y escribía sendas cartas de suicidio. El doctor Gracias, en un correo, lo invitó a trabajar con él como secretario y le dijo que olvidara el asunto de Lucinda, que estaba por casarse con su verdugo, que intentara recuperar el pasado que había desmantelado. Dijo que sí pero hasta que Lucinda se casara.

Juan Vitela no sabía exactamente cómo había sucedido pero de algo sí estaba seguro, estaba totalmente enamorado de Lucinda quien antes se llamaba Luis Peniche y que esa noche estaba por casarse. Se metió a bañar y al poco rato ya estaba manejando hacia el salón donde se iba a celebrar el matrimonio. Fingió ser el jardinero ante la falta de invitación. Dijo que había olvidado su herramienta y que no iba a tardar nada, que sólo eran sus tijeras y que no podía pasar mañana por ellas porque tenía que ir muy lejos a arreglar un jardín. Y entró a la celebración convirtiéndose en un invisible por su aspecto andrajoso. Paseaba por las afueras del jardín y de un momento a otro vio que Lucinda se desprendía de su esposo y se dirigía al baño. La siguió. La siguió creyéndose invisible y al abrir la puerta él la empujó con una fuerza desmedida. Cerró la puerta. La música era tan alta que no podían escucharse los gritos. Los golpes se repetían, las mordidas sacudían el cuerpo que se revolvía en todos los dolores. En un minuto, Vitela tenía en sus manos a Lucinda destrozada. Eres mi obra, decía a quien no le escuchaba. Eres mi obra y yo sé qué hago con ella, decía. Recordó a sus pacientes artistas que le decían lo terrible que era vivir produciendo una obra que al final terminaba en llamas, en la basura o en un rincón del olvido. Por eso decía que él decidía qué hacer con su obra, no todo lo contrario. La obra no iba a decidir por encima de él. Se lavó un poco los rastros de sangre y dejó al lado del cuerpo la sudadera manchada de sangre. Salió caminando, escuchando la música y viendo los rostros felices que en un tiempo se convertirían en rostros trágicos, horrorizados, incrédulos. Pero él no iba estar ahí para verlos.

Salió tan fácil como entró pero sin tijeras. Dijo que no las encontraba y que ya no importaba tanto. Tomó su automóvil y perdió toda la consciencia hasta muchos años después, cuando su hijo lo visitó en el manicomio para decirle que su madre había muerto. Su hijo era otro, era un ser que vestía traje y le parecía realmente hermoso. Vitela comenzó a llorar porque pudo recordar aquello que de un momento a otro la furia le había hecho olvidar. Para mí ya soy huérfano, le dijo su hijo sin siquiera mostrar un poco de emoción. Y sus últimas palabras fueron que le daba vergüenza tener como padre a un caníbal de mierda.

Vitela murió a los noventa y cinco años sin haber enterrado a Lucinda, ni a su ex esposa, ni a su hijo. Murió cuando el corazón dejó de latirle, cuando vio que una mantis se comía a su pareja. Murió apenas consciente y las enfermeras decían que por fin había muerto el escultor caníbal y se hicieron todos los preparativos para tirarlo a una fosa común.

Ese día la gente celebró con fuegos artificiales sintiéndose aliviados, sintiendo que por fin se había hecho justicia, que por fin podrían germinar, libres, las otras flores.

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