FONSECA

Fonseca De Souza se acomoda la corbata después de hacerse el nudo Windsor. Ve a Edith por el espejo. Ella lo mira con el desierto en los ojos. Fonseca sólo se limita a recitarle los mismos versos de siempre, los mismos versos que le ha recitado desde hace quince años todas las mañanas para terminar con la frase “que la muerte no me aleje jamás de ti”. Edith siempre pensó que esa frase era una tontería porque tarde o temprano la muerte haría lo suyo. Después el beso y después Fonseca sale del departamento, sale con el cigarro en la boca y camina unas cuantas cuadras para tomar el colectivo de siempre con la ruta de siempre hacia el trabajo.

Llega a la universidad indistinto, no saluda a nadie aunque le sea forzoso pasar por la sala de maestros. Escucha las pláticas alejadas sobre política, escucha las pláticas un poco más cercanas sobre los desamores de unos cuantos colegas. Odia y detesta a los maestros jóvenes, detesta sus pláticas sobre videojuegos, sobre pornografía, sobre mil y un maneras de hacer una huelga que resuelva sus conflictos de pereza. Cruza el pasillo y lo saludan los alumnos con la calidez inmutable. Le llaman doctor por el honoris causa entregado el año anterior. Después de treinta y cinco años sigue deseando, cada mañana, dar ese siguiente paso, quizás hacia la muerte o quizás hacia la verdad. Pero está indeciso, sigue indeciso. Pero hace quince años…

Fonseca da su clase sobre literatura latinoamericana del siglo XIX, la misma que ha dado desde hace treinta y cinco años. Ya no se apasiona, se abruma demasiado y los alumnos no hacen más que ver sus celulares, los teléfonos suenan y dan ganas infinitas de reventarlos a golpes o tirarlos a todos desde la ventana, pero no, Fonseca prefiere contener la lava que se le sube hasta la garganta y que a veces pasa por su lengua. Prefiere la lava porque lo mantiene un tanto más alerta. Y fuma, fuma adentro del salón a pesar de que se lo han prohibido pero él hace caso omiso.

Sale del salón con los pasos cansados, le cansa estar parado alrededor de tres horas hablando solo y camina un tanto chueco, camina por el mismo pasillo, por la misma sala de maestros y sale de la universidad para tomar el colectivo y devolverse a su hogar.

En el trayecto al departamento piensa en el suceso de hace quince años y sabe que desde hace quince años a esa hora debe pensar en el suceso, en el suceso que se llama Edith. Hace quince años la conoció en el aula, ella usaba lentes, tenía el cabello ligero hasta el cuello, la boca era pequeña y parecía infranqueable, la piel chabacano le parecía el frutero mágico de aquellos dos senos tiernos pero eternos, con olor a miel. Después, recuerda bien, comenzó a perder la razón y se masturbaba todo el tiempo pensando en Edith, la buscaba en todos los rostros que veía y deseaba fervientemente encontrársela en el café al que él solía visitar para leer. Quería el encuentro de cine pero esas cosas no pasan en la vida real, piensa, esas cosas jamás le pasaron porque él estaba destinado a otras cosas, otras cosas, se repite.

Recuerda la desesperación al verla abrazada de Juan Carlos, otro alumno. Recuerda el enojo, la ferocidad, recuerda la promesa, la que se dijo, que nadie la iba a amar tanto como él y lo que iba a ser capaz para demostrarlo. Recuerda entonces la ferocidad, recuerda entonces la promesa eterna. Recuerda esperar el día en que Juan Carlos no se presentara a la facultad, a su clase, para así demostrarle, demostrarle el amor, el eterno amor que uno debe entregar cuando se está totalmente enamorado, ciego, sulfurado.

Y así fue una mañana, una sola mañana bastó para decirle que él podía acompañarla a la parada del autobús y la casualidad que da el tomar el mismo colectivo. Se sentaron juntos hacia la promesa. Y ella comenzó a sentir que algo no iba bien cuando él le tocó la pierna y él sintió que todo iba bien porque ella sólo volteó a verlo con deseo pero no era deseo, era que ella estaba asustada, silenciada pero él pensaba que sí, que era deseo. Después soltó la frase, acompáñame a mi casa, y ella dijo que no y él le apretó la pierna y le dijo que por favor le acompañara a su casa porque quería mostrarle algo y ella quiso gritar pero él le tapo la boca y le dijo que no sabía el amor que le tenía, que se callara, que callara, ¡CÁLLATE! y el chofer del colectivo no escuchó nada porque iba escuchando a todo volumen una cumbia y los otros dos usuarios iban con los audífonos puestos.

Después bajaron, después los quince años que mantuvo a Edith en su departamento, en el hogar idílico, acondicionado, infinito. Edith no quería estar ahí y a pesar de todo nunca pudo quitarle la vida como tampoco pudo quitarse la suya. El idílico departamento no contaba con cuchillos ni tenedores ni cucharas de plata o de acero, nada, sólo plástico y el plástico a la basura. No usaban cortinas, las sábanas él las ponía bajo llave por si ella intentaba ahorcarse. Las ventanas estaban reforzadas con barrotes por ambos lados y ni el cepillo de dientes se quedaba a la vista. No, amor, no había ni aparatos electrónicos porque los cables juegan mucho y ni siquiera unas tijeras para meterlas en algún enchufe. No, amor, te aislé de este mundo doloroso, te aislé de este mundo de engaño, el engaño de Juan Carlos, que te dejó, que te dejó ese día, esa mañana entregándome tu forma, tu cuerpo, dice, tu cuerpo, se repite. Edith bajo llave, Edith en una bola de cristal, Edith la intocable, Edith resguardada, Edith no podía ver los horrores de la vida porque ella merece amor. Edith no merece sufrir. Edith merece ser cuidada siempre, siempre.

Quince años amaneciendo con los mismos versos, con el mismo nudo Windsor, con la misma frase de la muerte, con la mirada de Edith que le decía nada como decía nada desde hace quince años. Sólo los libros, Edith, ¡sólo los libros te gustaban! y yo te los daba, te los entregaba porque leías en voz alta y cuando escapabas de mí para meterte en ellos tenía que quitártelos para regresarte a mis ojos, amor, a mis ojos. Y así quince años.

Pero durante esos quince años Fonseca cargaba con la pregunta como si fuera una culpa, ¿hasta cuándo? y decidía ir por otro lado de su mente, se respondía, nunca, ¡nunca! porque merezco su amor, merezco su cuerpo, su piel de chabacano. Pero esa mañana, esa mañana, sabía la respuesta, hasta hoy, ¡hasta hoy!.

Entonces llegó al departamento y vio a Edith leyendo y le dijo que se preparara, que tomara el libro o los libros que quisiera, que hoy y sólo hoy podía ocurrir la respuesta.

Y Edith no tomó nada, no quiso por obvias razones llevarse nada consigo pero no podía creer que estaba pasando, que por fin saldría del asunto del amor infinito, del lecho eterno sin reparos. Reparos, Edith, reparos. Y él tomó el arma diciéndole que si decía algo concluía todo, que si actuaba raro, concluía todo. Y salieron de la casa cerca de las dos de la tarde hacia el café donde solía leer los libros del siglo XIX latinoamericano y al entrar, el propietario saludó a Fonseca y dirigió a ambos a la mesa cercana al ventanal que daba al bulevar. Aquí debió suceder nuestro encuentro, decía Fonseca mientras miraba a Edith temblar con los ojos cristalizados. Debiste llegar aquí hace quince años para conocernos y vivir lo del cine, lo que pasa en las películas hijas de puta que sólo presentan ficciones que a nadie en este puto mundo le suceden. Aquí debió suceder nuestro amor, nuestro primer cruce de miradas, Edith, aquí, aquí, amor, debiste preguntarme mi nombre, debiste preguntar el título del libro que leía y yo te invitaba el café o el té y hablábamos y después el futuro en nuestros labios, Edith. Pero sucedió distinto, sucedió distinto y te amo tanto que sé que esto es lo correcto, pequeña, esto es lo correcto.

Entonces tomaron el café y el té y ella no pudo ir al baño, no podía ver a otra persona, sólo a Fonseca que le contaba del libro que cargaba ese día, como si actuara ese encuentro, ese encuentro deseado que jamás llegó a su vida. Y dos horas después Fonseca le dijo que se fuera, vete, ¡vete! carajo, sal de aquí y quizá en otra vida, en otra vida nos encontremos aquí.

Y Edith se incorporó y comenzó a caminar temblando, comenzó a caminar dejando al hombre, a Fonseca, que la tuvo quince años escondida, silenciada, terriblemente en prisión de amor, de celos, de paranoia. Quince años y quince pasos fueron suficientes para salir del café y caminar otros quince y ver por el ventanal a Fonseca que la veía y cruzaron las miradas y ella le devolvió la mirada del colectivo, la mirada asustada y él pensó que era la mirada de deseo pero que ya no había vuelta atrás. Y Edith avanzó, avanzó caminando, después trotando y escuchó, escuchó el sonido del arma, escuchó la bala penetrando en el cerebro de Fonseca, escuchó la historia, los pensamientos, la memoria acribillada, el amor derramado en una mesa, el cerebro estallado y despedazado, derramado en el café, en el mantel, en el libro de Sarmiento.

Y Edith corrió, corrió entre el tiempo, y llegó a su hogar, tocó el timbre sucio y salió su madre y le preguntó que qué quería y ella sólo dijo madre y ella abrió los ojos y las lágrimas dejaron de ser cristales dolorosos en los ojos y a lo lejos sonaban sirenas y bocinas, ambulancias y patrullas avanzaban rápidamente para levantar el cuerpo de Fonseca y echar en una bolsa de evidencias un arma y el libro de Sarmiento.

 

 

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