UNA HISTORIA ZEN

Siempre me pareció que tenía nombre de perro. Se llamaba Gastón y nos conocimos en el colegio, en primaria, hace ya bastante tiempo de eso. No era para nada un alumno brillante pero tampoco era malo, se mantenía en promedios medianos y no le gustaba participar en nada, ni siquiera en los juegos del recreo ni en los equipos deportivos. Gastón se limitaba a observar, eso le gustaba, observaba y creo que hacía reflexiones o imaginaba mundos donde él podía ser protagonista o podía ser otra cosa excepto un mero observador. Yo tenía con él una buena relación pero generalmente nuestra amistad se acababa a diario, cuando al final de clases llegaban Ferrer y Rosete, unos seres enormes y feos y nosotros echábamos a correr y casi siempre alcanzaban a Gastón y terminaban golpeándolo. Cada mañana me reclamaba o intentaba reclamarme pero después se arrepentía y me decía que qué podía hacer si siempre yo era más rápido que él. Me daba lástima verlo así y a pesar de que su madre iba casi siempre a visitar a la maestra para ponerle un fin al asunto, la maestra nunca pudo con ese par de orcos ni con los padres de ese par. Después entendí que Gastón acumulaba mucho en su interior y que probablemente algún día podría explotar.

En secundaria mis padres me cambiaron de escuela y supe poco de Gastón después. También lo habían cambiado de escuela y andaba en no muy buenos pasos. Según lo que supe, visitaba los billares desde los doce años, aprendió a fumar a los trece y también bebía cerveza, apostaba y salía hasta altas horas de la noche, a veces regañado por su madre y muchas otras olvidado, a su suerte. Con lo que ganó en las apuestas pudo rentarse un departamento gracias a un tío suyo y compró un automóvil, una chatarra que le servía para lo necesario aunque en una ocasión salió de la ciudad y la chatarra no dio más y fue a parar al deshuesadero. Mientras muchos de nosotros estudiábamos la preparatoria y nos preguntábamos sobre el futuro de nuestras vidas, Gastón vivía la vida como si fuera un adulto empecinado en no dejarse morir o derrotar, pero era como un adulto olvidado, resentido, sin ningún plan y con desayunos basados en algún cereal o huevo y comidas que difícilmente superarían las papas fritas, frijoles o sopas instantáneas.

Contra todo pronóstico, Gastón se propuso terminar la escuela y se preparó durante seis meses y medio para hacer dos exámenes express que lo acreditaban y le daban la oportunidad de matricularse en la licenciatura. El examen de secundaria lo pasó con nueve y el de preparatoria lo aprobó con ocho. Una vez obtuvo los resultados llegó a casa de sus padres y después de una plática breve les entregó los documentos y les dijo que oficialmente ya les había devuelto aquello que sus viejos le habían dado. Les dijo que la deuda ya estaba pagada y que si antes no lo veían mucho probablemente lo verían mucho menos, casi nada. Uno podría pensar que Gastón se estaba comportando como un hijo de puta pero en realidad jamás fue una persona mal intencionada o de mal corazón, sólo que la vida le puso ciertas trabas y ciertas experiencias que dan cuenta de acciones que pueden verse mal pero que son respuesta de un dolor interno o un dolor que el alma durante todos sus viajes no ha podido aliviar.

Mientras yo estudiaba el segundo semestre de la carrera lo vi a él caminar por la facultad de letras al lado de una chica bastante guapa. Al principio no sabía si era él porque estaba rapado, tenía los brazos y el cuello tatuados y tenía perforaciones en las orejas, en la ceja izquierda y en el centro del labio pero algo dentro de mí me dijo que era él y grité su nombre y él volteó y al principio no me reconoció, hizo gesto de duda y creo que después se acordó de la primaria y de cuando corríamos para no ser golpeados y se acercó a mí y me abrazó fuerte, demasiado fuerte, como si fuera mi hermano, como si hubiera ido a la guerra y hubiera vuelto y tuviera ganas de llorar el pasado arrebatado, pasado jamás sucedido. Después del abrazo le pregunté si estaba estudiando en la facultad de letras y me dijo que no, que quien estaba estudiando era Paola, su novia y me la presentó y me pareció demasiado guapa. A diferencia de Gastón, Paola no tenía tatuajes ni perforaciones exageradas, sólo una el labio y vestía muy formal para ser estudiante de letras. Gastón me invitó a un bar cercano y los acompañé a beber un par de cervezas importándome poco mis clases de semántica. En el bar me platicó sobre las apuestas, sobre el automóvil, sobre el departamento que pudo rentar y que después él se quedó varado sin rumbo y sin hogar, que después visitó a su hermana mayor y que ella le permitió vivir en un cuartito de su departamento con la condición de que no pasara  de dos meses porque su novio o esposo, no recuerdo bien, no le gustaba mucho la compañía de un tercero, mucho menos de su hermano menor. Que en esos dos meses vivió demasiado en el billar jugando y apostando y que pudo recomponer su vida económica. Que ahorró para pagar los exámenes express de secundaria y de preparatoria y que le sobró un poco de dinero para rentarse un pequeño departamento y comprarse una batería porque siempre había querido tocar la batería. A los dos meses se había mudado a su nuevo hogar, el que era el actual en ese momento, que pasó los exámenes y que se inscribió en la facultad de música, que no le exigían mucho y que le iba bien la vida. En una presentación que tuvo con su banda, no sé si tocaban punk o thrash metal, fue donde conoció a Paola y que desde ahí no podían separarse. También me dijo que ya vivían juntos y que Paola escribía ensayos literarios y que trabajaba de medio tiempo en una pizzería. Al final compartimos teléfonos, me dijo que pronto iba a tocar en un bar y que me iba a llamar para invitarme y así nos despedimos, de igual forma como nos saludamos, con un gran abrazo, enternecedor, demasiado cercano.

Los días después del encuentro fueron diferentes. Solía encontrarme con Paola en los pasillos, casi siempre estaba acompañada por amigas y casi siempre nos saludábamos únicamente con la mirada o a veces nada más nos sonreíamos. Después las situaciones nos fueron acercando y comenzamos a platicar. Para mi sorpresa, Paola ya estaba en el último semestre de la carrera, que estaba terminando un par de materias y que también estaba en su proceso de tesis y supe que sus ensayos ya estaban siendo publicados en revistas de prestigio académico. De Gastón hablaba mucho, lo admiraba, sentía que iba por buen camino a pesar de su infancia golpeada y su adolescencia olvidada por los padres. Decía que era buena persona, que en las mañanas, cuando ella estaba en la universidad, él tocaba, ensayaba, repasaba sus ejercicios musicales y que por las tardes iba a la facultad de música y que, de miércoles a domingo, regresaba al departamento por las noches únicamente para cargar su batería, subirla en el automóvil del guitarrista de su banda y que iba a bares a tocar un par de horas y así ganarse, poco a poco, la vida. Pero eso sí, me dijo Paola, él no quiere tocar en bares toda la vida, él quiere grabar un par de discos, irse de gira por un par de años y después dedicarse a la producción y probablemente a la docencia. Con el tiempo nuestras pláticas comenzaron a durar más y de repente ella esperaba a que yo terminara con mi horario de clases y la acompañaba a la pizzería donde trabajaba. Desde que fuimos al bar no había visto a Gastón hasta una mañana en la que lo vi en la facultad y me preguntó por Paola y le dije que no la había visto y me platicó sobre un viaje que iban a hacer juntos, que se les estaba haciendo un poco tarde. Poco tiempo después llegó Paola, se despidió de mí abrazándome, Gastón ya no me abrazó pero me dijo que nos veíamos pronto y sentí como si eso fuera una ruptura, como si mi hermano se devolviera a la guerra, como si Paola hubiera tenido un romance conmigo y en ese momento nos estuviéramos separando. Los vi irse, se subieron a un automóvil con otra persona, creo yo otro amigo suyo, probablemente el guitarrista, y el auto arrancó y se perdió lejos.

Aquella noche me sentí totalmente entristecido. No tanto por Gastón sino por Paola. Sabía que me había enamorado de ella y que estaba rompiendo todos los códigos de la amistad posibles pero después me dije que no era en realidad una amistad porque dejé de ver mucho tiempo a Gastón y no habíamos compartido el tiempo suficiente para sabernos amigos. También me dije que él no me había buscado nunca y que por lo tanto eso reduciría nuestra amistad. Que ese sentimiento de hermandad era porque yo era demasiado dramático y que no estaba del todo mal desear a Paola o enamorarse de Paola o querer sentir a Paola. Esa noche dormí bien pero las noches siguientes tuve como esos síntomas de desintoxicación como si Paola fuera una droga. Tuve pesadillas, me sentí nervioso, ansioso, estúpido y solía pensar en Gastón, en Gastón besando a Paola, en Gastón acostándose con Paola, en Gastón despertando con Paola, en Gastón teniendo hijos con Paola, en el matrimonio de Gastón y Paola, en la muerte como única separación. Pasaron creo que seis meses así hasta que un día reparé en que ya no tenía sueños ni deseos ni ningún deseo sobre Paola y ese día fui a un bar, vi la mitad de un partido de futbol y regresé a mi departamento sintiéndome victorioso. Incluso pude escribir, escribí un par de poemas en la computadora y dormí tranquilo, apacible.

Pasaron veinte años para que volviera a ver a Paola. Estaba yo fumando en la parada del colectivo y la vi caminando del otro lado de la calle. No estaba delgada como antes pero tampoco estaba sumamente subida de peso. Crucé la calle corriendo con el cigarro en la mano y al alcanzarla le toqué el hombre y ella volteó y no me reconoció al momento como yo lo había hecho cuando la vi pero creo que fue al escuchar mi voz que distinguió quien era y me saludó sin freno alguno en su nerviosismo y me dijo que iba a escribir a un café ahí cerca y que si quería podíamos compartir un poco de tiempo y ponernos al tanto. Caminamos y compartimos el cigarro que tenía.

Cuando llegamos al café me di cuenta de que no había reparado en la cantidad de cosas que estaba Paola cargando hasta que puso todo en un par de sillas aparte. Algunos libros, folders con hojas, libretas y su computadora estaban casi cayéndose de las sillas. Yo encendí otro cigarro y lo primero que se me ocurrió preguntarle a Paola fue por Gastón. Ella tomó un cigarro de mi cajetilla y su primera bocanada duró una eternidad, quizá porque estaba entusiasmado por conocer la respuesta aunque también no sabía si quería escucharla. Me contó que después de esa vez que nos despedimos en la facultad, Gastón, ella y otro amigo de ambos, sigo creyendo que probablemente era el guitarrista, viajaron a un par de playas durante una semana y que de buenas a primeras se les ocurrió el irse un poco más hacia el sur, que pararon en la frontera, que rentaron un par de cuartos en un hotel decrépito y que Gastón habló con su hermana para que le enviara por correo sus documentos oficiales que tenía el departamento, incluso le dijo donde escondía la llave para no pedirle ningún favor a su arrendador y que Paola y el otro amigo que creo que se llamaba Franco también hablaron con sus familiares para pedirles el envío de sus documentos. A la semana, con sus papeles completos, pudieron sacar sus pasaportes y que estuvieron un buen rato viajando por distintos países y que de un momento a otro se encontraron en España, en Italia, en Francia y que también estuvieron en Brasil, en Uruguay, en México… que Franco se quedó en Honduras porque una especie de rebelión estudiantil se estaba gestando y él quería ser parte de ella y que finalmente terminaron en Argentina y que fue entonces cuando se separaron. De repente, me dijo Paola, a Gastón se le metió la idea de convertirse al budismo zen y que fue tal el grado de su compromiso que se le olvidó el sexo y también el amor. Paola decía que el discurso del ego, del yo, la tenía fastidiada y que, en pocas palabras, el budismo los había separado, no la muerte, el budismo. Sentía como una culpa, me dijo, algo sobre su ruptura con sus padres, con su hermana, de su adolescencia desenfrenada y que antes de llegar a Argentina en los otros países decía cosas como que en sus sueños se le aparecía Dios o un ángel y que veía el mar o que a veces caminaba sobre el cielo, así lo decía, y que iba a encontrar la respuesta pronto, muy pronto. Pero no le dio demasiada importancia hasta que en Buenos Aires conoció a una mujer llamada Anastasia y que lo convirtió al budismo y que de un momento a otro decidió terminar con Paola porque dijo que estaba generando demasiado apego y que eso no era amor. Ella, según lo que me contó, regresó en seguida aquí y tuvo que hacer esfuerzos desmesurados para regresar a la literatura, a la vida laboral, es decir, hacer a un lado el tránsito hippie y convertirse en una persona civilizada.

Veinte años, me dijo, vivimos viajando y tendiéndonos el amor hasta que el new age le reventó el cerebro a Gastón. Me dijo, encendiendo otro cigarro, que había perdido su tiempo y su vida a la que le era demasiado difícil volver. Me comentó que escribía cuentos para niños que nadie le quería publicar, que intentó también publicar sus diarios de viaje pero como era una figura nula en la literatura a nadie le podía interesar su historia de vida y que incluso escribió una serie de textos sobre la felicidad, sobre ser uno mismo y que, desesperada, escribió un capitulo sobre una historia fantástica donde los duendes y las hadas contienen una guerra sangrienta. Nada le funcionaba. Ahora escribía  o intentaba escribir e intentaba publicar pero nada, absolutamente nada le resultaba. Después comenzó a llorar y me preguntó el por qué no la había detenido la última vez y yo le dije que no podía hacer eso, que Gastón era mi amigo, que esas cosas, que esos códigos no se rompen y ella comenzó a llorar, a llorar en serio y dijo que estaba muy confundida, que se sentía defraudada. Platicamos, creo, una hora más, compartimos nuestros números telefónicos y después nos despedimos abrazándonos pero yo me sentía, ¿cómo decirlo?, muy distanciado de ella, no superior, distanciado.

En la noche le hablé por teléfono y acordamos vernos en mi departamento porque el suyo era un desastre y al poco rato llegó ella un tanto despeinada, me dio la impresión de que estaba totalmente abandonada. Abrimos una botella de vino y mientras bebíamos yo le conté sobre lo que me había ocurrido durante esos años. Le conté, claro, sobre mi matrimonio hecho un desastre, sobre mi imposibilidad de tener hijos, sobre todos los trabajos que he tenido y también de los que he tenido que hacerme a un lado o han tenido que hacerme a un lado. Que escribía, sí. Que me publicaron un libro pero que es de esos libros que tienden al olvido y le dije que ya estaba harto, demasiado fastidiado de mi situación económica, de la angustia eterna, de la alegría disfrazada. Ya pocas cosas me sirven, le dije, y ella me contestó que hablaba como si tuviera ochenta años y le dije que probablemente así me sentía porque eso es lo que hace el hartazgo, matarnos desde temprana edad.

Esa noche y otras que le siguieron dormimos juntos pero no como amantes, como amigos. Yo la amaba demasiado pero tenía ella las heridas tan abiertas que era imposible amarla tanto. Se lo dije muchas veces y ella sólo sonreía o cambiaba el tema o simplemente se quedaba en silencio. Me dolían sus reacciones pero para mi edad reclamar algo sobre las emociones es como volverse a la adolescencia. Pero sí le hacía saber que disfrutaba mucho de ella a pesar de su silencio.

Así estuvimos unos meses hasta que después dejamos de frecuentarnos, sobre todo en mi departamento porque efectivamente el suyo era un desastre. Después pasó una semana y luego dos y luego un mes que no supe de ella. Fui a buscarla y no la encontré. Después hablé con un señor que vivía enfrente y me dijo que se había mudado, que se había ido a Argentina, que un hombre tatuado la había visitado y que había escuchado sobre algunas cosas sobre Argentina, sobre Avellaneda, sobre Roque Pérez.

Salí del edificio y encendí un cigarro resolviendo en mi mente lo que había sucedido. Seguro que Gastón había regresado, que había estado con Paola y que ella no podía desprenderse de él. No pudo desprenderse de él. Pensé en la suerte de Gastón, pensé en el amor de Paola y pensé en el por qué la vida o el destino me había vuelto a cruzar con Paola o con la sombra de Gastón. Pero a diferencia de la vez pasada no sufrí en los días que siguieron ni tuve pesadillas ni angustias ni nada por el estilo. Inmediatamente volví a mi vida, jodida, pero finalmente mía.

Años después recibí una llamada. Al notar el número supe inmediatamente que no era una llamada ni local ni nacional. Al otro lado del mundo Paola me anunciaba la muerte de Gastón, que murió en un accidente de tránsito, como Camus. Escuché un poco su forma de llorar y sentí mucha compasión por ella, la escuché débil y creí imaginarla demasiado delgada, pálida, casi transparente. Después sólo dijo gracias y colgó el teléfono. Yo sentí frío, sentí un sufrimiento débil pero finalmente sufrimiento. Entonces vi cómo una hoja de un árbol caía y se posaba en un charco de agua. Estoy seguro que escuché el roce de la hoja con el agua, estoy seguro de haber escuchado esa caricia, esa belleza lenta que nos regala el universo en momentos como ese. Entonces pensé en Gastón y comencé a llorar.

 

9 comentarios sobre “UNA HISTORIA ZEN

    1. Muchas gracias, Raquel. Es muy halagador tu comentario. Te agradezco mucho el que me hayas leído y el que hayas comentado mi texto, es muy lindo llegar así. Recibe un gran saludo.

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      1. ¡Muchas gracias, de verdad! Es todo un honor y un lujo saber que te gusta mi escritura 😊 Me motiva mucho saberlo. ¡Van de vuelta hartísimos saludos hasta donde te encuentres!

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      2. Creo que a varios miles de kilómetros de ti pero por suerte tus escritos nos llegan a españa y a madrid perfectamente y podemos disfrutar de ellos así que porfavor no dejes de escribir porque aqui tienes una lectora esperandolo todos los dias jajajja

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      3. Pues con más razón, ¡qué linda noticia que mis escritos lleguen a España y puedan disfrutarlos! ¡Qué privilegio que me leas desde el otro lado del mundo y que esperes mis escritos! No escribo todos los días pero sí por semana publico un poema o cuento en el blog. Ojalá siempre sean de tu agrado mis textos 😉

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