AVISTAMIENTO

Llevaba Lucas apenas unos minutos recién divorciado. También hace unos minutos había visto a Natalia, ahora su ex mujer y si bien no sintió un alivio del todo pudo permitirse esa mañana ir a cualquier café, sentarse y reflexionar sobre lo que venía o lo que estaba por venir si es que algo iba a sucederle en el futuro.

No caminó mucho, quizá quince minutos, y se sentó en un café donde podía fumar en la terraza. Se sintió con suerte porque incluso la mesera era guapa y se mostraba sumamente amable con él, como si supiera que hace unos minutos Lucas se había divorciado de Natalia, después de cinco, casi seis años de matrimonio. Se habían conocido en el trabajo, un empleo que no era la gran cosa, trabajaban para una revista que hacía investigaciones o supuestas investigaciones sobre apariciones de OVNIS o sucesos fantasmagóricos. Natalia tenía a cargo todo lo relacionado con el diseño gráfico y Lucas se encargaba de la corrección de estilo y esto, claro, le parecía una experiencia sobrenatural ya que los investigadores o supuestos investigadores escribían con grandes problemas ortográficos y narrativos. Antes de navidad el jefe invitó a todos los empleados a unas cabañas en las afueras de la ciudad. La idea era convivir con todos los trabajadores y, si era posible, mirar el cielo y esperar un evento sobrenatural. Claro que a nadie le interesaba lo sobrenatural en ese momento. Desde que llegaron comenzaron a beber cerveza y whisky y en la comida compartieron un asado bastante voluminoso acompañado por vino y un postre de leche. Fue ahí donde Lucas y Natalia platicaron por primera vez. Él era un recién egresado de la carrera de periodismo y ella llevaba ya un par de años trabajando para la revista. Ella le preguntó si realmente creía en extraterrestres o en fantasmas y él dijo que todo podía ser posible pero que nunca había conocido a un espectro o a un alienígena y después hablaron un poco de teorías de conspiración, de la película Fuego en el Cielo y de los mil y un casos de avistamientos extraterrestres. De niño, le dijo Lucas, yo creía en el monstruo del Lago Ness y ella instantáneamente se enamoró de él sin saber ni cómo ni por qué pero imaginó al pequeño Lucas creyendo férreamente en el dinosaurio fotografiado. Mientras los demás bebían, canturreaban o discutían sobre Estados Unidos y la verdad a medias, Lucas y Natalia se dedicaron a observar el cielo esperando ver una nave espacial. Después se tomaron de la mano, después se abrazaron, después comenzaron a besarse, después se adentraron a un lugar inundado de árboles e hicieron el amor ya sin ver el cielo ni esperando apariciones alienígenas ni extraterrestres. Los insectos eran lo más cercano a ambas formas futuristas pero de ahí nada oculto, nada misterioso.

Al otro día, ya de regreso, Natalia le dijo que pasara con ella al departamento y ahí se bañaron juntos, se vieron los piquetes de zancudo y de hormiga que tenían ambos en las piernas, en las nalgas, en los brazos y ambos se untaron un ungüento de arnica siendo lo más cercano para detener la picazón pero no por eso dejaron de hacer el amor. Al principio lo hicieron de forma suave y después un tanto más violento, sobretodo por ella que, al parecer, llevaba un buen tiempo sin acostarse con alguien. Después pidieron comida china y vieron un documental sobre la importancia de ser feliz y, de paso, un concierto de Coldplay. Se quedaron dormidos, sin pesadillas.

Al día siguiente Lucas regresó a su departamento, tomó un libro de poesía argentina y fue a un café a leer y a fumar. Se sentía feliz, creyó sentirse completo y pensó con más ahínco en Natalia. También sintió unos grandes deseos de escribir, de escribir como antes, se dijo, y tomó una servilleta y escribió unos versos con acento argentino y al releerlos prefirió hacer bola la servilleta y continuar fumando. Natalia le parecía una mujer más allá de lo que él podía soñar. Era un poco más alta que él, nada delgada, más bien con unos kilos de más, era morena, tenía los labios gruesos, el cabello ondulado y tenía unos senos que cualquier mujer envidiaría. Era, para él, la mujer ideal y fue entonces que se le ocurrió la idea de pedirle matrimonio. No pudo leer el libro ya que la idea del matrimonio le rondaba por la cabeza y al terminar el café le llamó a su celular y ella le preguntó si estaba disfrutando su primer día de vacaciones y él le dijo que sí, que quería verla, que la esperaba en el café.

Después de una hora llegó ella y él, al verla, sintió que en realidad la amaba. Entonces le dijo que quería casarse con ella y ella le preguntó si iba en serio y él le dijo que sí, que claro que sí y ella lo besó, lo abrazó y le dijo que estaba bien, que no le parecía una mala idea. Se casaron en enero, terminadas las vacaciones, y así pudieron tomarse una semana más con permiso del jefe quien en la fiesta a cada invitado le contaba sobre los avances de la ufología y de algunas sectas alienígenas. Y todo iba bien o eso creyó Lucas pero las cosas fueron cambiando. Natalia pasó de ser de una mujer de estilo gótico que  trabajaba en una revista de investigaciones paranormales, que era un tanto romántica y que creía en el amor a primera vista a convertirse en una mujer indiferente, desinteresada. A los tres años de casados Natalia le dijo a Lucas que se iba a vivir un periodo con sus padres. Lucas le pidió que se quedara pero ella le dijo que no, que incluso había hablado con el jefe de la revista y que esa semana iba a ser para ella la última porque quería darse un tiempo de reflexión, de introspección. Natalia se fue un viernes y en la noche Lucas se preguntó qué había hecho mal, qué error había cometido para que Natalia lo abandonara. Entre semana Lucas le llamaba por teléfono y cuando no contestaba el celular hablaba a la casa de los padres y ellos le decían que Natalia estaba indispuesta o que sólo no estaba en casa. Un día fue a buscarla y el padre le dijo que sentía mucho el dolor que le estaba provocando su hija pero que entendiera que tenía que ponerse del lado de ella y que Natalia no quería verlo más. En una tarde, después del trabajo, vio a Natalia en el metro. La siguió en los transbordos y después, afuera de la estación. Después la siguió un par de cuadras y entonces, de repente, como si fuera un fantasma o algo más extraordinario, vio que apareció un hombre más alto que ambos, de buen aspecto, incluso arrogante. Lucas vio al hombre tomar de la cintura a Natalia, lo vio tomarle el rostro y besarla y vio que ella sonreía, que sonreía enamorada. Hubiera sido mejor una abducción, pensó Lucas volviendo al metro, corriendo, conteniendo las lágrimas. No la volvió a buscar.

Seis meses después Natalia le llamó por el celular y le dijo que era importante para ella verlo. Se encontraron en un café y antes de cualquier cosa Natalia le dijo que era momento para el divorcio. Yo ni siquiera sé de esto, ni siquiera lo hablamos, ni siquiera me dijiste por qué me dejaste, le dijo Lucas y ella le dijo que tenía que ver a un abogado y que éste se pusiera en contacto con el suyo y entonces llegar a un arreglo y divorciarse.  Lucas le dijo que estaba bien pero le preguntó si estaba segura y ella le dijo que nunca había estado tan segura de sus decisiones. Durante el proceso Lucas renunció a su empleo de corrector de estilo y se fue a vivir un tiempo a Roque Pérez y después estuvo en Honduras, principalmente en Tela donde tuvo un romance con una mujer negra llamada Otilia que tenía unas nalgas tremendas y que era animadora en un par de hoteles. En una madrugada, después de hacer el amor con Otilia, salió a fumar y vio en el cielo que algo se movía rápidamente de un lado a otro. Abrió aun más los ojos y vio que otro objeto se acercaba al primer objeto haciendo movimientos extraños que ningún avión o jet u objeto parecido pudiera hacer. Un par de putos ovnis, pensó Lucas, un par de putos ovnis en esta parte del mundo y de repente los objetos desaparecieron y él terminó de fumar y regresó a la cama donde Otilia dormía desnuda. A la semana regresó a su país y encontró los citatorios del divorcio en el departamento, unos pasados de fecha, otros urgentes, recientes. Tenía que presentarse cuanto antes al juzgado y Lucas habló con su abogado y llegaron al acuerdo. Está bien, dijo Lucas, cuando quiera Natalia firmamos.

No pasó mucho tiempo, se dieron un par de encuentros antes de la firma y del dictamen definitivos. Después se vieron y las formalidades no podían dejarse. Incluso antes de pasar con el juez platicaron un poco. Él le contó de sus viajes y ella le contó de sus planes de volverse a casar, ¿con el fantasma? le preguntó Lucas y ella por obvias razones no entendió y él se acordó de esa vez que la siguió y vio al fantasma que después se convirtió en el hombre arrogante. Después firmaron y ya culminado el proceso, afuera del juzgado, se abrazaron. Perdóname, Lucas, fui terrible contigo y él le dijo que no había problema, que esas cosas pasan, que la vida así es, que se habían casado muy jóvenes, que le deseaba lo mejor. Después Lucas caminó unos cuantos minutos recién divorciado, se metió al café y lo atendió una mesera guapa y amable. La mesera le llevó un pan relleno de chocolate y Lucas le preguntó si creía en extraterrestres, en fantasmas, si les tenía miedo y ella le dijo que le tenía más miedo a los seres humanos, los seres humanos, dijo ella, pueden ser unos verdaderos hijos de puta. Y Lucas dijo que sí, que los seremos humanos, que nosotros podemos ser peores que los fantasmas, que los extraterrestres y pensó volverse a Tela, a los brazos, al amor, a las nalgas de Otilia, volverse a Honduras, a esa parte del mundo donde los ovnis sólo se pasean en el cielo apareciendo y desapareciendo con toda la distancia posible para no ser heridos.

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