TODOS LOS SILENCIOS

Fueron a la librería de viejo y estuvieron ahí cerca de dos horas. Los libros ahí permanecían en un desorden exagerado sobre una gran mesa de madera la cual, podía adivinarse, muy pronto fallaría y entonces caerían todos los libros no descubiertos o no queridos o simplemente olvidados, uno sobre otro, levantando el polvo de antiguas nostalgias o de viajes o de simples tiempos de ocio. Mientras Claudine se sumergía en el tumulto de libros, Franco se había percatado de que su libro, su primer libro de cuentos de su autoría estaba en medio de otros libros. Su libro en una librería de viejo. Sus primeros cuentos en una zona de naufragio literario pero no podía ser un naufragio completo ya que alguien había llevado el libro ahí, el libro no estaba perdido, sólo estaba esperando otra lectura, otro dueño. Pero nada de eso era suficiente. No. Franco sentía dolor, sentía fracturado su orgullo o su ego y se le hacía difícil creer que alguien hubiera llevado su libro de cuentos ahí, a una librería de viejo, como no queriendo el libro, como si hubiera sido una pérdida de tiempo o de dinero, como si no le hubiera entregado nada al anterior dueño y a cambio el libro recibió únicamente el olvido, el destierro alrededor de otros libros exiliados, llenos de polvo. Claudine comenzó a estornudar, era la alergia, y Franco seguía impávido ante su libro entre otros libros. Finalmente lo tomó y releyó el título, releyó su nombre y entonces se dio cuenta que sí, que sí era su libro, que no cabía la menor duda. Pero lo abrumador del asunto fue al abrirlo y ver en la primera página la dedicatoria que él había escrito hace años, hace una década, cuando presentó su libro y Martina, su novia en ese momento, como si hubiera sido una lectora más, había acudido a la presentación y se había comportado como una lectora más, una lectora que recibía después la dedicatoria y la firma del autor. Martina: conoces bien el dolor de este libro y tú eres, todos los días, mi constante alivio. Después, la firma: Franco A.

Mientras Claudine tomaba papel de baño y salía hacia la calle para aliviar la alergia producida por el polvo de libros, Franco leía y releía la dedicatoria, repasaba su letra juvenil, también sus palabras, en su tiempo sinceras pero sobre todo repasaba el nombre de la dedicatoria. Martina.

Fue un arrebato, recordó Franco cuando comenzó a tener memoria de la última vez que estuvieron juntos. Fue un arrebato, se dijo sin cerrar el libro e inmediatamente en su mente se imprimió una vez más el recuerdo de aquél momento cuando se separaron. Franco, en un encuentro de escritores, se reencontró con Mildred. Pasó lo que tenía que pasar. Después de leer y escuchar sobre la importancia de la literatura en el país, sobre los escritores jóvenes, sobre los nuevos apoyos gubernamentales que más que nuevos eran más bien menos, Mildred y Franco decidieron no volver a sus ciudades y pasar la noche y la mañana juntos. Siempre, y eso lo reconoce Franco, había sentido el deseo de volver al cuerpo de Mildred pero el ego, el orgullo o algo parecido se lo había o se lo habían impedido. En el encuentro de escritores fue excesivo el deseo entonces ambos decidieron terminar bien la relación pasada, como si esta jamás hubiera terminado. Así que cuando Franco llegó al departamento y encontró a Martina leyendo, lo único que hizo fue decirle que la relación no podía continuar, que se había acostado con Mildred, que lo perdonara. Martina cerró el libro y en silencio comenzó a empacar su ropa en una bolsa y sus libros y otras pertenencias las puso en su maleta. Y esperando todo menos el silencio, Franco le pedía una respuesta, algo, aunque fuera un enojo. Ella, con el silencio, fue bajando sus cosas a la puerta del edificio y lo único que recibió Franco fue un no me ayudes, ya me jodiste lo suficiente.

Tomó un taxi y después desapareció entre las calles, desapareció con el silencio. Franco subió al departamento y pensó que todo había sido un arrebato, un deseo exacerbado, que le era imposible contenerse, que de alguna forma, que en algún momento, probablemente, Martina podría entenderlo. Que seguramente en la vida de Martina aparecería un momento así, quizá siendo él el cuerpo al que regresaría, quizá no, pero debe sucederle, debería sucederle, para entenderlo, para entenderlo a él, para entender a Franco. Se puso a fumar y entonces, inmediatamente, marcó al celular de Mildred y ella le contestó. Hablaron poco, no mucho. Él le contó de la separación. Ella lo escuchó y le dijo que estuvo bien sincerarse. ¿Vendrás algún día? preguntó él y ella dijo que no, que le quedaba muy lejos la ciudad, que probablemente en otro encuentro de escritores o probablemente nunca.

Publicó Franco otro par de libros, con el último conoció a Claudine y con el tiempo llegó a pensar en casarse con ella. Ya habían pasado muchos años desde Martina y desde Mildred. Franco pensó que le era increíble medir la distancia usando a sus ex parejas. La medida Mildreniana, dijo, o la medida Martiniana. Mientras Claudine entraba una vez más a la librería y le preguntaba a Franco si había encontrado algo, Franco dijo que no, que no había encontrado nada pero sabía que había encontrado algo mucho mayor: una renuncia infalible que provenía de un tiempo distinto al presente. ¿Cuándo Martina había decidido vender el libro en esa librería y olvidarlo? ¿Cuándo Martina había decidido renunciar totalmente a Franco como amor o como idea o como escritor? Y el mensaje ahí estaba desde un pasado remoto o desde dos pasados remotos, es decir, desde el pasado que contenía el amor y la dedicatoria y el pasado que él no conoce, cuando Martina decidió vender el libro. Pensó en comprarlo, en rescatar el libro, su libro, del olvido o de su propio olvido. Pero el libro jamás podría ser de él porque ya tenía dueña aunque esta ya no lo deseara. Un hijo abandonado, un hijo de ambos o algo parecido, pensó. Y, esto no sabe por qué, Franco comenzó a sentir una abrumadora tristeza, qué hijo de puta fui, se dijo, qué grandísimo hijo de puta fui y entonces fue con Claudine y le mostró el libro, también la dedicatoria y Claudine, con la alergia coloreándole la nariz, leyó la dedicatoria y re pensó todo lo que podía decirle y al final, con un poco de trabajo porque la garganta se le estaba tapando le dijo a Franco que probablemente eso merecía él, también el libro, que ella hubiera hecho lo mismo, que seguramente la hirió demasiado, que ella, aunque amaba muchísimo a Franco, tenía que ponerse del lado de Martina. Pero deja el libro ahí, le dijo, probablemente consiga otro dueño, otro lector al que le satisfaga llevárselo con una dedicatoria conteniendo otro mundo, otra historia. Y Franco pensó en Martina, la pensó mucho más que antes y quiso volverla a ver, quiso preguntarle sobre el cómo había decidido ella deshacerse del libro, de la dedicatoria, de él, entregándolo todo donde la suerte reconviene la presencia o el olvido. Pero Martina, eso no sabía o no lo sabe él, en ese momento, se bañaba en playa grande, en el mar del plata, acordándose de la familia que dejó hace tiempo, pensando en su laburo, pensando en el pequeño Estefano, nunca pensando en Franco. Y esto no lo sabe él, sólo Martina, cuando ella, después de un tiempo, decidió terminar con todo, cuando en casa de sus padres, después de un año de depresión y sin recibir nada de Franco, decidió cargar con todo lo que le recordaba a él y tirarlo, aventarlo a otro lugar o venderlo, sacarle un provecho. Y esto no lo sabe él, sólo Martina, pero cuando llevó el libro a la librería el propietario le dio veinte pesos, únicamente veinte pesos, pudo valer más, le dijo, pero tiene dedicatoria y no se puede vender como nuevo. No importa, dijo Martina, eso ya es mucho dinero. Y con los veinte pesos compró un café y se sentó en el zócalo de la ciudad, fumó un marlboro y sintió algo más que una liberación, como si el olvido comenzara a ocurrirle, como si Franco o la figura de Franco o Franco como escritor desapareciera en cada bocanada, como si Franco fuera menos que nada y al aplastar la colilla de cigarro en el suelo pensó en irse lejos, mucho más lejos, donde la distancia le podía entregar otras formas de olvido bajo formas de otras ilusiones, de otros mares, de otros libros. Y Franco nunca sabrá lo que sabe Martina porque Martina decidió, hace mucho tiempo, olvidarse o deshacerse de Franco y aunque a veces en su pensamiento Franco aparecía ella inmediatamente lo percibía como un muerto o menos que un muerto, menos que un olvidado y sostenía el último recuerdo, el libro vendido y ella fumando esperando sólo y únicamente la distancia y el silencio perenne entre ambas vidas.

16 comentarios sobre “TODOS LOS SILENCIOS

    1. Jajajajajaja así es!!! De hecho eso me sucedió el sábado, encontré en una librería de viejo el libro de un escritor que firmaba la dedicatoria y se me hizo demasiado triste, iba dedicado a una mujer y lo que le escribió fue demasiado emotivo. Pensaba comprarlo pero como es un libro que ya tengo (también dedicado pero para mí) entonces preferí otro jajaja Muchas gracias por la lectura y el comentario, Raquel 😊 Muchos saludos desde el sol azteca 🌞

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      1. Sí, creo que te habría encantado llevártelo, es un buen detalle y no, aquí apenas amanece así que buen día!!! ☀️

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      2. Si tengo algun@s amig@s que me dan las buenas noches cuando estoy entrando a trabajar jajajaja. Y si me lo habría llevado me parece un bonito detalle y una pena que una persona se quiera deshacer de ello pese a la situación a la que se haya llegado.

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      3. Sí, en el caso del cuento va más por la cuestión de la idealización y de que hay una confusión e indecisión constantes en el narrador. En realidad no le dice mucho a Emma y ella, al contrario, espera vivir un enamoramiento más aunque sabe ella que será difícil. Ella toma el control y el narrador es un tanto lento, por eso lo de ralentizar. Y como bien dices, ya afuera del cuento, a mí también me parece una tontería que si estás enamorado de alguien no seas capaz de hacer a un lado tus miedos o prejuicios o, como bien dices, no se ha vivido o sentido igual en ese instante o en ese momento. Tenemos una vida y somos tan cínicos como para darle la espalda al amor, dure lo que dure, ¿incongruente, no? Preferimos nuestra zona fría, preferimos no perder sin jugar 🤨 es sólo esta vida y la vivimos pensando que habrá más… ay el amor jajajaja

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    1. Wow!!! Creo que eso es muy bonito, sobre todo por lo que significan esos regalos para ti. Yo soy de los que se deshace de todo, por eso creo que Martina actúa así 😂

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      1. Bueno pese a que yo no sea de las suyas creo que siempre hay que entender que todos somos distintos y por ello merecemos un respeto. Nunca juzgaría a una persona como Martina porque no sabes lo que le llevo a ello y cada uno actúa como puede y como sabe

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      2. Así es aunque créeme que personalmente me gustaría ser más ligero en ese sentido pero creo que no me gusta mucho aferrarme a las cosas o al pasado, quizá tenga que ver con las experiencias jajajaa

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      3. Jajajja bueno no te creas que yo he tenido buenas… Pero creo que lo mejor es dejar pasar el tiempo lo justo para que cuando veas alguno de esos regalos solo tengas gratos recuerdos pese al dolor que te infundieran en un pasado. Llámame romántica pero yo me quedo con lo bueno. Una vez que pasas todo el duelo que a veces dura muchos años pero estamos hablando de media vida o más jajajajaj

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      4. La vida es bonita y hay recuerdos sumamente hermosos, yo creo que de eso se trata, de superar y tomar lo bueno, lo bonito y de ahí tomar fuerza y seguir adelante. Y lo mejor es que el tiempo ayuda a sanar mucho y ahí es cuando uno ve hacia atrás con otros ojos, con otras emociones 😊

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