EMMA ALLENDE

Nos conocimos en el bar del hotel, eso es todo. No recuerdo bien si leía a Palahniuk o a William Carlos Williams o a Roberto Bolaño pero estaba leyendo cuando ella se sentó también en la barra del bar y pidió una margarita. Por un momento pensé que el bar estaba atestado de gente pero en realidad sólo estábamos el bar tender, un guitarrista que interpretaba a Kurt Rosenwinkel, ella y yo a cierta distancia. Llevaba un vestido azul con blanco, ajustado, tenía el cabello lacio por debajo de los hombros, llevaba tacones y también, imposible no decirlo, tenía unos senos impresionantes. No podía dejar de verla a pesar de que regresaba cada que podía a las letras de Palahniuk, de William Carlos Williams o de Roberto Bolaño, de verdad no lo recuerdo bien. Pero sí la recuerdo a ella y todo lo que pasó después.

Yo andaba en la capital por motivos literarios. Ese día había presentado mi primer novela la cual fue comentada y aplaudida por un par de escritores que admiraba mucho en aquel entonces lo cual, claro está, me sorprendió bastante. La editorial tuvo a bien en pagarme los pasajes de autobús y una noche en un hotel un tanto distinguido. Parecía ser que le apostaban a mi escritura y mi editor quiso que mi estadía en la capital fuera no sólo generosa, también placentera. Después de la presentación fuimos los escritores, mi editor, Amanda (la jefa de la editorial) y yo a comer a un restaurante de medio pelo pero disfruté mucho de la comida y de la plática. Era mi primera vez inmerso en el mundo de la literatura y, no sé por qué, quise dejar a un lado mis prejuicios sobre los intelectuales y sus lugares comunes. Decidí disfrutarlo. En realidad no pasó mucho con ellos, sólo una plática interesante que pasó por Deleuze, Foucault, Kerouac, Nirvana, hasta el último campeonato mundial de futbol. Amanda nos dio toda una cátedra de futbol y nos contó las múltiples ocasiones que vio, en Barcelona, a Lionel Messi siendo Aquiles en el Camp Nou. Después de la comida y de la plática regresé al hotel acompañado por mi editor. Después nada, nos despedimos en el lobby, me dijo que en la semana iba a contactarme porque había probabilidades grandes de ir a una feria internacional del libro y que podía ser una gran oportunidad para la editorial y para mí, claro. Después subí a mi cuarto, me dormí un par de horas, después tomé un baño y después baje a leer al restaurante pero me dijeron que éste estaba abierto hasta las siete de la noche y fue entonces que me decanté por entrar al bar y leer o intentar leer.

Ya iba yo por la segunda cerveza cuando entonces entró ella y la escuché pedir la margarita. Afuera comenzaba a llover y tuve la sensación de que todo comenzaba a ralentizarse. El guitarrista seguía tocando y ella me preguntó qué estaba leyendo y creo que le dije que Palahniuk o William Carlos Williams o Roberto Bolaño y ella preguntó si yo era escritor y le dije que no pero después le dije que sí porque ese día había presentado mi primer novela, que le había dicho que no porque ya era costumbre decir que no y ella sonrió y se sentó a mi lado y me dijo que se llamaba Emma Allende y yo le dije mi nombre y nos dimos la mano. No sé qué sucede con nosotros los hombres cuando tenemos enfrente a una mujer portentosa, voluptuosa, creo que nos silenciamos totalmente. Schopenhauer mencionó algo de esto, principalmente al hablar del amor y la voluptuosidad. Decía que las parejas pueden ser muy hermosas, felices, encantadoras, se aman, se desean, se repelan pero cuando llega la voluptuosidad todo ese jugueteo, esa alegría graciosa desaparece desencadenando seriedad. La voluptuosidad, decía Schopenhauer, es bestial y la bestialidad no ríe. Creo que fue él quien puso el ejemplo de la pareja que se divierte, que se hace ciertos cariños, ciertos juegos, hasta que una mujer voluptuosa aparece, entonces ahí ambos callan. La voluptuosidad paraliza. Emma Allende era voluptuosa y todo su cuerpo pronunciaba en mí un feroz deseo, deseo que no conocía, como primitivo, animal.

Le pregunté a qué se dedicaba y ella sonrió y me hizo prometerle no asustarme. A modo de broma le dije que seguramente era escritora y estaba ahí como espía encubierto para platicar conmigo sobre mi novela, juzgarla, destrozarla. No, me dijo, soy actriz pornográfica, y tomó su margarita y comenzó a beberla sin dejar de observarme. Entonces sonreí incrédulo y le pregunté si ella era actriz pornográfica y me dijo que sí, que podía comprobarlo por internet y me pidió prestado mi teléfono celular, puso su nombre en el buscador y aparecieron fotografías de ella desnuda, también sugerencias de videos, entrevistas. Recuerdo haberle preguntado qué hacía ahí en el bar del hotel y dijo que la habían invitado a una exposición internacional de sexo, algo así como una feria del libro, me dijo, pero con mujeres semidesnudas, hombres semidesnudos, juguetes sexuales, libros, miles de preservativos, conferencias y muchísimos asistentes; que su participación había sido esa mañana, que esas exposiciones le parecen divertidas. Entonces no es como una feria del libro, le dije, en las ferias del libro puede haber casi todo lo anterior excepto muchísimos asistentes. Reímos, no sé cuánto reímos porque todo estaba ralentizado. Pero reímos y de repente me di cuenta que en el bar había más gente, que unos jugaban billar, que el guitarrista ahora estaba acompañado por un baterista y un bajista, que seguían interpretando a Kurt Rosenwinkel, creo. Y entonces no sé por qué le pregunté si era feliz con lo que hacía e inmediatamente me di cuenta de que en mi pregunta iba implícito cierto prejuicio y ella sonrió y me dijo que sí, que lo decidió cuando tenía treinta y cinco años, que su vida antes había sido demasiado aburrida, que había sido diseñadora, que trabajó para televisión un tiempo en post producción pero que no había nada interesante en lo que hacía. Me contó que ingresó en el mundo de la pornografía por un amigo suyo que trabajaba en televisión, que un día la vio harta y ella dijo que prefería mil veces estar en una orgía que estar editando videos o siendo perseguida por su jefe de producción y su amigo le dijo que le podía conseguir una cita en una productora de videos para adultos, si iba en serio lo de la orgía, a lo que ella primero dijo que no pero luego de repensarlo le dijo que estaba bien. Que en la entrevista todo estuvo bien, que habían sido muy amables con ella, que le mandaron a hacer estudios médicos, que incluso la hicieron pasar con una psicóloga. Que su primer video no fue una orgía, fue con un chico diez años menor que él y que éste la había tratado como ningún hombre la había tratado. Que después de la grabación ella y el chico fueron a comer hamburguesas a un restaurante. Que él pagó la cuenta. Que incluso la dejó en la puerta de su departamento. También me dijo que al día siguiente invitó a su familia a comer y que preparó risotto y que, una vez terminaron de comer, Emma les contó a sus padres y a sus hermanos sobre su incursión en el mundo de la pornografía y que principalmente los padres la cuestionaron sin malicia alguna y que, una vez expuestos los argumentos, le dijeron que siempre podía contar con ellos, que en realidad no era un delito, que podían ver en ella cierta valentía que muy poca gente tenía. Y que se abrazaron mucho, se abrazaron muy fuerte y esa noche, mientras limpiaba el departamento, se sintió por primera vez feliz consigo misma y que se prometió no permitirle a nadie arrebatársela. Soy feliz, me dijo, estoy muy satisfecha con lo que hago.

Decidimos salir a caminar. El bar estaba atestado y había dejado de llover. Ni ella ni yo conocíamos la ciudad y nos ayudamos un poco con nuestro celular para no perdernos. Ella me tomó del brazo y yo sentí su seno derecho apretarse en mí. Afuera pude percibir su olor. Era cítrico, tibio. Y era ya noche y era imposible ir a algún museo o a algo parecido. Nos detuvimos en el Palacio de las Artes y admiramos la arquitectura de mármol. De momento pensé que Emma era también de mármol, que su cuerpo era barroco, que todo en ella sostenía todos los deseos del mundo. La vi tras la luz de la noche y me pareció más bella y también más alejada de todo aquello que yo podía imaginar. De joven vi pornografía pero nunca fui asiduo, mucho menos de adulto y ahora, enfrente de mí estaba Emma restregándome en el rostro todo aquello que me había perdido porque la moral también es una forma de voluptuosidad, también paraliza, congela. Saqué mi cajetilla de cigarros y ella se alegró al verla. Me dijo que pensaba que yo era el clásico hombre ausente de vicios y le dije que hace años había renunciado al tabaco pero que lo había retomado. Me preguntó por qué lo había retomado y le conté de mi reciente divorcio y ella me tomó de la mano y me dijo que en este mundo hay más divorcios que automóviles y me pareció una metáfora terrible pero comencé a reír y le apreté la mano.

Una vez terminamos de fumar nos metimos en un café con terraza desde donde podía verse la catedral iluminada. Mientras bebíamos café y fumábamos ella me pidió que le contara sobre mi novela y le dije que contaba la historia de un poeta que en un arranque de locura fue a Seattle y que se obsesionó mucho con los asesinos seriales. El poeta, después, se convirtió en un asesino pero no de inocentes sino de poetas que plagiaban a otros poetas.  Ella frunció el ceño y dijo que le parecía algo interesante y yo le dije que no, que en realidad era una pésima novela pero que corrí con la suerte de vivir en una época de crítica literaria soez, sin pasión, vulgar, ingenua. Durante todo el tiempo que estuvimos en el café estuvimos tomados de la mano y cuando salimos de regreso al hotel no dejamos de sostenernos entre nuestros dedos. En el trayecto ella dijo que quería tomarse una foto conmigo y nos hicimos una selfie frente al Palacio de las Artes. Después la subió a sus redes sociales con el pie de foto “el poeta seducido”.

Al llegar al hotel me preguntó si mi cuarto tenía balcón y cuando le dije que no ella me dijo que subiéramos al suyo, que seguramente ahí podríamos ver el camino que habíamos recorrido de ida y de vuelta. Al entrar a su cuarto todo olía a ella, el olor cítrico inundaba el cuarto como si ella hubiera vivido ahí por años y vi encima de la cama ropa de ella, ropa que había usado durante la exposición a la que fue invitada. Vi sus bragas, su brasier, su pantalón de mezclilla, su blusa amarilla diminuta y supuse que el olor cítrico provenía de aquella ropa. Emma pasó al baño y yo acaricié la ropa, acaricié principalmente el brasier y lo acerqué a mi nariz queriendo recoger y retener el olor de sus senos. Sentí una fuertísima excitación, una excitación incontenible e hice a un lado el brasier, encendí un cigarro y salí al balcón preguntándome si lo que me estaba ocurriendo era verdad. Emma salió al poco tiempo del baño, se recogió el cabello y me pidió un cigarro. Nos sentamos en la banca del balcón y vimos nuestro trayecto, vimos las luces que iluminaban el Palacio de las Artes, también se podía notar la catedral. Ella dijo que sólo una vez en su vida había estado enamorada, que estuvo enamorada de un compañero del colegio pero que éste se interesó mucho por la música, que tuvo una banda de punk rock y que a muy temprana edad se dedicó a viajar con su música. Que le dejó de escribir y que ella se sintió devastada, lo suficientemente devastada para una adolescente confundida y que desde ahí no había vuelto a enamorarse. Que sí, que tuvo novios, pretendientes, que en una ocasión le pidieron matrimonio pero que ella se sabía nada enamorada. Me preguntó si creía en el amor y le dije que sí, que mi idea de amor era como un par de versos de Pizarnik, esos que dicen que “la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos.”  También le dije que puede ser un verso de la canción Love de Lennon, el que dice “Love is needing to be loved.” Emma dio una bocanada de humo. Después me tomó de la mano una vez más y me dijo que para ella el amor se le parecía a ese momento y nos quedamos en silencio, observando la ciudad, observando a los noctámbulos pasar como si fueran desapercibidos, también vimos algunos automóviles, también un avión raspar el cielo. Y pensé en lo supuestamente diferentes que éramos pero en realidad éramos totalmente similares. Nos preguntábamos lo mismo, nos preguntábamos sobre el amor y veíamos a los mismos noctámbulos, los mismos automóviles, el mismo avión. No éramos diferentes porque en realidad ambos buscábamos un principio que nos devolviera al todo y podíamos sentirnos ahí, tomados de la mano y podíamos asegurarnos ahí, tomados de la mano y podíamos sostenernos ahí, tomados de la mano. Hicimos el amor arrojándonos a la totalidad y al vacío, nos corrimos tantas veces fue posible, nos desgastamos, nos saciamos del cuerpo, nuestras mentes se nublaron por momentos y a veces nos quedamos atrapados en las sábanas, entre nuestros brazos, observándonos, aferrándonos. Éramos dos extraños perpetuando el principio de la humanidad en un hotel de la capital. Era el deseo del deseo del deseo sulfurando todos nuestros sentidos y después el silencio se adornó con el humo del cigarro y lo ruidoso de la ciudad que no dormía.

Y amanecimos.

Amanecimos también despidiéndonos. Ella tenía que volver a su país y yo tenía que volver a mi ciudad. Ella por aire y yo por tierra. Nos bañamos juntos, nos vestimos juntos, desayunamos juntos y en el hotel nos despedimos juntos. Ella, antes de arribar el taxi quiso tomarme una foto sin ella. Eres hermoso, me dijo y después me abrazó, me besó y guardó su número de teléfono en mi celular. La vi partir y yo subí a mi cuarto a dormir un par de horas antes de abandonar la capital y volver a la vida de siempre. Cuando desperté recordé todo lo que había pasado y en el celular puse en el buscador el nombre de Emma y me apareció una lista incontable de imágenes de ella desnuda o vestida, ella teniendo relaciones sexuales con uno o con varios hombres, también con mujeres, ella sonriendo y ella comiendo una crepa bajo la torre Eiffel.

Durante el trayecto de regreso pasé por los mismos lugares, por las mismas calles que Emma y yo habíamos transitado. No sólo todo se ralentizaba, se rebobinaba en mi mente y quise llorar hasta pulverizarme los ojos. Entonces sonó mi teléfono, tenía un mensaje de ella y al abrirlo era la imagen que ella había tomado la noche anterior, donde estamos frente al Palacio de las Artes y después me escribió diciéndome que ya había llegado a su país, que había sido un viaje lindo. Y yo le contesté que sí, que para mí había sido todo sumamente irreal y, no sé por qué se lo dije, que la extrañaba. Entonces ella escribió que quizá en otra vida, quizá en otra vida podríamos estar juntos, tal vez amándonos, y yo sentí que siempre habíamos estado juntos sólo que nunca lo supimos, que nadie nos dijo cómo encontrarnos, que nadie nos dijo cómo entregarnos, que en esta vida, pocas veces, nos devolvemos al principio, pocas veces, pocas veces.

9 comentarios sobre “EMMA ALLENDE

    1. Claro! Amar no me parece complejo, me parece complejo idealizar el amor. Creo que por ahí va la urgencia y esperanza de mi personaje principal. Siempre está idealizando, es como un escape y ahhh también es lindo.

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    1. En esas transiciones siempre hay ajustes a partir de lo que uno desea, de lo que uno reconviene consigo mismo, al menos eso creo. Y es lindo porque a uno le llegan personas y momentos justos a lo que uno quiere, a lo que uno espera. Llegará cuando estés lista, probablemente sin quererte hacer cambiar de parecer, más bien aceptándote y partir de ahí para algo que los trascienda.

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