SONETO AMOROSO

¿Por qué no puedo dejar de pensarte, Romina?,  ¿por qué no todo puede ser tan simple como dejarte ir y ya está?, ¿cómo empezó todo esto? y ¿cómo empecé yo a sentir todo esto?

Todo fue desde tus visitas constantes al café. Yo atendía ¿recuerdas? y tú bebías café americano y leías a Quevedo, ¿en esta época todavía alguien es capaz de leer a Quevedo? Sí y eras tú la que leía. Comenzaste llegando acompañada de un hombre que me parecía un millonario, un hombre de negocios, un extranjero, creo yo. Después comenzaste a quedarte sola esperando, a veces pasaba él a saludar, a veces y sólo a veces te daba un beso en los labios. La última vez que lo viste fue cuando llegó él empapado por una lluvia agresiva, me pidió un café y después se metió al baño para secarse un poco con las toallas de papel. Después regresó a ti y te hizo llorar ¿qué fue capaz de decirte que te hirió tanto?, me pregunté, y yo vi que tomaste tu rostro con las manos y comenzaste a llorar hasta quedar empapada, como si él te prestara la lluvia que llevaba consigo y te mojara el alma. Pero te veías hermosa también llorando y yo te observaba llorar y pasó poco tiempo y él se fue y yo me acerqué a ti. ¿Recuerdas que estábamos solos? Y te llevé un pay de limón, cerré la puerta del café con llave y te dije que quería escucharte, que yo era un desconocido y que era incapaz de juzgarte. No eres un desconocido, me dijiste y yo apenas sonreí pero por dentro no podía creerlo. Me contaste que Ortega, así lo llamaste, era un grandísimo hijo de puta, que te había pedido el divorcio y me alegré, vieras cómo me alegré de saber que estabas por divorciarte. Es un hijo de puta, dije y comenzaste a reír y me dijiste que Ortega tenía un amorío de hace años y que ahora se estaba consumando. Después ya estabas un poco más tranquila y no sé por qué te pregunté el por qué leías a Quevedo y me dijiste que era tu poeta favorito, que tu madre lo leía y que te recordaba a ella. ¿Tú lo has leído? me preguntaste y yo te dije que honestamente no leía poesía, que leía otras cosas, ¿qué otras cosas? volviste a preguntar y yo te dije que honestamente no leía, que no me gustaba leer. Hiciste el gesto de subir la comisura derecha de tu labio, ese gesto que yo había visto cuando leías y tomaste una cuchara y cortaste un pedazo del pay y te lo llevaste a la boca. Después me dijiste tu nombre, soy Romina, y yo te dije el mío, Lorenzo, y dijiste que te gustaba cómo preparaba el café, que te gustaban las galletas y que te caía bien a pesar de no hablar nada conmigo. Es difícil, dijiste, cómo uno frecuenta ciertos lugares y no pregunta ni siquiera el nombre de quien también los comparte. Entonces te dije que eran cosas de nuestra época, de nuestra modernidad acelerada, vacía y entonces dijiste, ¡ajá! eres filósofo y te dije que no, que simplemente me dedicaba a atender el café, que había dejado la carrera de administración, que estaba ahorrando para salir del país. Muy bien, dijiste, con tu juventud debes comerte el mundo y yo te dije que también eras joven y me dijiste que no, que una mujer de cuarenta y cinco años ya no es joven.

Me pediste que te sirviera otro café americano y me pediste permiso para fumar. Te dije que sí, que el local ya estaba cerrado y que podíamos hacer cualquier cosa y me pediste también que le subiera un poco a la canción que estaba sonando, creo que era Change the World de Clapton. Y te hice el café y cantabas bajo y yo te dije, mientras estaba preparándote el café que no cantaras tan bajo, que sonaba linda tu voz y lo hiciste, lo hiciste sin juzgarte. Te llevé el café y seguiste cantando hasta que me senté contigo una vez más y me preguntaste mi edad, te dije que veinticinco y me dijiste que era una linda edad, que todo se podía a esa edad y yo no entendía el por qué estabas tan obsesionada con la edad, no podía entenderlo y me hablaste de tu carrera, de tu hijo adolescente que se la vive tocando canciones de Nirvana encerrado en su cuarto, también de tu vida matrimonial, de tus viajes, de lo que dejaste ir, de tus lecturas, de Quevedo. Me preguntaba cómo una mujer así puede caerse tan de repente, cómo puede irse hasta abajo en cuestión de segundos y como si me leyeras la mente me dijiste que te sentías muy vulnerable, que no llorabas tu divorcio sino todo lo que se estaba llevando la persona con la que habías dormido todos estos años pero que las cosas, Lorenzo, tarde o temprano tienden a acabarse y también, otras cosas, suelen tener principio. Entonces pensé que ahí estábamos dos desconocidos compartiéndonos la soledad en ese momento único en todo el universo y que estaba bien, que se sentía bien. Eras hermosa, demasiado hermosa aun cuando tenías en el rostro ligeros rastros de rímel por las lágrimas que habías derramado. Y escuchábamos ya otras canciones y ya te habías terminado el pay y el café y dijiste que te tenías que ir y yo bromeando te dije que ya podías llegar tarde a tu casa y me sentí pésimo por la broma y sonreíste y me dijiste que tenías que llegar temprano porque tenías un hijo adolescente que quería ser como Kurt Cobain y que te daba miedo que se fuera a dar un tiro. Lee a Quevedo, me dijiste, y me dejaste tu libro y abrí la puerta y te vi tomar un taxi. Esa noche leí a Quevedo y en cada página te busqué y te hallé. Nunca había leído poesía y Quevedo apareció en mis ojos describiéndote.

Al otro día abrí el café como de costumbre y veinte minutos después apareció tu marido o tu ex marido acompañado de otra mujer. Se sentaron en la mesa donde sueles sentarte y sentí rabia, Romina, sentí que yo también te estaba defraudando. Antes de llevarles el café tomé el cuchillo con el que rebano el queso y lo puse sobre la charola. Les llevé el café y no esperé mucho, Romina, fue como instintivo y tomé el cuchillo, dejé caer la charola y a ambos les rebané la garganta. Cayeron agitándose, cayeron al suelo intentando tomar aire, intentando decir algo. Y cerré el café con llave y pensé que tenía mucha suerte porque ningún otro cliente había entrado. Arrastré los cuerpos a la parte de atrás, donde tengo cajas con café, con pan, aderezos. Comencé a hacer lo de siempre, a barrer, a limpiar la cafetera, a trapear y pude sacar un poco de la sangre que había quedado y que había hecho un camino rojizo hasta la bodeguita. Y llegaste casi a medio día, nunca habías llegado tan temprano y tocaste la puerta y nos vimos entre el vidrio de la puerta, nos saludamos y re abrí el café únicamente por ti. Te pregunté si todo estaba bien con tu hijo, si no se había suicidado y me dijiste que todo estaba bien pero que una cuerda de su guitarra se le había roto y que tenías que comprarla y llevársela después del colegio. Te pregunté si todo bien con Ortega y me dijiste que no sabías nada de él y yo te dije que apareció acompañado de una mujer en el café temprano y tú asombrada me preguntaste que cómo había sucedido eso si el café estaba cerrado cuando llegaste y te conté que lo había abierto, que entraron ellos y que sentía que te estaba traicionando. Te asustaste, Romina, me pareció que te asustaste y me preguntaste que cómo que te estaba traicionando y yo te dije que sí, al permitirles estar en mi café. ¿A dónde fueron? preguntaste y te lleve a la bodeguita y viste sus cuerpos tirados, fríos, aún goteando sangre. Entonces corriste desesperada, corriste gritando afuera del café y no sé qué me hizo pensar que esperaba que por lo menos me dieras las gracias. Entonces salí y te grité, te pedí que volvieras y la gente volteó a verme y llegaste con un oficial que estaba en la esquina cuidando un banco y corrió hacia mí y se abalanzó hacia mí y caímos al suelo, me golpeé la cabeza y no dejaba de escuchar tu grito, tu llanto. ¿Qué te hice? me preguntaba y al poco rato el policía habló por su radio con otros oficiales cercanos y la gente hablaba a la policía y pocos minutos después llegaron las patrullas y vieron lo que había hecho para ti, lo que había hecho por ti. ¿Por qué no puedo dejar de pensarte, Romina? ¿Por qué vuelves una y otra vez a mi mente con tu sonrisa, con tus comisuras, con tus lágrimas, con tu voz de mujer madura? ¿Por qué no aceptaste mi regalo? ¿Por qué te fuiste hasta donde me es imposible perseguirte? ¿cómo dice Quevedo: Empiézola a seguir, fáltanme bríos;  y como de alcanzarla tengo gana, hago correr tras ella el llanto en ríos?  Te pregunto, Romina, ¿Cuándo volveremos al café? ¿Cuándo me permitirás contarte el por qué lo hice, el por qué te quise demasiado?

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