LOS OTROS LUNÁTICOS

No había vuelto a la capital desde hacía años, no sé cuántos años pasaron sin que yo volviera a pisar el suelo de la capital. De adolescente fui a vivir solo a la capital, me matriculé en la facultad de filosofía y letras y viví casi nueve años ahí. Salí huyendo de la capital, la ciudad se había expandido como si fuera un micro universo pero más bien era un hoyo negro capaz de deglutirlo todo. La ciudad era ya más una cloaca hirviendo, una ciudad que carecía ya de remedio alguno.

Volví porque Luna quería pasar un fin de semana ahí, conocer al monstruo que se engullía a sí mismo y recordé el poema Aullido de Ginsberg y recordé la figura de Moloch y recordé algunos versos que había olvidado del poema: “¡Moloch cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloch cuyos rascacielos se yerguen en las largas calles como inacabables.” Cuando llegamos, Moloch o la capital alzaba sus brazos hacia el cielo y el fuego y el smog se esparcían por todos lados, el tránsito era insoportable y el hedor era sofocante. Al llegar a la terminal de autobuses avanzamos hacia el metro y en el poco trayecto hacia el centro de la capital pensé en aquellos ayeres cuando estudiaba, cuando trabajaba, cuando los otros amores, cuando la desolación y las tripas de Moloch. Pero principalmente recordé a Jerónimo, sus pasos incipientes de poeta. Habíamos sido muy buenos amigos en la universidad, él casi la pasaba siempre en mi departamento y nos dedicábamos a fumar, a leer a los Beat, también a los infrarrealistas, también nos leíamos entre nosotros. Pero él quería ante todo ser poeta, quería dedicarle su vida a la poesía y no había más. También estaban con nosotros Florencia y Morgan, la chica americana que se había enamorado perdidamente de Jerónimo.

Cuando llegamos al centro, mientras Luna observaba  el Palacio de las Artes maravillada y en silencio, yo creía observar aquellos pasos lejanos que antes había dado ahí con Jerónimo, con Florencia y con Morgan. En aquella época caminábamos hasta que las piernas nos hacían sentir el pleno dolor de la fatiga y casi siempre terminábamos en la librería central tomando café y fumando. Soñábamos distinto pero soñábamos y ellos querían ser escritores, principalmente poetas y yo intentaba algo con el cuento, con la novela. Andrés, eres necio, me decía Jerónimo cada vez que le hablaba de la novela. No entiendes, Andrés, que la novela es fracaso, constante fracaso. Florencia decía ¡quédate con los perros románticos! y Morgan, abrazada a Jerónimo, recitaba el poema de Bolaño con su acento americano, recitaba muy emocionada los versos que para nosotros conformaban un himno, una identidad que abrazábamos incluso en el silencio, cuando estábamos separados o cuando dormíamos separados.

Una vez dejamos las cosas en el hotel, Luna y yo decidimos caminar toda la avenida principal hasta que nos dolieran los pies. Los ojos de Luna brillaban ante Moloch que dentro de sí contenía ciertas maravillas. Mientras avanzábamos y una leve brisa de lluvia nos caía, le conté de ellos, de los perros románticos y le conté de aquella vez cuando fuimos al hospital pensando que habíamos descubierto a Guido Enric. Luna reía, Luna reía y pensé que hubiera sido lindo que ella me hubiera acompañado en aquellos tiempos cuando apenas teníamos veinte años y nuestro refugio era la literatura, el ron barato, los cigarros, el sexo casual, Moloch no siendo Moloch. ¿Qué fue de ellos? me preguntó Luna y yo sólo observé el cielo contaminado, el cielo enlodado que flotaba espeso bajando cada vez más lento hasta ser una humareda amarilla, una nata hirviendo que dejaba pasar unas gotas de lluvia. Florencia se volvió a Argentina una vez terminamos la carrera, había una especie de tregua tras la crisis del dos mil y quiso estar un tiempo con sus padres. Me dijo que me fuera con ella pero no quise, no era amor lo que teníamos, era otra cosa pero no era amor. Fue la primera en irse y en el aeropuerto nos abrazamos hasta que tuvimos que usar palabras. Nos dijo que nos quería mucho y Morgan no dejaba de llorar. Jerónimo le entregó la libreta en la que habíamos puesto nuestros primeros versos. Después partió y después nos escribimos mucho, después muy poco y después nos dejamos. Morgan no regresó a Estados Unidos, ella consiguió una beca en Francia y la despedida fue casi similar. Jerónimo no le dio una libreta, le dio uno de sus diarios, el que contenía, según él, su mejor poesía. Jerónimo y yo convivimos todavía unos cuantos años más en la ciudad, en ese tiempo ocurrió lo de Guido Enric, yo ya trabajaba y él escribía y caminaba y en ocasiones me hablaba por teléfono para decirme que iba a quedarse a dormir en la terminal de autobuses, en el aeropuerto, en una estación de metro. Después supe que tuvo un amorío con una mujer mayor, una mesera que tenía un hijo pero también supe por él que se separaron, que esa felicidad le impedía escribir y por un largo tiempo ya no supe de él.

Llegamos a la torre capital que tiene más o menos unos treinta y ocho pisos. Subimos los treinta y ocho y desde arriba vimos las tripas de Moloch. Luna me abrazó y me dijo que le hubiera gustado conocerme en aquél tiempo, que también le hubiera gustado conocer a mis amigos, que hubiera sido lindo compartir aquellos ayeres cuando Moloch todavía estaba dormido. La ciudad, le dije, no tuvo tiempo de comernos. En una ocasión, saliendo de trabajar, vi a Jerónimo que me esperaba. Andrés, me voy de aquí y me contó que Morgan había conseguido en España una entrevista con una editorial, que presentó los versos de Jerónimo y que estaban por publicarlo. Me abrazó muy fuerte, demasiado fuerte, estaba emocionado, me dijo que había conseguido dinero para el boleto de ida. ¿Cuándo te vas? le pregunté, mañana en la madrugada, me contestó. Lo acompañé al departamento en el que vivía, lo ayudé a empacar y me dijo que hiciera lo que quisiera con los libros, que me los dejaba. Tomamos el metro y me pareció Jerónimo un ser demasiado hermoso, muy bello. Estaba más delgado, su cabello le pasaba los hombros y estuvo sonriendo durante todo el camino. Cuando llegamos al aeropuerto, hicimos el check in, registramos las maletas y después cenamos un par de hamburguesas y consumimos toda la cajetilla de cigarros que yo llevaba. Pensé en que esta ciudad estaba dejando ir al único poeta de mi generación y me dio nostalgia saberlo partir. Vimos a las personas llegar, vimos a otras irse, vimos despedidas como de película francesa y también vimos a los solitarios llegando a la ciudad que les entregaría una desolación mayor y también vimos a los solitarios partir perdiendo un país o entregándose a otra suerte como Jerónimo o cambiando de aire. Jerónimo me contó que su padre le había dado el dinero para irse a Europa, que había aparecido hace poco con ganas de restablecer una conexión perdida y Jerónimo lo aceptó no obligado sino porque en realidad quería conocer a su viejo. Sigue atorado en los setentas mi padre, me dijo Jerónimo y le pregunté por qué y me dijo que era un hippie degradado pero que ganaba mucho dinero. Trabaja para la secretaría de cultura y se la pasa viajando, me dijo presumiéndolo, es el encargado de la promoción de los festivales culturales del país, es un bárbaro. Me dio gusto por Jerónimo, sentí que antes de su viaje todo se estaba acomodando para llegar tranquilo al otro continente. Después hablamos de nosotros, de Florencia, de Morgan a quien iba a volver a ver y poco tiempo después anunciaron el vuelo a Francia, el vuelo de Jerónimo. Ya está, Andrés, ya es hora, y me pidió que no lo acompañara. Nos abrazamos sabiendo ambos que no volveríamos a vernos. ¿Me visitarás, Andrés? me preguntó y yo le dije que sí, que muy pronto pero yo sabía, no sé cómo, que no iba a volverlo a ver.

Ya anochecía y Luna y yo seguíamos en la torre central observando las luces de la ciudad que se resistía a detenerse, que se resistía a la oscuridad. ¿Volviste a saber de él, de alguno de ellos? me preguntó Luna y yo le dije que sí, que Morgan me había enviado el libro de Jerónimo a casa de mis padres. Con el libro envió también una fotografía y en ella aparecía Jerónimo mucho más delgado, cansado, apenas sonriente. Murió, me escribió Morgan, todo comenzó con dolores de cabeza, migrañas intensas, que la resonancia magnética indicaba un tumor, que todo pasó muy rápido, que ni siquiera vio publicado su libro. Creo que también le envió el libro a Florencia y también le escribió. El mejor poeta de mi generación había sido mi amigo y había muerto sin saber que era el mejor poeta de mi generación.

Luna se quedó callada y observamos las vértebras alumbradas de la ciudad. Casualmente en ese momento ocurría un desfile de disfraces y vimos a las personas diminutas bailar, festejar. No quisimos bajar debido a que nos iba a ser difícil llegar al hotel debido al desfile y decidimos permanecer ahí un rato más y verlo desde lo alto. Entonces, no sé cómo, puse mi mirada en el Palacio de las Artes y vi a cuatro jóvenes caminando abrazados. Quise creer, quise pensar que eran Florencia, Morgan y Jerónimo. Quise creer, quise pensar que también estaba yo ahí. Quise creer, quise pensar que así nos veíamos nosotros. Pero todo había cambiado y también muchas cosas se acabaron. Y abracé a Luna y le dije que ya había cometido el crimen de crecer y Luna me dijo que entre todo ese laberinto yo había estado con ellos, en las entrañas de Moloch apenas despertando, que había estado con ellos hasta que la deshora influyó en nuestro encuentro y que todo acaba pero que también todo empieza. Y quise creer que éramos nosotros caminando abrazados, cansados de tanto caminar, soñando otros sueños pero soñando sabiéndonos absolutos, sabiéndonos nuestros.

8 comentarios sobre “LOS OTROS LUNÁTICOS

  1. Te leo y te vuelvo a leer, es tanto el sentimiento que transmites que me sentí frente al Palacio de las Artes. La nostalgia en esa visita a Moloch es inmensa, pero se disfruta en todo tu cuento, es maravillosa la facilidad con la que, por unos minutos, soy Andrés y estoy reviviendo sus recuerdos. Gracias por compartir!!!! 🙏🙏🙏

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