ITALIA

Conocí a Italia el mismo día que murió Kurt Cobain o más bien cuando lo encontraron muerto y que todo parecía un suicidio. Estábamos en un café que tenía televisión satelital y no sé si fue por ABC o por MTv News donde anunciaron el descubrimiento. Italia y yo, sentados en la barra, no apartamos la mirada del televisor pero a diferencia de mí, ella comenzó a llorar, al principio en silencio, después se recostó en sus brazos y se quebró un poco más. Lo primero que hice fue acariciarle el hombro izquierdo y cuando pudo finalmente alzar el rostro, le di un par de servilletas con las que pudo limpiarse las lágrimas y sonarse la nariz. Ya van dos en un año, me dijo ella, primero mi padre y ahora Kurt Cobain, cada vez la gente va sintiéndose más inútil y les es más fácil quitarse la vida y dejarnos totalmente rotos, descompuestos. No nos conocíamos y ahí ella ya estaba contándome sobre el suicidio de su padre. Pedí un par de vasos con agua y ella vio su reloj y dijo que no, que mejor tomaríamos un par de cervezas e inmediatamente encendió un cigarro. Todavía me queda una hora para volver a mi trabajo, dijo ella reteniendo el humo, ¡Dios!, odio tanto mi trabajo. Fue entonces que me dijo que se llamaba Italia, que la disculpara por el exabrupto pero, dijo ella, no sabes cómo estas noticias duelen hasta que vives algo similar. También comencé a fumar y escuchamos en el televisor los rumores, que parecía ser que Kurt no se había cortado las venas, que tampoco era un sobredosis, que era algo mucho peor, un arma, una bala. ¿Qué pasa en la mente de esta gente? Me preguntó ella sin quitar los ojos del televisor, ¿qué carajos pasa en la mente de esta gente donde encuentran más fácil matarse? Mi padre lo tenía todo, nunca podré entenderlo, ni una nota dejó, ni un aviso, nada, sólo una tarde llegué del trabajo y ahí estaba él, colgado, pálido, frío. Me quedé en silencio y ella comenzó a reír y me dijo algo así como no pongas esa cara, el muerto es mío, no tuyo. Le pregunté por su madre. Nada, ella vive en otro país, murió mi padre y ella decidió rehacer su vida, claro, sin mí. Bebimos un par de cervezas y fumamos otro par de cigarros. Después la acompañé a su trabajo, trabajaba para una editorial, se encargaba de hacer los contratos con los escritores y también se encargaba de organizar las presentaciones de libros. Le pedí su teléfono con la finalidad de hablarle en la noche, platicar y hacerla sentir acompañada. Me lo dio como si no le importara si yo fuera un asesino serial, un ratero o un acosador. Me lo dio como si quisiera que fuera todo lo anterior y pudiera arrebatarle la vida pronto.

Durante los meses siguientes estuvimos saliendo, caminábamos o íbamos al café o a veces yo la acompañaba a las presentaciones de libros de algunos escritores o íbamos al cine o íbamos a leer al parque. La mayoría de las veces terminábamos en mi departamento haciendo el amor para después subir a fumar en la azotea. Después ella se ganó una beca y se fue un tiempo a Barcelona y de vez en cuando me llamaba por teléfono, también recibía una que otra postal, también cartas, también fotografías. Después de medio año de su estadía en Barcelona dejamos de hablar, de escribirnos y el silencio se adjudicó algunas respuestas o algunos desconsuelos. Y así fue hasta que unos años después recibí una caja con mis cartas, mis fotografías, unos libros y los discos de Nirvana. También recibí un sobre tamaño carta con un escrito de un tal Josep que según había sido pareja de Italia y que él había sido el remitente de la caja. En el escrito Josep se disculpaba por hacerme llegar las pertenencias valiosas de Italia pero que, según él, esa había sido voluntad. Cuando leí eso inmediatamente sentí un frío intenso y conforme fui leyendo, Josep, en una voz imaginaria, me contaba sobre el suicidio de Italia quien sin más había hecho lo mismo que su padre pero mucho más joven, sin hijos, también sin nada. Yo amaba a Italia, decía Josep, pero sé que siempre pensaba en ti y que todo lo que escribía se relacionaba contigo. Supe que se convirtió en traductora y que intentó publicar un libro de poemas. También que cantaba y tocaba la guitarra en algunos bares de Barcelona. Con Josep vivía y con él conoció Francia, Italia, una Alemania apenas libre y claro, gran parte de España. Pero odiaba viajar, detestaba viajar. Me contó del último mes de Italia, de los dolores en el estómago, de las pesadillas constantes, de los presentimientos de que pronto iría a morir. Se levantaba en la madrugada, no prendía ninguna luz pero sabía dónde estaban los cigarros y el encendedor. Fumaba, lo sé bien, pensando en cómo suicidarse o pensando si tenía el coraje para hacerlo o pensando si tenía el coraje para no hacerlo. Ella me amaba pero siempre estabas tú y ese era otro tipo de amor. Josep dijo que en la última semana Italia estaba muy feliz, que hacían el amor como adolescentes, que incluso había dejado de fumar, que comía mucho helado. Pero una noche llegué de trabajar y ahí estaba ella, colgada, ya sin todo, ya sin ella. A diferencia de su padre Italia había dejado una nota muy breve, una nota con un mensaje amoroso a Josep, las instrucciones de hacerme llegar sus pertenencias que ella consideraba valiosas y también un mensaje breve para mí que decía “para algunos el desatino es destino, perdóname”.

El sobre contenía unas cuantas fotos de ella, en ninguna de ellas aparecía en la Torre Eifel o en algún castillo alemán o en el Park Güell. Todo lo contrario, son fotos de ella en el departamento, fotos de ella escribiendo o sosteniéndose en una sola pierna como bailarina sonriendo, fotos de ella sentada en el suelo fumando y observando sus discos, fotos de ella desnuda, fotos de ella en la azotea del edificio donde vivían. Josep había hecho un trabajo sumamente amoroso por ella y sé que esas fotos las había tomado él y que seguramente le había dolido entregármelas. Abrí sus libros y los fui hojeando y observé sus subrayados, sus palabras al lado de los fragmentos, su otra escritura. También abrí sus discos, discos que ella intervenía y los llenaba de frases amorosas a Kurt, frases amorosas a su padre. Coloqué en el modular el Nevermind e inmediatamente escuché la voz de Italia en mi cabeza preguntándome ¿qué carajos pasa en la mente de esta gente donde encuentran más fácil matarse? Volví a la carta y marqué el número que Josep me dejaba para saber si el paquete había llegado. Marqué el número y al otro lado se escuchaba una voz joven, una voz de un joven, creo yo, de veintiocho años. ¿Josep? le dije y él preguntó quién era primero en catalán y luego en español. Le dije que el paquete había llegado y él comenzó a llorar y a decirme que la extrañaba, que no sabía qué hacer con ese dolor. Lo invité a mi país, le dije que no se preocupara por el hospedaje, le dije que podía sanar desde aquí, también le dije que las fotos no me pertenecían, que podía venir y llevarse lo que quisiera de las pertenencias de Italia. Le di mi número telefónico. Tal vez te hable pronto, amigo, dijo, y ya veremos. Colgamos enviándonos un abrazo. Apagué el modular y salí a caminar pensando en lo que pudo ser la vida de Italia. Llegué al café donde la había conocido años antes y pedí una cerveza y un cigarro, en el televisor pasaban un partido de futbol y pensé en la frase que me había escrito Italia, “para algunos el desatino es destino” y entonces comencé a llorar y me recosté en la barra en la misma posición que años antes había estado Italia al saber sobre el suicidio de Kurt. Pero la gran diferencia era que aunque yo quisiera, Italia no iba a llegar a sobarme el hombro y a darme un par de servilletas. Y aun así esperé un tiempo hasta entender que Italia no volvería en esta vida, que Italia se había abandonado, que nos había abandonado, que había abandonado la vida, que había abandonado nuestra vida.

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