VISITA

Siempre eran las luces. Podía sentirlas y me producían fiebre, delirios, y caía en cama por días. Mis padres, asustados, me llevaron a un número incontable de doctores y yo decía que todo era por las luces pero los doctores reían y me mandaban medicamentos que aligeraban muy poco lo que sufría. Pero las luces me quemaban, podía sentirlas, me quemaban al principio y comenzaban los dolores de cabeza, la fiebre, las ilusiones, los sollozos, el sentir unas manos gigantescas llevándose mi cuerpo y escuchar ruidos alrededor de la cama, escuchaba pasos húmedos y podía sentir miradas y cuando abría los ojos desaparecían las luces y me quedaba en cama sudando, enfermo, con los dolores de cabeza y las lágrimas sin detenerse.

La primera vez que sucedió tenía cinco años. El cielo había estado rojo durante la tarde. Yo estaba jugando con unos primos al futbol cuando de un momento a otro me quedé observando el cielo y sentí una tensión inexplicable en mi cuerpo. De un momento a otro la tensión desapareció y pude seguir jugando pero en la noche todo fue distinto aun cuando mis primos se habían quedado a dormir y eso me daba cierta tranquilidad. En mi mente seguía apareciendo el cielo rojo y cuando mi madre apagó la luz de mi cuarto la tensión apareció y comencé a sentir que no podía respirar. Fue cuando vi por primera vez las luces que atravesaban los vidrios de las ventanas, las cortinas, y se colocaban alrededor mío e inmediatamente cerré los ojos, el miedo me carcomía y no podía decir nada porque me era imposible abrir la boca. Entonces escuché los pasos alrededor de la cama, sentí que me jalaban las piernas, que cargaban mi cuerpo, que me observaban y el dolor de cabeza se intensificaba, sudaba y después las luces desaparecieron y al abrir los ojos sólo me rodeaba la oscuridad. Mi madre llegó esa madrugada al cuarto preguntándome si estaba bien, que qué hacía despierto tan temprano y yo le dije que habían sido las luces y ella, sin hacerme caso, me dijo que escuchó como si yo hubiera estado corriendo. Me tomó la temperatura y todo estaba mal y comencé a llorar entre sus brazos, no quería separarme, no quería nunca volver a dormir.

*

Tuvieron que pasar diez años para volver a ver las luces. El primer suceso se lo había adjudicado a una fiebre infantil como esas que en algunas ocasiones terminan por matar a los niños por lo que, más bien, parecía un mal sueño y así quise dejarlo. Pero después, a mis quince años, volvió a aparecer el mismo cielo rojo que yo había visto antes y entonces volví a tener los mismos síntomas que había experimentado de niño. Mientras caminaba de regreso a mi casa comencé a sentir que algo en mí no estaba bien, comencé a sentir demasiado frío y estuve vomitando como por cinco minutos. Después, alcé la mirada y ahí estaba el cielo rojo una vez más, justo como lo recordaba. Quise correr pero me fue imposible, caí a la calle y entonces fue que perdí el conocimiento. Una señora que vio lo que me sucedía le comentó a mi madre que en el suelo comencé a convulsionarme con los ojos abiertos, sin quitarle la mirada al cielo. Desperté en el hospital y mis padres me contaron que me estaban haciendo pruebas para descartar una posible epilepsia. Les quise decir que eran las luces, que esperaran, que se quedaran conmigo y que podían verlo todo pero pensé que eso más que asustarlos les daría argumentos para llevarme al manicomio. Esa noche estuve totalmente despierto y las luces no aparecieron. Al otro día me dieron de alta y en casa, esa noche, también la pasé despierto esperando las luces pero éstas nunca aparecieron. Pensé que probablemente la epilepsia podía ser una realidad lo cual, no sé por qué, me alivió un poco. No fue sino hasta una semana después que aparecieron las luces mientras yo dormía. Por una extraña razón no tuve fiebre ni ninguna complicación, sólo estuve detenido, estático, sin poder moverme, sin poder abrir los ojos. Recuerdo muy bien los sonidos, los pies descalzos sonando por el cuarto, las manos en la pared como si intentaran escalarla. También, recuerdo, dejé de tener miedo. Poco tiempo pasó para que desaparecieran las luces y pudiera abrir los ojos. Cuando los abrí todo estaba en orden, no había rastro de ninguna visita. Fui al baño para echarme agua en la cara y al verme al espejo vi rápidamente que un ser estaba atrás de mí observándome con sus ojos negros enormes, vi un rostro sin nariz con una boca apenas perceptible, un rostro gris, sin cabello, un rostro que me miraba fijamente y así, al querer voltear, caí al suelo. Estoy cien por ciento seguro que antes de caer el rostro me había tocado el hombro con su mano gris. Dice mi madre que escuchó el golpe, que al llegar al baño me vio convulsionando, que hicieron todo aquello que los doctores les indicaron si las convulsiones se repetían, de ser así, le dijeron, traiga a su hijo otra vez, entonces la epilepsia sería más que evidente.

*

No pude llevar una vida normal, anduve años medicado. Cada visita de las luces se traducía en cuadros cada vez más graves de epilepsia. Tuve un par de parejas que al vivir mis convulsiones prefirieron salir corriendo. Ellas no veían las luces ni los rostros grises ni eran capaces de escuchar los pies tocando el piso. Ellas sólo vieron mis caídas, mis estremecimientos, mis despertares en hospitales. Tampoco pude tener hijos y pude tener un perro el cual murió a los siete años de acompañarme. Apareció muerto cuando el cielo rojo se anunció, cuando las luces me tumbaron y varias manos me tocaron. La última vez que aparecieron fue cuando decidí enfrentarme totalmente a ellos. Esa tarde el cielo se había enunciado y yo, mientras bebía una cerveza en el bar, comencé a sentir los síntomas de que las luces se estaban aproximando. Salí del bar despacio. caminé incluso procurado por dos perros callejeros de color negro que de vez en cuando se cruzaban en mis pasos como si estuvieran jugando entre ellos a ver quién me hacía caer. Cuando llegué a la casa me desnudé totalmente, tomé una pistola que tenía preparada para esa ocasión y me metí a la cama. Comencé a sentir la fiebre, las ganas de vomitar y el cuerpo comenzó a temblarme pero incluso pude soportar un posible desmayo. No recuerdo cuánto tiempo estuve luchando contra los síntomas. Lo que sí sé es que ya en la madrugada las luces llegaron y nuevamente escuché los pies descalzos, las manos en las paredes, las manos en mi cuerpo. No sé de dónde obtuve la fuerza posible pero apenas pude inclinarme disparé sin abrir los ojos y el cuarto olía a pólvora y las luces no desaparecieron y el hombre gris colapsaba en el suelo con un agujero en el pecho y vi los detalles de ese rostro y vi que siempre había sido el hermano de mi padre, que él era las luces, que él era las manos, y afuera las luces de su auto seguían encendidas y a lo lejos se escuchaban grillos y patrullas aproximándose.

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