UNA HUELLA CÓSMICA

Mi madre tenía ese enorme afán de coleccionar partituras para piano. Cuando yo era niño, mi madre tocó tanto el piano que de un momento a otro comenzó a tener grandes periodos de olvido, es decir, como una demencia pronta sin caer en el Alzheimer. Por aquel tiempo mi madre tenía veinticinco años y ya estaba olvidándolo todo. Mi padre decía que había sido por las largas jornadas frente al piano pero mi abuela decía que más bien fue todo por un mal sueño que mi madre tuvo y que olvidó contar. Así que poco a poco fui perdiendo a mi madre porque ella comenzó a olvidarme. Por más que me esforzara, mi madre cada día olvidaba más y más mi rostro, mi cuerpo y mi nombre hasta que se quedó viviendo totalmente en la sala, frente al piano, diciendo absolutamente nada. Fue ahí donde el Alzheimer la inundó, explotó la estrella hacia adentro.

Mi padre hizo casi nada por ella y al verla como planta en la sala comenzó él a aventurarse en otros cuerpos. A veces llegaba por la noche, a veces no, hasta que el no verlo más fue una constante. Mi abuela decía que mi padre era un hijo de puta y yo pensaba que no, que en dado caso la hija de puta era mi madre por olvidarnos y abstraerse hasta explotarse. Mi madre era eso: un agujero negro que nos chupaba la luz a todos, que nos fastidiaba con la gravedad de su olvido y que si había algo más allá de ella nos era imposible saberlo. Mi padre hablaba a veces por teléfono y me decía que a él todo bien, que me iba a mandar dinero con un tío que jamás conocí, que iba a regresar pronto. Con mi padre tuve más pláticas por teléfono que en persona. Nunca llegaron ni el tío ni el dinero.

Así que mi madre no hacía absolutamente nada más que recibir nuestros cuidados. La alimentábamos como podíamos, la bañábamos como podíamos y después la dejábamos en la sala observándola casi siempre unos diez minutos pidiéndole volver. Pero ella no volvía o más bien no quería volver hasta que, unos años después, al despertarme y al ir hacia la sala vi que ella se estaba arreglando en el baño. Llevaba encima un vestido verde muy lindo que pocas veces le vi, estaba ella muy bien peinada y cuando la vi estaba ella observándose en el espejo pintándose los labios. Damiancito, me dijo, ¿me veo bien? y de repente entendí que el agujero negro dentro de sí no tenía cabida para el tiempo. En mi madre no había pasado ningún segundo desde el olvido repentino. Cuando comenzó a olvidar yo tenía diez años y, al pronunciar mi nombre yo tenía casi dieciocho, tenía un padre telefónico y una abuela maldiciendo su suerte. Te ves hermosa, madre, le dije y ella sonrió en el espejo. Te ves mejor, Damiancito, y yo no reparé en mi aspecto e inmediatamente me pregunté el cómo mi madre podía identificarme si yo ya era casi un hombre. Salió del baño y se colocó frente al piano sobre el cual, para mi sorpresa, estaban un cenicero sosteniendo su cigarro y una taza de café a medias. Vi también las miles de partituras esparcidas en la sala y sus apuntes del conservatorio. Sonreí porque era real: mi madre no era un agujero negro, más bien mi madre había viajado en el agujero negro y salió con vida, recordando. Tomó un libro con los nocturnos de Chopin y después de elegir una pieza puso sus manos sobre el piano. Entonces una vez más quedó en silencio, sus manos no se movieron y los pies se separaron de los pedales del piano. Y entonces se recostó en el sillón donde siempre dormía, cerró los ojos y una vez más la estrella fue hasta dentro de sí hasta explotar, abstraerse demasiado y convertirse en un agujero negro aún mayor, aún imponente. Mi madre no volvió a abrir los ojos, no volvió a recordar, nada pudo salir de ella… no pudimos escapar de su fuerza de gravedad, no pudimos escapar de su olvido infinito.

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