CICATRICES

Nunca me gustó la idea de convivir conmigo mismo. Casi siempre he tenido esa sensación, ese fastidio convulso de tenerme, de ser yo. Cuando veía fotografías mías siempre solían provocarme desagrado, principalmente mi rostro. Creo que lo único que aprecio de mi rostro son mis ojos pero quizá sea porque parece que nunca llegaron a tiempo para ver la oferta del mundo, o la de Dios, o de quien sea. En breves palabras, casi siempre tengo esto de odiarme y de despreciarme y entonces una voz en mi mente me dice que sí, que tengo razón, que soy despreciable, que da igual estar o no en el mundo, de habitar la vida.

No me considero, eso sí, una persona endeble, ligera. Todo lo contrario, desde que reconocí mi autodesprecio suelo vivir con una fortaleza un tanto mística que me ha ayudado sí a sobrevivir pero también a tener cierta valentía. ¿Por qué nos resistimos tanto a la fealdad, a la monstruosidad, a sabernos así, desproporcionados, asimétricos, falsos? ¿Por qué nos herimos tanto sin reconocernos humanamente terribles?

Yo me di cuenta desde muy pequeño. Los chicos del colegio todo el tiempo me molestaban por cualquier tontería. Me llamaban El monstruo. Me golpeaban, me quitaban el desayuno y en muchas ocasiones me desnudaron en el baño y se llevaron mi uniforme. Mi abuelo, incluso, puso una demanda al colegio pero no pasó nada y yo no quería cambiarme de escuela porque ahí estaba Pola y no quería separarme de ella. Pola era una chica hermosa. Tenía los ojos aceitunados pero toda su piel era oscura. A ella también la jodían. Le decían la negra, la morocha, la colorosa pero nunca les hacía caso. Ella y yo solíamos en los recreos protegernos en un salón que estaba repleto de chatarra, de mesas inservibles, de pizarrones destrozados. Sólo ella y yo sabíamos cómo entrar ahí y cada que podíamos nos ocultábamos en ese lugar. Ahí supe que sus padres eran de Haití, que pudieron huir de su propia tierra y que llegaron a esta parte del mundo, incluso, con otros nombres. Aquí nació Pola y creo que esa es la única real belleza que pudieron mis ojos percibir a tiempo. Nos queríamos, creo yo, demasiado.

En una ocasión uno de los chicos nos siguió hasta el salón y vio que la entrada se daba por una ventana floja. Casi a punto de terminar el recreo llegaron los seis que nos molestaban y entraron al salón. Comenzaron a burlarse de nosotros y uno de ellos agarró a Pola del cabello, le bajó la falda de la escuela y comenzaron a tocarla. A mí me tenían agarrado dos de ellos pero fue tanta mi fuerza y mi odio hacia ellos que logré zafarme y fui sobre uno de ellos que estaba por violarla.  Le mordí el cuello hasta romperle el cartílago tiroides y una vez que comenzó a salir la sangre comencé a succionarla hasta caer desmayado. Sólo recuerdo los gritos y una voz que decía que parecía yo un animal, una bestia. Desperté en el hospital y alrededor de mí, policías y agentes de cuidado infantil me sometieron a interrogatorios. Terminé en un reformatorio, aislado, alejado de todo. Sí, me dije desde muy pequeño, soy un animal, un horror andante sin parecerme a ningún demonio. No tenía la fisonomía monstruosa como aparecían los monstruos en los cuentos que el abuelo me contaba. No la tenía pero me sabía como tal y poco me importaba. Sí, era yo un monstruo con toda la valentía y el hartazgo posibles para salvar a Pola.  

Durante el tiempo que estuve en aislamiento no pude ver mi rostro. Fue mucho después, durante mis sesiones psiquiátricas. Al verlo, decía que no, que ese no era yo, y el psiquiatra anotaba sus observaciones en una libreta azul. ¿Cómo te sientes?, me preguntaba aquél hombre y yo le respondía que me sentía bárbaro, confiado, entregado. ¿Entregado a qué?, entregado al rostro que deseo.

Salí de ahí cuando cumplí la mayoría de edad. Mi abuelo, al morir, me dejó una grata cantidad de dinero y su departamento. Retiré del departamento todos los espejos y estuve encerrado cerca de dos años. Únicamente salía a comprar comida, cigarros, revistas pornográficas y regresaba a la casa a hacer nada. Encontré en la casa una caja con mis pertenencias de niño. Ahí hallé una pequeña agenda que tenía únicamente dos números telefónicos: el de la casa del abuelo y el de Pola. Le hablé por teléfono y contestó su madre diciéndome que estaba en la universidad, que llegaba por la noche. Sentí cierta felicidad e impulsivamente comencé a arreglar la casa. Toda la basura que había acumulado, todas las cajetillas, las revistas, todos los envases de refresco vacíos los puse en una cuántas bolsas para basura e incluso abrí cortinas y ventanas. Ya en la noche le volví a llamar y Pola contestó intrigada ¿por qué me hablas, Rubén? y yo le dije que todo este tiempo la había extrañado, que no había dejado de pensar en ella. Eres un asesino, Rubén, eres un asesino, y entonces colgó el teléfono.

Fue en ese preciso momento donde ocurrió el acto de iluminación. Me mordí el labio a tal extremo que comenzó a sangrar y poco a poco fui bebiéndome mi sangre y poco a poco fui mordiéndome más. Había dolor, sí, pero sabía muy bien que podía acabar con mi rostro de la mejor manera. Fue entonces que busqué algo con lo que pudiera reflejar mi acto y vi que apenas frente al televisor podía observarme. Tomé un cuchillo y comencé a quitarme la nariz, también a comérmela y después fueron las orejas y las mejillas. Caí desmayado y tuve ese sueño en el que yo no era yo, sino era otro y estaba tomado de la mano de Pola, abrazado a Pola, amado por Pola.

Desperté en el hospital. Un vecino vio todo el acto hasta que caí desmayado y me arrepentí por el hecho de haber abierto ventanas y cortinas en mi momento de euforia. Habló a la policía, llegó una ambulancia y me sacaron con el rostro vendado. En el hospital apenas y podía percibir el olor de mi rostro. Recordé al chico que había matado y me llegó cierto júbilo por la nostalgia de aquél tiempo. Durante las curaciones la enfermera me contaba cosas de un mundo para mí desconocido. Me hablaba de fútbol, de novelas, de súper héroes, de carreras profesionales. Yo no podía hablar porque me había destrozado los labios y ella cada vez que me quitaba las vendas me preguntaba el por qué me había hecho eso, el por qué me había destrozado el rostro. Yo sólo quería contestarle que lo odiaba, que por eso lo había hecho.

Me dirigieron al psiquiátrico y me parecía terrible estar rodeado por gente que se defecaba encima, por masturbadores convulsos, por gente que hablaba sola, por artistas jodidos de amor. Pero yo les daba miedo y todos paraban sus actividades convulsas con sólo verme. El esquizofrénico siempre que me veía corría gritando cosas como ahí viene el monstruo o el sin cara me quiere comer.

Pasaron algunos años hasta que recibí la visita de Pola. Cuando me dijeron no lo podía creer y corrí hacia el jardín y ahí estaba ella, con los ojos aceituna. Le pregunté el por qué me visitaba y ella dijo que estaba en un grupo religioso y que la motivaron a buscarme, a pedirme perdón y a agradecerme. Le dijeron que Dios siempre había estado a su lado pero que tomaba formas extrañas para salvarnos. Yo sólo reí y le dije que no creía que Dios hubiera querido alguna vez tomar mi forma, tomar mi rostro. Entonces vi el rostro de ella, la ternura y la divinidad reposada en ella e instintivamente quise apoderarme con mis dientes, con mis uñas, de su rostro iluminado. Pero sucedió todo lo contrario. Ella comenzó a llorar y se incorporó, se despidió de mí y salió corriendo. A mí me llevaron a mi cuarto y antes de ponerme bajo llave le pregunté a la enfermera si creía que Dios podía tener mi rostro. Ella dijo que no, que Dios no se atrevía a tanto y escuché el seguro de la puerta y los pasos de ella alejarse hasta que fue posible todo el silencio… y un rumor de Pola apenas perceptible en mi rostro, en mis ojos, en las lágrimas cayendo y ardiendo en cicatrices de aquel rostro que ni Dios se atreve a mirar.

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