LIGIA

Fue en un viaje a Uruguay cuando recibí la llamada. Antes de abordar el avión, en la sala de espera, me dijeron que había ganado el premio de novela. Un premio que, según la persona que llamó, me daría esa distinción por encima de muchos escritores. No es nada fácil, continuó diciéndome, ganar este premio y más cuando los otros escritores contaban ya con una carrera literaria de renombre. Así lo dijo.

Agradecí el llamado y mientras me dirigía al avión pensaba más en el dinero que en el tiraje de la novela o en las presentaciones de mi libro o en las entrevistas. Yo, en realidad, ni siquiera quería ganar el premio porque llega uno a cierta edad en la que decide renunciar a ciertas ambiciones o deseos. Me refiero a la ambición de ser escritor y  ponerse ciertos adornos. Lo del dinero siempre será ambición y deseo.

Inscribí mi texto con pesadez. Fue el mismo día cuando Ligia tomó mi rostro y me dijo que no podía estar más conmigo, que ya era difícil todo, que se nos había acabado el tiempo hacía unos cuantos años, que estábamos separándonos muy tarde. Una vez se fue, lo primero que hice fue encender la computadora, buscar la convocatoria del premio que había visto un mes antes y una vez la encontré, adjunté el archivo en el correo y envié la novela despedazándome en recuerdos que quería detener. A diferencia de muchos, mi caso jamás estuvo ligado a tristezas acompañadas por el alcohol. Lo mío está más ligado al tabaquismo y a encender el televisor y cachar, como sea, un partido de futbol y recordar lo perdido y echarme a llorar. El futbol, casi siempre, me coloca en un estado de vulnerabilidad totalmente azul. Por eso que mis amigos no me invitan a ver el futbol o asistir al estadio porque me muestro silencioso o simplemente me ahogo en angustias que comienzan en el estómago y después se posan en mis ojos.

La primera vez que me sucedió eso fue cuando tenía ocho años. Mi abuelo paterno me hizo sentarme a su lado para ver el futbol y su euforia le congeló el corazón a tal punto que después se quedó callado, con la boca abierta, con los ojos abiertos y un grito desesperado y ausente por un gol anulado. Eso fue y eso es. El futbol me entrega la ausencia y el recuerdo del viejo. Por eso que el futbol, siempre, me hace ir a todos los pasados de mi vida, me hace ir a los momentos que en el presente no pienso ni distingo sino hasta que el narrador anuncia el rodar del balón. Mis tristezas me las recuerdan las faltas, los goles, las atajadas, las tarjetas amarillas, las tarjetas rojas, los penaltis, los aficionados corriendo en el campo intentando abrazar a sus ídolos. Vi un Barcelona contra Real Madrid y recordé a Ligia y me reproché el haber enviado mi novela.

Ligia, todo lo contrario a mí, sí tenía éxito en su carrera profesional. Por eso que entiendo, casi al cien por ciento, el por qué se separó de mí. Mientras yo fluctuaba entre trabajos mediocres, Ligia hacía nuestro hogar, económicamente, un tanto más llevadero. Al principio, cuando comenzamos con nuestra relación, ella se mostraba divertida y ansiosa por verme llegar a ser el escritor que me proponía. Sí, había mucho por hacer y se hacía. Envié incontables cuentos, poemarios, novelas a cuanto concurso posible y la respuesta siempre era la misma: “Su texto no puede ser publicado debido a… ” O bien, una ausencia de correo y otros nombres como ganadores. Y así, tanto a Ligia como a mí se nos iba desapareciendo la ilusión entre los ojos y entre los dedos hasta que, creo yo, un día me quitó de encima todo lo que esperaba de mí y se dio cuenta que yo, en realidad, era un cualquiera, un humano más con sueños alejados. De más está decir que, si antes le disgustaba que yo viera un partido de futbol por aquello de los recursos de mi memoria para acceder a patadas a mis recuerdos, ahora podía ver tanto futbol posible y recordar hasta lo insoportable. Cuando me di cuenta de eso comencé a escribir la novela que ganó el premio. Ligia dejó de preguntarme sobre lo que escribía. Sólo llegaba en la noche y me preguntaba si en mi trabajo de aquél momento iba bien y yo intentaba contarle sobre la novela pero ella se iba perdiendo en su taza de café. En una ocasión me habló por teléfono y me dijo que no iba a llegar. Entonces no pregunté nada y colgó la llamada. Yo seguí escribiendo intentando evitar cualquier re transmisión de futbol. Llegó ella al otro día por la noche, llegó al principio interesada por mi novela y una vez comencé a contársela, Ligia se fue al cuarto llevándose consigo el café y su computadora. Noté que también ella escribía, que reía, que volvía por más café, que volvía a escribir, que volvía a reír.

Comenzó a volverse una costumbre su improvisada ausencia. A veces, según ella, iba con amigos al teatro. A veces sólo era un café con los de la oficina. A veces sólo era ir con sus padres. Después dejó de ir al departamento. Después sólo me hablaba para saber cómo estaba y colgaba cuando apenas le decía que sí, que todo bien.

Vi la convocatoria del premio de novela por la computadora y me negué a enviar lo que ya tenía terminado. Iba a ser lo de siempre, el rechazo constante, el “no” acompañado de ahogos partiendo en el estómago. Pensé en Ligia y me di cuenta que ella siempre estaba esperando ese otro paso que podía alejarme de la medianía. Apagué la computadora y salí un rato a caminar.  Siempre me pregunté el por qué los recuerdos son tan parecidos al agua. Ligia, según yo, aparecía en todos mis pasos. Bebía café, abrazaba a otros hombres, salía de cientos de oficinas, cargaba niños, manejaba bicicletas, automóviles, leía en el transporte, paseaba perros, besaba a otros hombres. En ese momento todo mi cuerpo se detuvo, se quedó anclado en la tierra, no podía moverme y pensaba en lo que probablemente había sentido mi abuelo cuando lo del gol anulado y que murió ahogándose repentinamente en una desilusión más, aunque esta fuera vacía o intrascendente. Ligia, sabía yo, habitaba todo mi mundo. Cuando volví al departamento supe que pronto ya no iba a quedarme nada pero uno no sabe qué hacer cuando la vida comienza a arrebatar de a poco lo poco que a uno le queda. Siempre, pienso, salgo sobrando porque en mí ya nada queda. Pensé en la posibilidad de nosotros sin aristas y así como imaginaba antes una vida de escritura, imaginé otra, donde no esperábamos mucho más que sólo el amor correspondido. Ligia me amaba pero amaba más todo lo que yo soñaba y a todo a lo que me había comprometido. Pero no advertimos que la vida también se encarga de despojarnos de las añoranzas y entonces uno está obligado a encontrar un empleo, a recibir un salario nada convincente y sumirse en una inquieta certidumbre. Me resistí escribiendo pero cada vez que me rechazaban una parte de mí se iba agrietando hasta que todo ese futuro pensado y deseado se hizo cristales que casi siempre se enterraban en los pies, en mis pasos. Ligia dejó de amarme porque se resignó ante mi incapacidad de destacar o de alcanzar algo.

Pero nunca las cosas quedaron claras. No la enfrenté porque me daba pavor enfrentar bajo especulaciones o sospechas infundadas. Si digo que lloro cuando veo cualquier partido de futbol puede saberse y reconocerse que mi autoestima está más que por debajo de los suelos. No supe mucho hasta esa mañana en la que Ligia me tomó el rostro y me dijo que partía. La vi tomando sus cosas o las que aún permanecían ahí y una vez terminó de empacar, de guardar sus pocos libros, de llevarse la sala y el comedor, me dijo que esperaba que todo me fuera bien, que ojalá todo me fuera bien. La pesadez, una vez ella se fue, cayó sobre todo mi cuerpo y no sé si voluntaria o involuntariamente encendí la computadora y envié la novela.

Lo que sucedió después fue breve. Mientras el dictamen se daba vendí las cosas que me quedaban del departamento, renuncié a mi empleo y con el poco dinero que pude juntar compré un boleto a Uruguay y re iniciar, si así puede decirse, mi vida. A Uruguay porque mis mejores lágrimas me las ha dado su selección de futbol. Creo que uno, cuando está dispuesto a partir, debe elegir un lugar donde también las lágrimas sucedan lindo.

A la premiación, por obvias razones, no asistí pero por lo menos el premio en efectivo me lo hicieron llegar así como la primera edición de mi novela. Puedo decir que, cuando me dijeron que había ganado el premio, sentí cierto enojo, una rabia momentánea que me hizo pensar en la llegada del sueño tardío, en mi salida del país con sólo un par de maletas y recuerdos que deseaba abandonar. Pero es imposible, los recuerdos no se abandonan, los recuerdos siguen también el ciclo del agua y cuando uno cree que se evaporaron de repente aparecen como diluvios o como tsunamis dispuestos a arrebatarnos la vida. ¿Cómo hacer para que Ligia deje de ser mi mundo, incluso después de mi fuga, después de la novela, después de no tenerla a ella más? Recuerdo que una vez despegó el avión pude observar que debajo de mí acontecía mi renuncia y en ella todo se me devolvía: la literatura, una extraña nueva vida, una ausencia perdurable llamada Ligia.

Y ha ganado Peñarol, por eso la memoria y la escritura.

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