Hipnosis

El hombre había asesinado y, una vez cercana su muerte, se dijo insistentemente que el remordimiento no le estrangulaba los últimos segundos de vida. Entonces el hombre  murió y entonces el hombre renació pero ya no como hombre sino como mosca y, pasadas unas horas de su nacimiento comenzó a recordar su vida pasada, su vida de asesino. Entendió, no sabe cómo, que en su otra vida tenía un lenguaje, deseos sexuales, sueños, una que otra ilusión y también desilusiones. Entonces vio el asesinato. Asaltó un camión de pasajeros. Uno de los pasajeros se resistió, entonces sacó el arma, apuñaló a la persona y tomó la billetera y el celular. En su mochila cargaba celulares, carteras y monederos. Corrió hasta que un policía se le fue encima y entonces lo condenaron unos años en prisión y salió unos años después. Trabajó en una maquila como guardia de seguridad. Murió viejo, murió por una embolia y fue antes de verse morir que se resistió al remordimiento, también al arrepentimiento. Siendo mosca tuvo la consciencia del hombre que fue y se vio desesperadamente volando sin detener sus deseos de revolcarse en la mierda y tampoco sin detener sus deseos de pedir perdón… pero el lenguaje no le salía, las palabras no salían. Fueron horas, un par de días y murió aplastada por un matamoscas, en una fonda del centro de la ciudad. Entonces renació pero ya no como mosca sino como cucaracha y, pasadas unas horas de su nacimiento, comenzó a recordar que fue mosca pero que también había sido un asesino. Entendió, no sabe cómo, que en esa vida tenía un lenguaje, deseos sexuales, sueños, una que otra ilusión y también desilusiones. Entonces vio el asesinato pero recordó el rostro de la persona que se había resistido al asesinato, recordó que aquél rostro estaba impávido, pálido, silencioso. Su resistencia no era tal sino más bien era el susto, era el miedo la gran parálisis. Sacó el arma y lo apuñaló y recordó también el rostro del policía, también los rostros de los presos, también los rostros de la maquila, de una tal Amanda, de su muerte de viejo, de verse morir sin arrepentirse, sin culpa. Siendo cucaracha tuvo la consciencia del hombre que fue y se vio desesperadamente caminando entre ratas, entre mierda, entre pañales usados, escapando de aguas negras sin detener sus deseos de pedir perdón… pero el lenguaje no le salía, las palabras no salían. Fueron horas, unas semanas y murió rociada de insecticida en el jardín de una casa. Entonces renació pero ya no como mosca ni como cucaracha, renació como ser humano y comenzó a los pocos años a aprender el lenguaje, a aprender las palabras. A veces, en sueños, veía que era una mosca. A veces, en sueños, veía y sentía sus patas de cucaracha. Así como le fueron llegando las palabras también le fue llegando la violencia. Entonces ocurrieron los fracasos, los golpes, las drogas, el hartazgo. Un día asaltó a una mujer. Otro día asaltó a un par de estudiantes. Sus tíos lo sabían y lo volvieron a inscribir en el colegio. Él, al poco tiempo, renunció a la escuela. También a sus tíos. Pero los sueños de mosca, los sueños de cucaracha no dejaron de sucederle. Una mañana salió decidido a lo de siempre. Pero quería más. Entonces subió al camión de pasajeros, insultó a los pocos pasajeros, fue metiendo en su mochila las pertenencias de los pasajeros y llegó con el hombre estático, pálido, impávido. Le llegó una punzada al corazón y en una milésima de segundo vio su vida antes de mosca. Todo se repetía. También, en esa milésima de segundo, vio su vida entre la mierda, su vida entre cloacas pero sin lenguaje, sin palabras. Sintió algo, sintió arrepentimiento, sintió una gran culpa, una gran pena y algo le decía que en esa otra vida pasada había sentido lo mismo pero algo había fallado. Entonces salieron las palabras de su boca. Pidió disculpas o por lo menos eso entendieron los pasajeros. Dejó caer la mochila y salió corriendo del autobús. Un policía advirtió su huida y pudo ver el miedo que se escondía detrás de las ventanas del autobús. Persiguió al hombre poco tiempo. El hombre se había escapado. Se escapó del policía pero también escapó de la ciudad. Consiguió trabajo en una maquila, se casó con una tal Amanda y murió de viejo, un infarto. Dice ahora que recuerda todas sus vidas y llora desconsoladamente. Es director de un periódico, no está casado, aún no conoce a Amanda. Pero dice que está feliz, que no sabe por qué pero que está feliz. Y sonríe y el público aplaude.

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