VIRGINIA Y EL TEATRO DE LUCIÉRNAGAS (I)

Uno nunca quiere pensar en la muerte de su madre pero, desde niños, acudimos constantemente al rezo, al deseo de nunca enfrentar aquella temerosa ausencia. Yo, sin embargo, supe que mi madre iba a morir cuando la vi asomarse por la ventana de nuestra pizzería, cuando el rayito de luna, como la canción de Los Panchos, se posó sobre su rostro y el presentimiento me inundó los ojos. Era el año dos mil catorce. Mayo de dos mil catorce, a un mes antes de iniciar la copa del mundo de Brasil.

En ese mayo las señales fueron dándose consecutivamente. Primero la luna en su rostro y después una invitación a comer. Fuimos al complejo cultural de la Buap y en la Ruta de los Vinos mi madre, observándome como nunca lo había hecho, me preguntaba sobre mi futuro incierto, sobre la gravidez y la gravitación constante de mi pasado, sobre mis fantasmas emocionales, sobre mi angustia y depresión desesperadas, sobre los innombrables rostros que sacudieron mi alma. Mi madre escuchaba atenta y dulcemente sobre mi pronta culminación de mi maestría en Letras, sobre la continuación de nuestra pizzería, sobre mi anhelo de hacer el doctorado en Argentina, sobre publicar una novela que estaba escribiendo, sobre olvidar o intentar olvidar los nombres de aquellos rostros u olvidar aquellos rostros con nombres graves e hirientes. Para mi sorpresa mi madre no convino a decirme lo de siempre: “estás loco”, “deja de soñar”, dedícate sólo a trabajar”, “Regina salió ganando”, “enfócate como tus hermanos” y otras frases parecidas. No. Aquella vez mi madre se limitó a decirme que ella me quería feliz, que hiciera todo aquello que pudiera hacerme feliz, que intentara sanar, que siempre fui de sus hijos el más soñador, que escribiera mucho y parafraseó a Juan Soriano y aquella historia donde el artista detestaba el hábito de muchos de sus contemporáneos porque siempre tenían una obra, una pintura que crear pero que jamás la concretaban porque siempre tenían otras cosas que hacer. Tu prioridad, me dijo mi madre, es ser feliz y nada más. Entonces, pensé aquella tarde después de dejarla en su casa y conducirme a la pizzería, mi madre se estaba despidiendo.

Recién comenzada la copa del mundo mi madre se preparaba para viajar con mi hermana mayor a Mérida, su tierra que la vio nacer en los años cuarenta. Me pidió que la ayudara con su equipaje, con sus maletas y que también la llevara a la central de autobuses para después viajar al aeropuerto de la Ciudad de México. Cuando pasé por ella comenzó a llover torrencialmente, incluso granizó y recuerdo que cubrí a mi madre con todo lo posible y entramos casi empapados al auto, riéndonos y escuchando Have you ever seen the rain? de los Creendence en la radio. Al llegar a la terminal saludamos a mi hermana y antes de abordar mi madre y yo nos abrazamos dos veces, le dije que disfrutara su viaje, le pedí, más bien, que disfrutara su viaje, que no se preocupara por nosotros, que yo iba a cuidar a mi padre, que no olvidara mi hojaldra yucateca. Entonces vi en sus ojos esa nueva despedida, esa otra forma de decirme que algo estaba por ocurrirle y que no quería alertarme. Mi madre, todavía se lo agradezco, quería alargar nuestra despedida aunque el después fuera doloroso, incierto, insomne.

Cuando entré a mi auto sólo pude pensar en la próxima muerte de ella. Lo presentía y lo sabía totalmente pero intenté distraer ese pensamiento, esa sensación, con música, con el resumen de los partidos de aquél día, con la lluvia que no dejaba de caer.

Sé por mi hermana que mi madre tuvo un viaje maravilloso. Visitó su tierra y sus rincones, saludó a su familia, caminó entre las pirámides de Chichen Itzá y anduvo entre las olas de Progreso. Pero también su cuerpo, durante el viaje, fue agrietándose hasta casi romperse.

Un día antes del partido entre México y Holanda mi hermana nos informó que mi madre se había puesto mal pero que estaba estable. Dijo mi hermana que mi madre perdía de momentos la facultad de respirar, que iban a esperar. El cuerpo de mi madre anunciaba el cansancio de sesenta y cuatro años y durante la semana siguiente todo fue deteriorándose más. Llegaron a la ciudad de Puebla el domingo siguiente, con mi madre debatiéndose entre la vida y la muerte entre la madrugada y un amanecer desolador. La vimos llegar al hospital con mi hermana y con un primo que pasó por ellas al aeropuerto de la Ciudad de México. Vi a mi madre en el auto y le pregunté si estaba bien y apenas un leve suspiro de su voz me decía “ya ves hijo, ya ves”. No pasó mucho tiempo, ingresaron a mi madre a urgencias y ahí, junto con otra hermana mía, pude escuchar el llanto tembloroso de aquella mujer que había sostenido mi vida y mi mano durante veintinueve años. Nos dijeron que tenía agua en los pulmones y sabíamos que el llanto era por la perforación del pulmón. Después de un tiempo entré a verla y su rostro, con las lágrimas secas, me indicaba que corría el tiempo de la despedida, de la llegada de la temerosa ausencia. Salí del hospital y comencé a fumar viendo el suelo mientras llegaba al auto. Después manejé hacia el hogar de mi madre para dejar la maleta de viaje y preparar la maleta de hospital. Al volver al hospital mis cuatro hermanos y mi padre platicaban sobre lo que había dicho el doctor. Aún no había claridad pero todo anunciaba un cáncer de pulmón. Pleuresía. Aún no había claridad pero sabíamos que el tiempo se nos agotaba. Pleuresía. Veía el rostro del dolor eterno. Pleuresía. Se nos agotaban las palabras y las que restaban se convertían en lágrimas.

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