VIRGINIA Y EL TEATRO DE LUCIÉRNAGAS (II)

Estuvimos en el hospital hasta el doce de julio. Mi madre pudo volver a su hogar después de semanas. Yo también habité con mi madre ese espacio pequeño del hospital. Desde que la internamos, estuve con ella todos los días, todas las horas de esos días. Y en todos esos días y en todas esas horas pude observar su cuerpo marchitándose entre dolores y delirios, entre breves milagros, entre pedazos diminutos de descanso. Nuestra pizzería no me importaba ya nada, yo sólo quería recoger lo más posible los últimos días de mi madre en este mundo, quería recoger su voz que cada vez se descomponía un tanto más, quería verla todo el tiempo y también inmortalizarla aunque fuera por unos segundos o por breves miradas.

A la semana de internarla, el doctor confirmó lo que se suponía: el cáncer había invadido el pulmón izquierdo de mi madre y la metástasis era inevitable. Cuando mucho, dijo el doctor, vivirá un mes más. Salí confundido del hospital. Las lágrimas eran cortas como también el tiempo que nos restaba. La ausencia, sabía, será difícil contenerla como la muerte misma. Al volver al cuarto, mi hermana mayor y mi padre me pidieron no decirle nada a mi madre hasta que pudiéramos volver a casa, hasta que el hogar nos diera la intimidad suficiente para despedirnos. Al entrar al cuarto, mi madre despertaba de otro sueño, seguía entubada, el pulmón seguía descargando en una caja agua y sangre y en el rostro de ella los milagros comenzaban esfumarse, a borrarse y entonces sólo quedaba la valiente fuerza de resistirse, de aferrarse a la vida con todo el cuerpo y la memoria y los sentimientos que, en realidad, sólo se presentan como una amorosa levedad. Como lo acordamos, mi padre y mis hermanos fueron a descansar a sus hogares  y esa noche platiqué con mi madre sobre Elena Poniatowska, sobre Elena Garro, sobre Agatha Christie y también sobre el mundial de futbol y hasta le dio por decirme que le pidiera el teléfono a la nutrióloga que la visitaba, que estaba linda para mí. Después se quedó suspendida y comenzó a invadirle una febrícula tormentosa. Corrí por enfermeras, por medio mundo y le pusieron compresas heladas en el cuerpo. Mi madre me pedía detener a las enfermeras, mi madre me pedía sacarlas del cuarto porque la estaban lastimando, porque le estaban hiriendo el cuerpo que cada segundo más se deterioraba. Y yo, alejado, la observaba aguantando las lágrimas, anudándome la garganta. Las enfermeras le decían que iba a estar bien y mi madre lloraba, mi madre sufría y yo pensé que también el dolor adopta formas de despedida. Fueron casi cuarenta minutos de compresas heladas y de lágrimas como vidrios de mi madre. Después las enfermeras levantaron todo, incluyendo los vidrios que en sus manos se convirtieron en lágrimas. El cuerpo de mi madre alcanzó a regular la temperatura idónea y casi de inmediato ella me pidió que le pusiera en mi celular la canción “Cuando me enamoro” de Enrique Iglesias. Una vez comenzó a sonar le tomé la mano y comencé a llorar. Ella me estuvo acariciando el cabello toda la canción y después, como si desde siempre hubiese sido maestra zen, me dijo cosas como “no importan ni el principio ni el fin sino todo lo que vivamos entre ambos” o “no sufras lo inevitable”. Mi madre, después de una fébricula terrible, con una metástasis insoportable y con un tubo en el pulmón se animaba a consolarme, se animaba a apartarme las lágrimas del rostro para convertirlas con sus manos en abrazos diminutos. Quería decirle que muy pronto íbamos a despedirnos para siempre pero ese tipo de palabras se quedan estancadas hasta que el calor las seca en su totalidad y sólo quedan huellas de agua o de lágrimas.  Poco a poco fue quedándose dormida y pude escuchar los ruidos del exterior, ruidos de autos apresurando o alentando su paso, ruidos de otros enfermos, de enfermeras apresurando o alentando su paso, también rumores, también silencio.

Mientras veía a mi madre dormir no pude evitar recordarme de niño a su lado. El primer recuerdo que tengo de ella es quizá su sonrisa al verme sorprendido por un tren que los reyes magos me habían llevado a casa. También recordé mis otras navidades de niño, también su tristeza cuando su madre murió, cuando antes le había preparado pizzas y no llegó a tiempo para compartirle una rebanada. También las veces que pasaba por mí al kinder, cuando me compraba macarrones y yo sólo podía sonreírle porque el amor me sobrepasaba. También la hepatitis a mis siete años y el vivir entre todos los dulces del mundo para poder sobrevivir. También cuando me llevaba a gimnasia y yo le pedía que no lo hiciera, que odiaba absolutamente todo lo que sucedía en el gimnasio. También recordé verla andar en bicicleta mientras yo pateaba el balón con mis amigos. También la vi preparando todas las cenas navideñas y de año nuevo. También la vi desvelarse preocupada por mis hermanos y por mi padre. La vi con tres empleos diariamente. La vi fumando y leyendo todo lo posible, también bailando con mi padre pero sobre todas las cosas la vi amándonos como si nosotros fuéramos un enorme jardín y ella nos cuidaba, nos regaba, nos cortaba las malas hierbas y nos cantaba para crecer con raíces repletas de eternidad. Y aún con su amor infinito me sentía yo en ese cuarto, en ese edificio, en esa ciudad, en ese país, en ese mundo, el hombre más desdichado del tiempo. Me llegó entonces un impulso violento de querer hablar con Regina, de saber si realmente el olvido, el engaño o la ausencia habían realmente terminado con lo que durante cinco años habíamos construido. No había hablado con ella desde nuestra separación, en el dos mil once y, tres años después, el impulso había retornado como si en vez de haberse desintegrado con el tiempo le hubiese dado una vuelta al universo y vuelto en el momento menos indicado. Busqué en sus redes sociales su nombre y apareció su fotografía donde pude verla feliz, en otro país, en otro amor, sonriendo por la alegría que entregan los sueños conquistados. El impulso violento se fue deteriorando hasta transformarse en enojo, en envidia, en furia, en coraje, en náuseas. ¿Por qué no era yo el que se mostraba feliz, el que vivía lo añorado, el que vivía el sueño siempre deseado? Saqué la cajetilla de mi chamarra y comencé a fumar mientras lloraba, maldecía, mientras hería entre volutas de humo y rumores eufóricos, mientras miraba aquella fotografía que me devolvía a la ausencia de hace años y a la ausencia que se avecinaba. Me detuve, no podía escribirle y pensé en las heridas profundas que suenan cuando alguien les avienta, con el tiempo, una piedra de milagro o de esperanza y entonces sólo suenan, sólo nos devuelven el sonido del golpe para darnos cuenta de la profundidad, de la humedad, del moho que producen los recuerdos resguardados en el pozo de la memoria que también vive en el corazón, en el cuerpo, en el alma. Volví al cuarto y mi madre, despierta, observaba un cuadro que colgaba frente de su cama. Dijo que estaba horrible, que el volcán estaba mal dibujado, que qué pésimo gusto del arte hay en los hospitales y yo sólo reí dejando ver los rumbos secos de mis lágrimas en el rostro. Entonces me dijo que no la buscara, que si nunca hubo amor entonces jamás habrá retorno y pensé en mi madre como una especie de gurú o de iluminada capaz de desprenderse de su cuerpo y perseguirme con su alma para ver qué hacía y si era lo correcto o lo incorrecto. Todo lo sabemos las madres, me dijo, todo lo sabemos.

Eran, apenas, las once de la noche.

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