VIRGINIA Y EL TEATRO DE LUCIÉRNAGAS (III)

A mi madre le sellaron el pulmón y yo quería sellar la puerta del hospital y no permitir más visitas. Uno puede esperar el silencio pero en momentos como ese el ruido se convierte en un acompañante común y constante. Visitaban a mi madre para preguntarle cómo estaba y ella decía que del carajo. Ese tipo de respuestas incomodaban a las visitas porque casi siempre esperaban lo contrario, esperaban que mi madre dijera algo así como “mira, me pusieron un tubo en el pulmón, tuve una fébricula encabronada y he pasado días bastante jodidos pero me siento esperanzada y con un excelente estado de ánimo”. No, mi madre jamás fue así. Mi madre era sincera y diplomática. Una tarde, después de una visita incómoda (tan incómoda que afuera del hospital la visita me dijo que tenía que prepararme porque lo peor ya se veía venir) mi madre me comentó que por favor dejáramos de darle el paso a la gente, que ella sólo quería estar rodeada de su familia y de una que otra enfermera. Las visitas, poco a poco, fueron haciéndose invisibles pero el ruido no dejaba de ceder.

Mi madre pudo volver a su hogar el doce de julio y su hogar la recibía alargando el suspiro. El ruido se conectó. El concentrador de oxígeno quebrantó aquél suspiro y mi madre, sentada en el sillón frente al televisor, recibió sendos besos y arrumacos por parte de su perrita y de su gato adoptado dos meses antes. Las plantas, sus plantas, también querían acariciarla pero les daba miedo anunciarle que pronto, el cuerpo de mi madre, su cuerpo, se convertiría en una raíz alejada de su jardín. Una de mis hermanas guisó puchero y mi madre prefirió dormir con el televisor apagado, escuchando el ruido del concentrador de oxígeno. Nosotros apenas comimos, apenas hablamos. Yo comenté que iba a cerrar mi pizzería, que iba a ser lo posible por vender todo aquello que con la ayuda de mis padres pude adquirir para mi negocio. Después mi madre despertó y nos pidió subirla a su recámara y recostarla. Mi hermana mayor se quedó con ella y nosotros levantamos los platos y limpiamos la cocina. Media hora después mi hermana bajó y nos pidió subir. Nos dijo que le fue inevitable, que le había dicho a mi madre que el cáncer le estaba comiendo el cuerpo y que el doctor había comentado que aún le quedaba, a lo mucho, un mes de vida. Entonces subimos a la recámara y el rostro de mi padre se difuminó con cada paso. Sé que voy a morir pronto, dijo mi madre, sólo les pido que sean felices, dijo mi madre, cuídense, dijo mi madre, quiero hablar con su padre, dijo mi madre, no se preocupen, dijo mi madre.

Fui con mis hermanos a mi pizzería y, sin saber cómo, improvisamos horarios, improvisamos formas de lidiar con el cáncer de mi madre y también contamos que siempre supimos de alguien que pudo salvarse, alguien que pudo superarlo, que mi madre siempre ha sido fuerte y que ella podía ser capaz de destruir aquello que le carcomía el cuerpo. Después se fue una de mis hermanas a la casa y mi padre llegó. Su madre, dijo mi viejo, me dijo que ya lo sabía, que desde febrero se sintió mal, que vio muchas veces el fantasma de su sobrino deambulando por la casa, que también soñó con su madre, que también escuchó por mucho tiempo la voz de su madre. Supimos entonces que mi madre siempre había estado preparada pero hizo todo lo posible para detener el tiempo y darnos la oportunidad de despedirnos de ella aunque fuera desde el dolor, desde la enfermedad.

El dolor paraliza y también humedece, también se convierte en un agente capaz de cegar y de crear huellas profundas en la memoria. También el dolor es una medida de tiempo. También el tiempo es intensidad del dolor. Nada sana el tiempo, más bien el dolor se transforma en cicatrices o en llagas, también en heridas que jamás se cosen. El dolor y el tiempo son la base de todo cáncer. En un mes sucedió que Alemania levantaba la copa del mundo, yo cerraba mi pizzería, escribí el primer capítulo de mi tesis de la maestría, también poco a poco fui volviendo a la escritura, también escribí una novela que titulé Teatro de Luciérnagas que trata del cáncer, de la literatura, de la fragmentación de la mente, de mis años en la Ciudad de México.  También debajo de mis ojos las lágrimas fueron acumulándose hasta convertirse en lodo. Mi cumpleaños, el número treinta, lo celebramos en el cuarto de mis padres con un pastel de piñón y la tristeza quebrantándonos. Pero fue a mediados de agosto que el cuerpo de mi madre anunció su próximo desmoronamiento.A inicios de ese mes acudimos a su primer y única quimioterapia. Al entrar a la clínica nos pareció a mí, a mis hermanas y a mi padre que entrábamos en una especie de nave espacial o de cuarto oscuro para revelar fotografías. La doctora, junto con la enfermera, nos pidió quedarnos con ella y comenzaron a inyectarle un cúmulo de líquidos que parecían ser la forma terrenal del milagro que necesitábamos. Mi madre bromeaba y después se fue quedando dormida. Después nos invadió el silencio que necesitábamos. Escuchábamos el oxígeno que pasaba por una manguera. Escuchábamos la retención de ese oxígeno que animaba a mi madre. Yo salí al pasillo a tomar café ya que la clínica disponía, por muy extraño que parezca, una mesa con vasos, agua caliente, café soluble y azúcar. El ruido del televisor de la recepción anunciaba un programa misceláneo matutino. También mi cabeza era el ruido. Desde el ingreso de mi madre al hospital en junio el descanso era inexistente, el insomnio y los desvelos voluntarios resonaban en el cuerpo y en el espíritu y el tiempo era un trayecto hacia lo que ninguno de nosotros quería. Me senté y mientras bebía café y alcanzaba a escuchar los chismes de la farándula el ruido me colocó en un mundo donde el fracaso me era latente. Mi vida que la había pensado desde pequeño como un torbellino de aventuras y de éxitos, de comodidad y de tranquilidad era, en ese momento, un abismo del que veía difícil escapar. El fracaso había sido un agujero negro que años antes yo había descubierto pero del que resistía escapar. Su gravedad fue tal que durante diez años me fue absorbiendo hasta explotar todo lo que yo era y podía contener. Durante diez años tuve empleos distintos, terribles, mediocres, bastante jodidos. También tuve salarios distintos, terribles, mediocres, bastante jodidos. También la relación con Regina que duró cinco años, una relación terrible, mediocre, bastante jodida. Después, en un lapso de tres años tuve dos parejas emocionales que me ayudaron a tranquilizarme, también a darme cuenta que dentro de mí crecía un monstruo de inseguridades, también un monstruo débil y asustado pero finalmente un monstruo. La gravedad del agujero negro me había transformado de ser humano a una especie de monstruo sin pies ni cabeza, sin ánimo pero sumamente enojado, frustrado. La pizzería era el único lugar laboralmente que amaba con demasía pero también el agujero negro lo había atraído para devorárselo. Estaba yo sentado ahí, en la clínica, viendo cómo mi alrededor era absorbido hasta que también, la luz, fue desapareciendo. Entonces quedamos yo y el silencio, yo y la gravedad, yo sin ruido. Yo siendo nada y también nadie. Después abrí los ojos y noté que había pasado media hora. Me había quedado dormido poco tiempo en la clínica y corrí a ver a mi madre. Salimos en un par de horas, dijo mi madre, háblenle a la chica que corta el cabello para que de una vez me rape. Esa tarde mi madre se quedó dormida hasta la noche, después despertó sólo para tomar agua y volvió a dormir hasta el otro día. Fue, creo yo, el día que pudo descansar un poco más.

Al otro día, con un ánimo desaforado recibió a la chica de la estética y esta, con palabras amorosas, le fue cortando el cabello hasta que pudimos ver la cabeza entre blanca y rosa de mi madre. Después la despedida, después mi madre viéndose al espejo preguntándonos cómo se veía y nosotros le dijimos que bien. Vimos en el espejo a una mujer que había sido una niña con todos los sueños del mundo y que llegó, casi sesenta y cinco años después, a ese momento, con el cuerpo anulado e hirviéndole por dentro, con el cabello corto y delgado, con la mirada reposada en nuestros ojos, con la mirada, sabíamos nosotros, ya perdiéndose, con la mirada, sabía yo, siendo absorbida por el agujero negro y aun así sonriéndonos, sonriéndose, dándole la bienvenida al fin, al principio.

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