VIRGINIA Y EL TEATRO DE LUCIÉRNAGAS (IV)

A los pocos días de su primera quimioterapia, mi madre regresó al hospital con el cuerpo quemándole por dentro. Su hermana, que la fue a visitar a su casa, nos acompañó en el automóvil escuchando a mi madre repetir “quema, quema” con lágrimas evaporándose. Mi madre era un volcán a punto de hacer erupción y también de sus ojos caían cenizas.

Llegamos a las cinco de la tarde al hospital y yo entré con ella en una sala de emergencias que volvía a ser un cuarto oscuro, con otros enfermos al lado, con otras tristezas en las faldas del volcán. Llegó otro doctor con nosotros y tras una breve presentación dijo que él sería el que suministraría a mi madre la medicina para el dolor. El volcán estaba por hacer erupción pero apenas podíamos percibir los temblores, los terremotos y calcular con un sismógrafo vital, el día inevitable. Entre todas las medicinas fue la morfina aliada y enemiga. La supuesta calma de mi madre se veía abrazada por delirios y fantasmas, por recuerdos y pláticas hacia la nada, hacia nadie. Salimos del hospital al día siguiente sabiendo que nunca más mi madre iba a volver a pisar un hospital.

Poco a poco mi madre fue perdiendo peso aun cuando la beyodecta le daba algo de fuerza. Su rostro fue evaporándose y deshaciéndose con el magma que se avisaba. El cabello se le caía constantemente y sus últimos días estaban determinados por la morfina y otros tantos medicamentos. También por la coca cola que le daba cierta energía. También por la esperanza de alargar la despedida.

Días antes de su muerte viajé a la Ciudad de México porque tenía que registrar mi novela “Teatro de Luciernagas” para después inscribirla en un concurso. Viví ahí cerca de ocho años y después de separarme de Regina volví sólo un par de veces. Llegué en la mañana, llegué al zócalo y caminé hasta insurgentes recordándome, observándome en aquellos puntos de la ciudad que antes me habían pertenecido, que antes había compartido con mi madre. Pocas veces mi madre me visitó en la Ciudad de México pero cuando lo hizo, recuerdo, visitábamos todos los museos posibles, comíamos en mercados y en la famosa Casa de los Azulejos, también fumábamos entre cafés hablando de libros, de la hermosa región más transparente como le llamó Carlos Fuentes a la ciudad. Cada paso que iba dando me transportaba al pasado y fue cuando llegué a las oficinas para registrar mi novela, cerca de insurgentes, que sentí una tristeza profunda y una resignación total. Una vez hice el registro, recuerdo, salí a fumar y a intentar recoger los pedazos de un pasado que ya hacía tiempo se había desmoronado. Nada puede recuperarse, nada podía recuperarse.

Me metí a una pequeña cafetería y ahí intenté leer, creo, a Onetti. No pude leer. Mi mente viajaba hacia mi madre y hacia mis recuerdos y también hacia el punto de quebranto donde mi vida se había ido para abajo. Me decía que uno de mis errores había sido vivir en aquella ciudad, también mi carrera profesional, también la literatura, también Regina. Tomé el teléfono celular y hablé a casa de mis padres para ver si todo estaba en orden. Hablé con mi mamá y ella me dijo “no la busques, no vuelvas nunca a buscarla“ y yo sabía perfectamente que se refería a Regina, que intuía algo, que le daba miedo pensarme una vez más volviendo hacia ella.

Una vez me devolvieron mi novela con el registro de derechos de autor tomé el metro, el autobús y cerca de las seis de la tarde ya estaba en mi ciudad con mi padre, mis hermanos y mi madre. Soñé, me dijo mi madre, que te encontrabas a Regina y que no volvías a casa. Y mi madre sonreía y en sus delirios le preguntaba a un fantasma si yo estaba ahí, si sí había vuelto y no me había quedado en la ciudad. El fantasma le dijo que sí, que ahí estaba, que todo bien.

Nuestra rutina comenzó a tener un horario medicinal. Las horas ya no eran horas sino fármacos, también eran idas a la farmacia cargando un tanque de oxígeno para que inyectaran a mi madre. El tiempo olía a medicamento y a cercana ausencia.

El cuatro de septiembre del dos mil catorce murió Gustavo Cerati. Vimos la noticia y mi madre dijo que no podía creer que un hombre tan guapo y talentoso hubiera muerto tan joven. Días después mi madre, con la muerte acercándosele invitó a mi padre y a nosotros a celebrar el cumpleaños de mi viejo. Fuimos a un restaurante y mi madre, con la lava inundándole los pulmones, sonreía y le decía a mi padre que lo amaba.

A la semana siguiente, el trece de septiembre, por la mañana, mi hermana me habló por teléfono mientras yo estaba en clase de maestría escuchando sobre textos coloniales. Hermano, regresa, ya murió mamá. Salí de la universidad con papeles en la mano. Al entrar al automóvil no pude arrancarlo. Me temblaba el cuerpo, me temblaba el tiempo. El volcán ya había hecho erupción y sentía el terremoto.

Cuando llegué a casa mi familia estaba alrededor de mi madre. Llegaron vecinos y también llegaron otras palabras. Mi madre había decidido dormir desde una tarde anterior y nosotros decidimos dejarla descansar. Escuchábamos su respiración y su silencio y también sus ligeros movimientos para acomodarse. En la mañana, antes de ir a mi clase de maestría, yo sabía que mi madre ya estaba por partir. Después mi hermana me contó que mi madre hizo un último esfuerzo al despertar pero que partió abrazada a ella y a mi padre, partió hacia donde nos es difícil alcanzarla, hacia esa eternidad prometida, iluminada. Y sólo pude darle las gracias en silencio, con el corazón despedazado y el cuerpo temblándome. Mi mayor miedo de niño dormía en la cama de mis padres una vez que fui adulto. Y no decía nada y en su rostro se posaba una paz absoluta, única y decidida. Y me percaté de que ya no sonaba el dispensador de oxígeno, que el ruido había cesado, que la gravedad del agujero negro ya había acentuado su huella desde la ausencia, que el volcán descansaba, que nosotros éramos ceniza.

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