VIRGINIA Y EL TEATRO DE LUCIÉRNAGAS (V Y ÚLTIMA PARTE)

El médico nos mencionó que la muerte de mi madre había sido causada por un paro respiratorio, causa directa del cáncer pulmonar, causa directa del colapso del pulmón. El cuerpo de mi madre descansaba en su cama en un silencio ya permanente. Después llegó el personal de la funeraria y colocaron el cuerpo de mi madre en sábanas, después bajaron el cuerpo, después lo trasladaron a la funeraria. Yo, mientras tanto, recogía las lágrimas de mis familiares, también de los vecinos y amigos que llegaban a la casa a brindarnos flores y palabras, para brindarnos tierra para un nuevo jardín del que se podía florecer. También llegaron las nubes grises y la lluvia, como si todo hubiera sido preparado por mi madre porque ella adoraba el clima lluvioso. Le daba paz, le daba silencio. Las lágrimas se fueron mezclando con la lluvia y poco a poco la casa se fue quedando sola hasta que me vi en ella completamente solo. Entonces comencé a buscar a mi madre en cada rincón de la casa, también en sus libros, en su almohada, en sus discos, en los suéteres que tanto le gustaban. Poco a poco las palabras que fueron dejando amigos y familiares también las fui regando con mis lágrimas y todo fue germinando a un paso desconocido. En uno de sus delirios mi madre nos hablaba de un árbol enorme, gigantesco, un árbol hermoso, sonriente, un árbol hecho para ella como si ese árbol fuera ese gran Dios al que mi madre respetaba y al que raras veces le pedía algo pero al que constantemente le agradecía todo. La religión en la que creía mi madre era la del amor porque ella creía que sólo a partir de él se puede trascender de verdad. All you need is love, repetía mi madre y sonreía con todos los recuerdos que esa canción de los Beatles le provocaba. El amor como el único camino que tenemos para apenas tocar a Dios, para apenas acercarnos y volvernos, por breves instantes, inmortales en esta vida, en este mundo.

Después no sucedió mucho. Durante toda la tarde y la noche del trece de septiembre llegaron muchísimas personas cercanas a nosotros, cercanas a mi madre. Durante una de las misas el padre dijo que estaba impresionado por la cantidad de flores y visitas que llegaban a ese pequeño espacio. El padre dijo que entonces sí, mi madre hizo un camino de impacto amoroso porque se están despidiendo de ella con todas las flores del mundo, que no caben en un cuarto, que tienen que acompañarla en un enorme jardín. Mis mejores amigos me abrazaron y también lloraron la ausencia de mi madre. También tuve que largar de la funeraria a familiares incómodos porque, aunque no se crea, mi madre me había dicho que no los quería ver ni muerta. Había perdón y amor pero también una necesaria distancia. Como les dije a mis hermanos, prefería verme mal un segundo que ser perseguido por el regaño eterno de mi madre. Poco a poco nos fuimos quedando solos hasta el amanecer del catorce de septiembre.

Aquella mañana, después de bañarme, regué el jardín de las palabras con las lágrimas que recogí en la funeraria el día anterior. Regresé a la funeraria para la misa y la despedida de cuerpo presente. La gente también fue llegando y nuevamente de aquél lugar comenzaron a germinar semillas que después se hicieron flores. El padre recalcó que mi madre había dado mucho amor y que se notaba en los rostros de los presentes. También dijo que todos llegaremos a la presencia de Dios pero que tenemos que cumplir con el destino, con el camino que se nos otorgó y que podemos, cada día, mejorar. Habló del amor porque no hay nada más cercano a Dios que el amor. Después sucedió el silencio, la despedida y una vez más, la lluvia.

Cuando llegué al jardín en el que se le iba a enterrar, mi hermana, que había llegado antes, me dijo que volteara, que mi mamá ya sabía cómo iba a ser su entierro. Para mi sorpresa, a pocos pasos de donde se iba a enterrar el cuerpo de mi madre, el árbol del que hablaba mi madre durante sus delirios se presentaba con su majestuosidad y felicidad. Justo como lo describió mi madre, aquél árbol, gigantesco e impresionante, nos decía que él cuidaría ahora ese cuerpo que también es semilla, que también es raíz, que es también una flor o una planta o un árbol o pasto o tierra o recuerdo. Mi hermana y yo, mientras veíamos las grandes ramas y las plantas que le caían como frondosa barba, no dejábamos de admirar el delirio que fue una realidad adelantada, que mi madre nos describió el lugar en el que germinaría, en el que su principio también estaría conectado con la tierra.

Poco tiempo pasó y antes de descender el cuerpo de mi madre comenzó a llover sin cesar. Las palabras que le dediqué a los invitados y por supuesto, a mi madre, fueron cayendo con cada gota de lluvia y fueron posándose en la tierra que arroparía al cuerpo de mi madre. Después fue el descenso del cuerpo, después la tierra, después, como si fuera algo planeado, cesó la lluvia, después nos fuimos quedando solos hasta escuchar pájaros a distancia, también los rumores del árbol, también nuestras lágrimas cayendo en la tierra y en el pasto.

Siempre pensé que ese iba a ser el momento de la despedida pero en realidad uno nunca se despide del todo. La ausencia jamás sucede del todo porque siempre trasciende algo mucho mayor. Siempre, mejor dicho, nos trasciende algo mucho mejor. Mi madre le compartió al mundo que de todos los caminos posibles, el amor, si bien es el más difícil de andar, también es el más poderoso y el más real para apenas rozar las manos de Dios. Que es el amor lo que realmente nos convierte, nos transforma, nos transporta, nos vulnera, nos embellece y que, en el mismo instante, en el mismo momento, nos vuelve inmortales y eternos como también terrenales y heridos, infinitamente suficientes pero también con el miedo del desenlace. Mi madre fue una semilla de la divinidad que decidió voltearse hacia la luz y año con año transformarse, año con año soltar hojas, año con año renovar y sacudirse de espinas, año con año ser también nido de pájaros, año con año dar vida, alegría, color, eternidad. Mi madre decía que no somos nada si en nosotros no nos habita ni una pizca de amor y que merecemos vivir eso que nos habita, que nos vuelve divinos y mortales al mismo tiempo. Dios nos dio el amor como una oportunidad para renunciar a lo fútil y para entregarnos, cien por ciento, a la belleza, a la totalidad, al equilibrio.

Son ya seis años sin mi madre pero son seis años que no son ni ausencia ni despedida ni vacío ni abismo. Son seis años de un nuevo jardín, de tierra, de plantas que nos piden su cuidado amoroso como el de mi madre, seis años de un nuevo jardín donde las palabras caen con lágrimas y con la lluvia y se convierten en semillas de nuevos caminos basados en el amor, basados en su amor. Nosotros somos directa o indirectamente custodios de ese jardín, de ese amor y yo he visto que por las noches el jardín nunca está oscuro, aparecen, de otros lados, de otros ritmos, luciérnagas que lo riegan, que lo habitan, que bailan en la solemnidad del tiempo y que mantienen, eso sí, siempre arriba, el telón de su teatro. Es eso, la vida de mi madre fue un teatro, una obra, eso, una obra de amor siempre iluminada, totalmente iluminada.

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